El poder es puro cuento.

Por: Silvio Santamarina.

El veredicto de las urnas estaba cantado y a la vez fue una sorpresa. Parece contradictorio, pero en verdad no lo es. Los hitos de la Historia son así: pasa lo que tenía que pasar de acuerdo a las condiciones objetivas, aunque los acontecimientos se definen también por factores imprevistos que siempre se nos escapan de las manos.

Nadie, pero nadie, tiene la bola de cristal. Y nadie tiene en sus manos el diario del lunes durante la tarde del domingo. Ni siquiera el Grupo Clarín. Una fuente con acceso cotidiano a la cúpula del multimedios asegura que su CEO, Héctor Magnetto, pronosticó, cuatro días antes de los comicios, el triunfo de Néstor Kirchner y que, de acuerdo a eso, a partir del lunes había que prepararse para "la batalla final". Es más: también hay testigos del estado de conmoción y angustia de un altísimo ejecutivo del grupo en la medianoche del 28 de junio, cuando ya aparecía una tendencia clara en el centro de cómputos a favor de Unión PRO. Este ejecutivo temía que el escrutinio incompleto, que daba una derrota del oficialismo, llevara a Clarín a titular en falso el diario del lunes y que por la mañana, finalizado el recuento de votos, el resultado definitivo fuera una victoria ajustada de Néstor en la provincia de Buenos Aires. Es decir, en Clarín temían caer en una maquiavélica trampa de inteligencia orquestada por el kirchnerismo para dejar mal parado al multimedios de cara a la pulseada por la vieja ley de Radiodifusión y su alternativa K.

Más allá de los intereses comerciales y de los recelos personales, ¿qué significa esta anécdota? Que siempre se tiende a sobrestimar el poder de los grandes jugadores de la política, y a decretar como inexorable su capacidad de controlar los escenarios de batalla. Ni Clarín tenía todo bajo control, ni Néstor se había garantizado con trucos politiqueros el triunfo en el conurbano.

Para entender esto es imprescindible liberarse de los prejuicios a la hora de evaluar la naturaleza de los líderes políticos y/o empresariales. Buenos o malos (la moral es otra cuestión), lo que define a los grandes acumuladores de poder y dinero es su capacidad para lanzarse a lo desconocido, empujados por el apetito de ganar más. Es cierto que se rodean de asesores que les calculan probabilidades y les diseñan herramientas para avanzar con cierta previsibilidad. Pero el problema es que, si quieren crecer, hay momentos en que deben chocar con otros grandes y ambiciosos como ellos, que también le pagan a un ejército de técnicos y operadores para que les construyan escenarios de éxito. Y ahí sólo queda la intuición del líder. Cuando se acaba el diagnóstico y la opinión experta no alcanza para tomar la decisión ganadora, justo ahí aparece la naturaleza más profunda del que manda. En esas situaciones límite, el conductor se aferra a su intuición ciega, no porque esté seguro de que sea correcta, sino porque sabe que tiene que tomar una decisión urgente y sin retorno. Cuando no queda más que analizar, sólo los líderes se tiran a la pileta de cabeza sin saber si hay agua. Por eso lideran. Los demás –el resto de los mortales– nos quedamos esperando certezas que nunca llegarán o que llegarán demasiado tarde. El líder, en cambio, encarna la certeza misma. En eso reside su locura, pero también su dominio.

De ahí, de esos dilemas que suenan filosóficos y atemporales pero que son muy cotidianos, viene la perplejidad ante versiones que llenan las páginas de la prensa política: que Kirchner no escucha críticas, que rompe las encuestas de mal agüero, que se impacienta ante los que le plantean dudas sobre "el modelo"… Es cierto, y no podría ser de otra manera. Del otro lado, este razonamiento sobre la naturaleza del liderazgo también ayuda a entender el hartazgo de la opinión pública con los funcionarios "diagnosticadores", esos políticos que se hicieron famosos brillando como comentaristas de la realidad, y que a la hora de poner manos a la obra, cuando las papas queman, no saben hacer otra cosa que seguir diagnosticando el problema, sin asumir la responsabilidad de encontrar, o al menos de intentar, una solución.

De esto discute el peronismo hoy: ¿adónde fue a parar el poder?, ¿quién lo tiene? La derrota oficialista en el conurbano volvió a poner en duda el mito del "aparato" imbatible. A lo largo del período democrático inaugurado en 1983, radicales y neoperonistas han derrotado varias veces el supuesto orden invencible de los "barones" bonaerenses, presuntos magos del clientelismo popular. Luego del Hiroshima electoral, los intendentes ensayan gestos de hidalguía para revalidar sus pergaminos (como el renunciante testimonial Mario Ishii) o se hacen los distraídos hasta que baje la marea (como el presidente de la Federación Argentina de Municipios, Julio Pereyra, que dejó Florencio Varela por una gira por Brasil y Miami). Otro tanto hacen los gobernadores del PJ, que pasan de la genuflexión a la montonera rebelde en cuestión de horas: seguramente, ninguna de las dos poses es totalmente cierta. Y encima volvió al país Eduardo Duhalde, otro gran enigma de la politología justicialista. Desde la "traición" de Kirchner, los referentes peronistas no se ponen de acuerdo en definir si "el Negro" o "el Cabezón" manda o no manda en la provincia. Incluso los propios operadores de origen duhaldista que trabajaron en la campaña de Francisco De Narváez dudaban sobre la influencia real de su antiguo patrón en estas elecciones, y confiaban off the record sus temores de que el aparato estatal kirchnerista aplastaría al peronismo disidente en su propio terreno. No sucedió: aunque no se sabe bien por qué.

Y no se sabrá, porque precisamente eso es lo que está en juego en este momento. Quiénes ganaron, quiénes perdieron y cuál es la magnitud de la implosión en la hegemonía peronista. El Gobierno juega a decir "acá no ha pasado nada", o casi nada, y pretende que las cabezas entregadas sean suficientes para volver a la normalidad: por eso Daniel Scioli, el heredero de Kirchner en la conducción formal del PJ, se queja de que "se está armando una telenovela" de declaraciones sobre los cuestionamientos a la mesa de conducción justicialista. Si fuera una novela de Adrián Suar, todavía queda por ver si se trata de Valientes o de Vulnerables.

En pocos días podremos observar, cuando sesione el viejo Parlamento, si se mantuvieron las formas y el kirchnerismo conserva su bloque intacto, o si la ficción K de que la vida sigue no logra frenar el desbande hacia otros bloques. Aquí el peronismo disidente también juega a la ficción: ¿mandan los caudillos díscolos del interior o manda Unión PRO? Y en el PROperonismo, ¿manda el sector de De Narváez, que reclama internas ya, o manda el mauricismo goriloide? Para saldar con bancas estas discusiones, los peronistas intentan seducir a los radicales, las renovadas estrellitas del show. Pero entre los UCR y ex UCR también hay problemas de cartel. ¿Quiénes serían los competidores de una interna partidaria? Hay que ver si están todos los que son y si son todos los que están. No sea cosa que a último momento Lilita Carrió se los lleve puestos y Julio Cobos les vote no positivo.

¿Suena feo? Es lo que hay. Tal vez, la democracia de partidos no consista en evitar que manden los locos por el poder, sino que, mediante la participación, la ciudadanía obligue a sus líderes a actuar, de vez en cuando, con cordura.

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