El poema de San Lorenzo

Un clásico baile. El equipo de Russo apabulló al tibio Independiente y es otro líder que sueña en grande
No sos vos, soy yo. Ese tiempo, la separación, tal vez insinuó un final diferente. Porque el romanticismo entre este San Lorenzo y el Apertura estaba quebrado, sin fuego. El equipo de Miguel Russo, ése que supo enamorar al campeonato desde un comienzo, ése que le regaló flores, ése que le escribió cartas de amor, se tomó un tiempo. Una distancia, sin saber de un desenlace escrito. Estaba confundido, era eso nomás. ¿O se puede entender este fútbol como un metejón? El compromiso, entonces, sigue intacto. Como la primera vez, San Lorenzo gana, gusta, golea, juega y canta. El 4 a 1 a Independiente es un poema.

¿Cuál es la fórmula para esta imagen que vende ilusiones genuinas en la gente? Pablo Barrientos como artista de la pelota, en una posición poco usual por su perfil. Sin embargo, el Pitu se acomoda a su nueva aldea, por la derecha, con la zurda. Desde esa primera pelota que afina con su botín derecho se puede entender que en la tarde asoma un concierto. Fino, se la pasa a sus compañeros, le pone tensión a la marca de Leonel Ríos, quien termina expulsado en 22 minutos. Y anota un gol con la cabeza, tras centro de Aureliano Torres. Sí, con eso que piensa, Barrientos indica el camino.

Cuando un futbolista es capaz de simular pasos de tango para tocar la pelota, difícilmente el resto no se contagie. Incluso, los ajenos. Porque de este Independiente sólose rescata -además del gol descartable de Núñez- una pared que Calello intenta justamente con Barrientos. Eso, en definitiva, marca lo pálido de este Independiente gris. Santiago Solari por la izquierda también juega, porque conoce de qué se trata. Ingresa esta vez de nueve para tocar a la red tras una combinación entre Juan Manuel Torres y Adrián González. Sencillo este San Lorenzo, que sigue en esa recuperación donde el resultado es clave, pero el rendimiento un argumento para ser campeón.

El clásico no es tal. Porque Injdependiente no aporta nada a esta reunión. Con las manos vacías, el conjunto de Miguel Santoro es un papel en blanco.

De vez en vez Daniel Montenegro intenta escribir algo, aunque sea soñar con una jugada. Pero la lapicera del Rolfi no tiene tinta. Y si el que sabe no entiende el resto tambalea. Sin salida entonces, el partido no se arma. Lo que sigue es una clase práctica, en aula grande, de cómo tener el control de la pelota. La tiene Barrientos, se la pasa a Solari, la lleva Cristian Ledesma, la toca para Torres Aureliano, luego para Torres Juan, después para González. Es inevitable el ¡ooole! de un público que alienta al observar este juego. Que disfruta del juego. Esa imagen, en definitiva, es la que vale. Porque San Lorenzo elige un camino para ir por el título, ése que supo de otros tiempos. Lo que queda es saber cuál es el gol más lindo de la tarde. Porque de esa asociación con fines de lujo nace lo que termina en la segunda definición de Barrientos. Impecable.

Luego del cachetazo del primer tiempo, Independiente sólo quiso adelantar las agujas de su reloj. Sin embargo, no pudo. Pensó, entonces, que estar en Mendoza -por caso-- era una buena opción, porque esta Argentina de diferentes horarios le podía permitir ir para atrás, a la salida de los equipos, a esa charla previa donde los futbolistas se gritan, se aplauden y salen. ¿A qué hubiera apostado para no caer en este papelón? Difícilmente se pueda cambiar la actitud si la fuerza interior queda al desnudo. Es esto, se es lo que es. Que el torneo vuelva a tener un sentido es lo que une a estos jugadores en el festejo.

Porque desdeese segundo tiempo en el segundo partido frente a Huracán observaron que algo se había acomodado. Que todo pareció, de golpe, estar en su lugar. Que ese magnetismo con la pelota volvía a ser, porque los que juegan a la pelota se soltaron otra vez. En esto que fue casi un picado entre amigos, se ofreció una versión de juego que roza al techo de sus actuaciones prematuras, ésas que lo hicieron ganador de un título que apenas gateaba. Y ese episodio que, obligatoriamente, queda para el final muestra a esos corazones latiendo fuego. Gastón Aguirre es defensor, juega con la camiseta número 20, pero de repente queda en posición de puntero ante la salida de Assmann. El central, de correcto partido, la para con la derecha. ¿Le pega? Ahí le pega. ¡Pegale! Aguirre, ése que juega con la 20, la pisa de pie a pie, prolonga la antesala al estallido del estadio, la pincha de zurda. Gira y lo grita. La reconciliación es inevitable.

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