Poesía y política.

Por Daniel Guebel.

La liebre saltó con la denuncia de Hillary Clinton, cuando en la interna demócrata se enfrentó a su actual jefe y entonces rival, señalando la condición florida de sus discursos, que presuntamente lo inhabilitaría para gobernar los Estados Unidos. “Se hace campaña con poesía, pero se gobierna con prosa”, acusó.

Efectivamente, los discursos de Obama los escribía (los escribe) Jon Favreau, un poeta de 28 años. En Argentina, los discursos de los políticos los escriben periodistas o, si se busca un perfil idóneo, algún especialista en marketing. No está mal el encargo, pero es visible que esos profesionales asumen de antemano el criterio de brindar servidumbre verbal a quien los contrata. Un poeta, en cambio…cualquiera sea la clase de poeta que se contrate, tiene una relación particular con el lenguaje. El lenguaje no es su instrumento, sino su primera materia, el objeto de donde extrae todo sentido, algo que está fuera del circuito de la comunicación inmediata, una perla que no se obtiene de antemano. Retomando. Alguien podrá pensar que, si el arte de la redacción de discursos es una práctica subordinada y elemental dirigida a que el político que busca capturar votos cautive a su electorado, Obama se equivocó al elegir a un poeta, y que habría captado mayor cantidad de votos de haberse limitado a pronunciar discursos convencionales. Pero esa es una manera simplista de pensarlo. El lenguaje es una cárcel, rige nuestros destinos, nos da forma cuando nacemos y nos despide cuando morimos. Y muertos nosotros, el lenguaje sigue. Por eso, no es indiferente quien escribe para un político, porque la lengua que maneje el escriba será la víbora que destilará su primera ponzoña sobre el oído del hombre destinado a proclamarla para todos. Idealmente, un poeta excepcional hará que su lenguaje excepcional percuda de tal manera al hombre que leerá sus discursos, que el primer objeto de su transformación será el político, y luego, el mundo, quizá seguirá el rumbo. Pruebas al canto, aunque sean de signo contrario: las ficciones religiosas que circulan por el planeta logrando efectos reales; el primero de los cuales, que en nombre de la palabra de un abstracto Señor la gente se mate una a otra.

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