Polémico y tenaz, Aníbal F. ya es el "cuarto hombre" de los Kirchner

Por Fernando Gonzalez

El día en que asumió como jefe de gabinete, dijimos que Aníbal Domingo Fernández llegaba a ese despacho estratégico del Gobierno para convertirse en una suerte de Carlos Corach del kirchnerismo. Aquel funcionario de la ahora ‘maldita‘ década menemista (que Aníbal F. también integró pero en plano secundario), que recibía a la prensa bien temprano en la puerta de su casa para intentar enderezar desde temprano una agenda informativa que castigaba cada vez más los estertores de un menemismo en decadencia.

Aníbal no recibe a los periodistas en su casa, pero se sumerge en la batalla informativa todos los días. Públicamente por los noticieros de TV, por los de radio y, más privadamente, con los periodistas de los diarios, se dedica con obstinación y habilidad discursiva a defender tanto las iniciativas políticas de los Kirchner como sus agujeros negros. Esa capacidad para hacer suyos en la discusión algunos casos indefendibles (el mejor ejemplo es el blanqueo acelerado y desprolijo de la fortuna de los Kirchner) lo han catapultado a ocupar el lugar del ‘cuarto hombre‘ de la intimidad presidencial. Esa que, además de Cristina y Néstor, integran en la Casa Rosada y en la Quinta de Olivos el secretario Legal y Técnico, Carlos Zannini, y ahora, además, Aníbal.

El ‘cuarto hombre‘ durante los primeros cinco años del kirchnerismo había sido Alberto Fernández. Aníbal heredó ese despacho apetecido cuya oficina principal tiene una puerta de comunicación con la Presidencia. Alberto había consolidado su poder satelital a los Kirchner explotando como nadie esa puertita por la que solía aparecer Néstor cuando un asunto sensible de economía, judicial o de prensa exigía la presencia del entonces presidente. Pero el conflicto agropecuario terminó distanciando a Alberto de la intimidad de Kirchner, de la de Cristina y también de la de todo el universo kirchnerista, hasta convertirlo en un crítico sorprendente que comete el pecado de hacer públicas sus diferencias con sus antiguos jefes en una columna semanal del diario Crítica.

Ya se sabe que los Kirchner detestan al periodismo y, mucho más, al periodismo ejercido por kirchneristas descarriados. Allí debe buscarse el origen del golpe que Aníbal le acaba de asestar a Alberto, al involucrarlo en la compra de terrenos baratos en El Calafate (uno de los deportes recientes y preferidos por el kirchnerismo) como ejercicio de defensa para la adquisición de dos millones de dólares en 2008 que Kirchner debió admitir en estos días, tal vez el costo más impactante del desplazamiento de Martín Redrado del Banco Central para lograr apoderarse de las reservas monetarias de la Argentina.

Aníbal mostró con el ataque a Alberto que no se detiene ante nada. Perplejo y sorprendido por la andanada mientras daba charlas en Nueva York, el otro Fernández sólo atinó a restarle importancia al caso y a recordarle a quien lo había llamado ‘amigo‘ cuando asumió que ya se encontrarían ambos en el llano para aclarar el asunto. El planeta K asiste azorado a esta pelea interna a la que consideran mucho más grave que las habituales metáforas que Aníbal utiliza para mofarse de sus adversarios. Basta recordar un par de sus opus como que Elisa Carrio ‘no tiene todos los patitos en fila‘ y que Mauricio Macri ‘es un vago al que no le gusta trabajar‘.

El belicismo mediático de Aníbal Fernánez, en estos tiempos de rechazo social, es uno de los servicios que los Kirchner le agradecen más al jefe de gabinete, pero no es el único. También le reconocen cierta ejecutividad para resolver una buena cantidad de asuntos menores que suelen convertirse luego en problemas para la Presidenta. Cristina recibía diariamente un extenso informe con los datos económicos del día, que Aníbal ha cambiado por un oportuno resumen que ella utiliza para sus exposiciones públicas. Y hasta hay en la Casa Rosada quienes aseguran que sus chistes ayudan a descomprimir los numerosos momentos de tensión que se viven en esos despachos por estos días. "Aníbal tiene sentido del humor y muchas veces logra que todos nos relajemos", concede un kirchnerista que lo recela.

Uno de los cambios recientes en el Gobierno que mostró la creciente influencia de Aníbal F. fue el reemplazo de Osvaldo Guglielmino por el abogado bonaerense Joaquín Da Rocha en la Procuración del Tesoro, un cargo que cobró relevancia cuando se activaron los juicios de los bonistas en default contra la Argentina luego de conocerse el proyecto kirchnerista que preveía trasladar al Tesoro los 6.500 millones de dólares de reservas como parte del promocionado Fondo del Bicentenario.

Guglielmino era un hombre cercano a Zannini (la persona en la que los Kirchner confían toda su arquitectura jurídica), pero a la hora de elegir a un reemplazante Aníbal se adelantó a todos proponiendo el nombre del "Chango" Da Rocha, un operador judicial del peronismo bonaerense que se formó en los equipos de Antonio Cafiero; colaboró con Eduardo Duhalde y ahora ajusta su sintonía política con el jefe de gabinete. El dato erizó a varios de los kirchneristas históricos, esos que siempre buscan marcar diferencias de orígen al autodefinirse como pingüinos.

Claro que la exposición permanente de Aníbal F. no sólo le trae alegrías. Allí está Elisa Carrió, tal vez buscando vengarse de tanta chanza que le dedica el jefe de gabinete, pugnando para iniciarle juicio político a raíz de las supuestas vinculaciones entre integrantes del peronismo de Quilmes cercanos a Fernández y uno de los acusados por el triple crimen de General Rodríguez. Ayer, justamente, el fiscal de la causa, dijo desconocer esas relaciones peligrosas.

Hace tiempo que Aníbal Fernández no habla de aspiraciones políticas futuras. Quiso ser candidato a gobernador hasta que los Kirchner eligieron a Daniel Scioli y la derrota kirchnerista de junio del año pasado ha enfriado las expectativas electorales de varios de sus integrantes.

Todavía disfruta cuando comparan sus habilidades de polemista con las de Corach, pero debería recordar Aníbal que la estrella de Corach se apagó con el menemismo para terminar recluído en los claustros universitarios de Oxford. Un destino mucho menos excitante que el de las crueles batallas argentinas por el poder.

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