El poder de Patota aprieta y también abarca

El secretario de Comercio se convirtió en un ministro sin fronteras de Cristina Kirchner. Organiza comitivas, define acuerdos en áreas de Trabajo y Educación. Llegó a definir una campaña publicitaria sin la venia de Albistur.Por: Diego Genoud

La suma del poder. El Napia reporta sólo a Néstor Kirchner y es el Presidente quien sostiene su método para conseguir acuerdos con los empresarios.

Presidente, mi abogado me contó que la Cámara me dio la razón en la querella contra Shell...

–¿Vos tenés abogado? ¿Todavía no te diste cuenta de que tu abogado soy yo? ¿Para qué querés otro?

El diálogo telefónico, que se produjo hace pocos días, sirve para entender cómo funciona el gobierno nacional. Néstor Kirchner defiende a Guillermo Moreno más que a ningún otro funcionario porque considera que es el único que interpreta sin variaciones la partitura que se escribe en la Quinta de Olivos. Desde que estalló la crisis financiera, el soldado más leal que el ex presidente sostiene en el Gabinete de su esposa se convirtió en un ministro sin fronteras y con superpoderes.

Moreno ya no se conforma con acaparar funciones del Ministerio de Economía: ahora también tiene injerencia en Trabajo, Educación, el Banco Central, la Cancillería y la Secretaría de Medios. El santacruceño sólo le pide dos cosas: que no aparezca por la Casa Rosada y que hable en público únicamente cuando resulta imprescindible. En los despachos del primer piso de Balcarce 50, ahora lo llaman “ministro de Operaciones Especiales”. Lo dicen porque dejó su batalla contra los precios para ocuparse de los despidos, la cotización del dólar, las cuotas de los colegios privados, el protocolo e, incluso, la publicidad callejera.

En la previa del viaje de Cristina Fernández de Kirchner a África, el secretario de Comercio Interior debutó como funcionario de Cancillería: se dedicó a armar la lista de empresarios que acompañaron a la Presidenta en su gira por el Magreb. En la recorrida, Moreno se topó más de una vez con ejecutivos que rechazaban el convite, pero no se amilanó. Finalmente, logró subir al avión presidencial a los directivos de firmas de segunda línea que recorrieron Argelia, Túnez, Egipto y Libia.

La semana pasada y por orden de Kirchner, Moreno ajustó los últimos detalles de un plan antidespidos junto al secretario de Industria, Fernando Fraguío. Con Cristina de regreso, pretenden firmar un acuerdo con las grandes automotrices para que se comprometan a mantener el empleo por, al menos, dos meses. El Napia advierte que ya sabe cómo convencer a los empresarios de que no se sumen al convenio: “Los gerentes que despidan gente van a tener que responder con su patrimonio”. En la secretaría que comanda analizan, una vez más, la posibilidad de echar mano a la Ley de Abastecimiento para revisar los balances de las empresas.

Hasta Enrique Albistur (otrora encargado de la propaganda oficial) ve cómo Moreno le arrebata funciones. El gendarme de los precios acaba de lanzar una campaña publicitaria de afiches en la vía pública para incentivar el consumo de lácteos bajo la imperativa consigna “Comé queso”.

La prédica de Kirchner parece haber convencido a la mayor parte del Gobierno. Los que ayer lo criticaban ahora consideran que “Moreno es eficiente” y señalan que fue clave para contener el precio del dólar a través de su influencia en la AFIP, que conduce el albertista histórico Claudio Moroni. Todos parecen haber comprendido que pelearse con el Napia es lo mismo que enfrentar al santacruceño. Los habitués de la residencia de Olivos coinciden en que el ex presidente le tiene “un enorme respeto”, pero que el mérito principal que le reconoce es su capacidad para sobrellevar en el más absoluto silencio críticas y cuestionamientos. “Es de amianto”, afirman. Desde que el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández renunció al gobierno nacional, a Moreno no le quedaron enemigos visibles. Pero no se olvida de los que pedían su renuncia desde el oficialismo. “El pibito llegó diciendo que había que echarme”, recuerda. La frase remite a Sergio Massa, el ministro coordinador que arribó al Ejecutivo con críticas al INDEC y reclamando una brisa de cambio que nunca llegó. Moreno acostumbra señalar las diferencias que tiene con el presidente del Banco Central, Martín Redrado. “Mirá, él tiene en su despacho una foto con Alan Greenspan dedicada y yo tengo una de Perón y una del Padre Mugica”, les dice a quienes lo frecuentan en el edificio de Industria donde lo resguarda la enorme virgen que se alza en su despacho.

Lo más sorprendente es que hasta en la Secretaría de Legal y Técnica, de Carlos Zannini –un pingüino que evita prenderse en las internas palaciegas–, expresan su fastidio por algunas de sus intervenciones. El malestar no pasará a mayores. Zannini es el arquitecto jurídico del matrimonio presidencial y Kirchner se define a sí mismo como el abogado de Moreno.

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