Con más poder, pero menos fiable

La recomposición de Kirchner con el PJ ayuda a la gestión de Cristina. Quedó reflejado con la reestatización jubilatoria en Diputados. También con el comportamiento del Senado. Esa mejoría política no modifica la baja valoración que la sociedad tiene del Gobierno.

Por: Eduardo van der Kooy

Hubo imágenes de los últimos días que despertaron el sentimiento de la envidia. La celebración colectiva de una mayoría en Estados Unidos que consagró al demócrata Barack Obama como nuevo presidente. La construcción de una esperanza en medio de la crisis más descomunal que recuerda la primera nación del mundo desde el siglo pasado. Tan enorme parece aquella esperanza como el desafío que aguarda a Obama.

En un plano infinitamente más modesto hubo otros episodios que también cautivaron. Por ejemplo, el acto por la recuperación de la democracia que impulsó el radicalismo, que sirvió de homenaje a Raúl Alfonsín pero que, sobre todo, repuso en la escena pública a manifestantes motivados sólo por la pasión y la épica política.

Aquella envidia se explica por la época de política desangelada que atraviesa la Argentina. Hay una sociedad que atisba, escéptica, las cosas que van sucediendo y que participa únicamente en casos de excepción. Hay una oposición que otra vez, luego de la irrupción llamativa durante el conflicto con el campo, asoma aturdida, sin comunión entre liderazgos y proyectos, que alza su voz de compromiso cada vez que Cristina y Néstor Kirchner vulneran algún límite. Hay un Gobierno que logró rehacer ciertos engranajes del poder destruidos por la sucesión de equívocos y derrotas pero que, aún así, no termina de recuperar la confianza popular que alguna vez supo tener.

Kirchner está, de todos modos, contento. Siempre le importaron más los resortes del poder que el humor de la gente. Esos resortes le brindaron la semana pasada una satisfacción grande: Diputados sancionó con un volumen de votos mucho mayor que el previsto la reestatización de las jubilaciones. Fueron 162 a favor, la segunda mejor votación en esa Cámara desde la resolución 125, por debajo de la estatización de Aerolíneas (167 votos) pero encima del Presupuesto (149 votos) y de la movilidad jubilatoria (140 votos). El Senado aprobó también con amplitud la ley de Presupuesto sin modificar su texto y habilitando, incluso, resquicios legales del Poder Ejecutivo sobre la Carta Orgánica del Banco Central.

La ecuación empezaría a ser casi perfecta para el ex presidente. La caja está cerca de quedar bien alimentada para amortiguar la crisis económica que muestra huellas, los interrogantes en el frente externo y las urgencias de un año electoral. La generosa aprobación que hizo Diputados de la reestatización de las jubilaciones ahuyentó muchas dudas que merodeaban el Senado. Lo opuesto había sucedido durante el pleito con el campo.

El matrimonio presidencial vivió el comportamiento disciplinado del Congreso como un éxito, en una temporada larga en que los éxitos no aparecen. La recopilación de sucesos justificarían esa satisfacción. Nadie daba dos pesos por la suerte de los Kirchner en Diputados y Senadores luego de la debacle con el campo. Las leyes clave, sin embargo, van sorteando escollos: estatización de Aerolíneas, movilidad jubilatoria, Presupuesto, reestatización de las jubilaciones. Las batallas que se avecinan, nada sencillas, son el impuesto al cheque y la emergencia económica.

¿Qué ocurrió para que las previsiones pesimistas variaran? El ex presidente deglutió sapos después de lo sucedido con el campo y recompuso la trama dañada con el peronismo. En especial en Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos. No empujó al partido a nuevas peleas inútiles que lo enfrentaran con el grueso de la sociedad. Demostró alguna flexibilidad en las negociaciones parlamentarias de las que había carecido antes. Fue decisivo, en ese aspecto, el papel de Agustín Rossi, el jefe del bloque del PJ. Los garabatos introducidos al proyecto de reestatización jubilatoria fueron, sin dudas, formales. Pero suficientes para barnizarlo de cierto pluralismo. La conquista de los votos socialistas tuvo un significado clave.

En ese marco de disciplina no encuadró Felipe Solá. El ex gobernador votó en contra de la reestatización y presentó un proyecto alternativo. Solá no tiene regreso a las filas del kirchnerismo. Tampoco le interesa regresar. Irá actuando acorde a sus necesidades y a los desafíos que plantee el próximo calendario electoral. Kirchner estuvo indagando toda la semana sobre su conducta e instruyó: "Que a nadie se le ocurra echarlo". La victoria en Diputados sobre las jubilaciones atenuó esa inquietud y hasta le permitió una ráfaga de humor: "Es imposible olvidarme de Felipe. Ahora por su rebeldía. Pero desde hace mucho por esa perra que me regaló cuando era gobernador (se llama "Catalina") que mata de a uno los flamencos que andan por los jardines de Olivos", bromeó.

Su buen talante tuvo una razón adicional. Los mercados estuvieron la semana pasada algo sosegados. El sosiego se consiguió a los garrotes. El dólar desescaló mucho la trepada de días anteriores. Kirchner dispuso un sistema de riguroso seguimiento de las operaciones financieras y el vigilante elegido fue Guillermo Moreno. El secretario de Comercio puso bajo su lupa a empresas y a bancos. El responsable de una entidad de primera línea envió directivas secretas a sus gerentes: "Cualquier operación superior a los 50 mil dólares deben consultarla", informó. Moreno no se conformó con esos controles. Hay sospechas de que pretendió acceder a información secreta sobre disposiciones y movimientos monetarios del Banco Central. Un disgusto que Martín Redrado trata de desentrañar.

Esos desaguisados argentinos circulan sin tanto ruido por un mundo donde nuestro país casi no es tenido en cuenta. Ese mundo, que tal vez perdió su capacidad de asombro con la Argentina, continúa sacudido por la crisis financiera y económica. Renace sin embargo una dosis de ilusión porque Estados Unidos, al menos, ha dado con la consagración de Obama el envión para un ordenamiento político indispensable con el fin de abordar aquella crisis. Esa consagración fue recibida con beneplácito por el matrimonio Kirchner. Y está bien. Pero detrás del beneplácito pareciera ocultarse alguna ligereza: el triunfo del candidato demócrata no enriquecerá, por golpe de magia, las pobres relaciones bilaterales.

Tampoco incidirán de modo decisivo, como insinuó Cristina en su carta de felicitación, las supuestas afinidades ideológicas. Corresponderá al Gobierno de los Kirchner transmitir señales políticas, jurídicas e institucionales de confiabilidad para que el reemplazo de George Bush por Obama adquiera también algún sentido para la Argentina.

El horizonte inmediato difícilmente se despeje. Cristina asistirá el próximo sábado en Washington a la reunión del Grupo de los 20 convocada por Bush para analizar la crisis mundial. Pero las noticias previas no son alentadoras: Estados Unidos pretende reducir a 14 el número de países integrantes. Por América latina, México y Brasil tienen asegurado su lugar pero nuestro país es candidato a quedar afuera. ¿Habrá mejores noticias para los Kirchner cuando asuma Obama? El nuevo presidente demócrata se ha ocupado poco de la región en su campaña y tiene urgencias que le consumirán, por lo menos, la mitad de su mandato: la crisis que empuja el desempleo más alto de los últimos 14 años en Estados Unidos y dos guerras, en Irak y Afganistán, que desgarran a la sociedad.

El primer contacto de Obama con América latina será en la cumbre prevista en abril en Trinidad y Tobago. Allí también irá la Presidenta. Pero la relación bilateral con Washington seguirá dependiendo, tal vez hasta mitad del año que viene, del actual subsecretario para Asuntos del Hemisferio Occidental, Tom Shannon. Ese diplomático hizo mucho para que aquella relación se mantuviera a flote después de las peleas recurrentes entre Bush y Kirchner y de las esquirlas que incrustó en el Gobierno el escándalo de la valija de Guido Antonini Wilson.

Shannon, incluso, podría suceder a Anthony Wayne en la Embajada en Buenos Aires cuando el diplomático deje la sede a mediados del 2009. Habría decisión en Obama de mantener el manejo de las relaciones internacionales en manos de los demócratas. El área de Defensa podría permanecer bajo control republicano. La línea profesional del Departamento de Estado fue la que, pese a la cantidad de trastornos, aconsejó siempre a Bush no dejar a la deriva el vínculo con Buenos Aires.

Cristina redactó personalmente su felicitación a Obama. Kirchner anda preocupado en otros quehaceres. Las relaciones exteriores jamás borbotaron su corazón. De hecho, nunca concedió una audiencia al embajador Wayne mientras ejerció la Presidencia. Prefiere recibir a intendentes, revisa encuestas, vio la semana pasada a dirigentes del peronismo porteño justo cuando Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete, anda de conferencias por Europa. Sigue la economía, el dólar, el superávit. Se perturba con la caja.

Ese, no otro, constituye su universo político verdadero, donde también parece enmarañada Cristina desde hace once meses.

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