El poder de Kirchner sube y baja según pasa el tiempo

Por: Mariano Grondona.

Si alguien suponía que, después de la contundente derrota en las elecciones parlamentarias del 28 de junio, el poder de Kirchner descendería de manera constante hasta las elecciones presidenciales de 2011 o que, justamente para evitar esta catástrofe, el titular del poder real buscaría arribar a una meseta a través del diálogo con los opositores para asegurar la gobernabilidad a su esposa en los dos años de transición que aún le esperan, estaba equivocado porque, en lugar de suavizar el "descenso" o alcanzar la "meseta" que eran racionalmente previsibles, lo que ha estado procurando Kirchner es remontar la cuesta del 28 de junio no ya para conservar el poder que todavía le queda, sino para "aumentarlo" hasta contrariar, si es preciso, la ley de gravedad. ¿Qué es esto, perseverancia u obcecación ? Según el diccionario, la "obcecación" es una forma de "ofuscación" o de "arrebato", una conducta irracional que René Balestra acaba de examinar en su último libro, El poder obcecado.

Pero es difícil dictaminar si el hombre más poderoso de la Argentina actual es perseverante u obcecado porque, en los tres meses que han pasado desde las elecciones de junio, ha obtenido victorias y ha sufrido derrotas en medio de un zigzag cuyo caprichoso curso todavía les impide a los observadores un diagnóstico definitivo. Los escépticos acerca del futuro de Kirchner lo ven avanzando "obcecadamente" hacia el precipicio que, finalmente, lo condenará. Pero otros, al subrayar la insólita perseverancia que aún lo guía, se preguntan por su parte si, dada su impar sed de poder, no logrará imponerla contra los tímidos intentos de una oposición que, habiéndolo vencido ampliamente en las últimas elecciones, aún no atina a rematarlo políticamente.

El Gobierno "sube"

Quizá la oposición pensó que Kirchner volvería a "bajar" hasta en el presente Congreso, al tratarse en él la prolongación de los superpoderes y la nueva ley de medios que pretende, reiterándose en tal caso la derrota kirchnerista del año pasado frente al campo. Pero, a la inversa de estas optimistas previsiones, el Gobierno ha logrado vencer a la oposición en ambas ocasiones y demostró que aún es capaz no sólo de disciplinar a su propia mayoría parlamentaria, sino también de atraer votos que le eran considerados adversos como los del socialismo y el "progresismo" hasta en el gravísimo caso del proyecto de la ley de medios, en torno del cual las únicas esperanzas que le quedan al "no kirchnerismo" es su discusión en particular en el Senado. De prevalecer también en este caso, el kirchnerismo habrá logrado consagrar una ley que estrechará al máximo la libertad de expresión audiovisual de los argentinos, arrinconándola al servicio de su invariable objetivo en pos del poder total. Lo que está pasando aquí también se presentó cuando, en este mismo Congreso, se discutió el futuro de las AFJP. En esta circunstancia parte de la oposición, que al fin apoyó el proyecto oficial, se detuvo en la discusión pormenorizada del texto, al parecer sin advertir que lo único que en verdad quería Kirchner era disponer discrecionalmente de los fondos de los futuros jubilados para asegurar la continuidad de su alicaída "caja".

En el caso de la ley de medios, lo único que le importa a Kirchner es avanzar hacia el dominio total de las comunicaciones, y oponerse sólo a tal o cual inciso es desconocer pura y simplemente hasta dónde llega su ambición. ¿Es tan ingenua entonces la oposición? ¿O la "caja" también ha servido para presionar a aquellos que exhibían dudas sobre el texto presentado? Los casos de los votos "oficialistas" de la senadora Latorre cuando se discutieron en comisión los superpoderes y del senador Jenefes cuando se trató en general la ley de medios han dado lugar a toda clase de conjeturas. Sea cual haya sido la motivación de estos senadores en los casos señalados, la sospecha de la "caja" sobrevuela, quizás en ocasiones injustamente, no sólo a ellos, sino también a otros cuyos votos en el Congreso han sido funcionales a la intención totalizadora del Poder Ejecutivo. Y al hablar de la "caja" no nos estamos refiriendo necesariamente a los episodios de corrupción sino también a la desesperada dependencia de algunas administraciones provinciales respecto de las remesas del Poder Ejecutivo, una dependencia evidente en el socialismo de Binner en Santa Fe, al margen de su honestidad personal.

La relación que hoy existe entre el Gobierno y la oposición se parece al juego infantil del subibaja por el cual, cuando alguien prevalece, perderá de inmediato hasta que se repita, inversamente, la historia. También es evidente que, pese a conseguir algunas victorias, Kirchner se encamina hacia nuevas derrotas. ¿Qué pasará por ejemplo el próximo 10 de diciembre, cuando quede en minoría en el Congreso? Algunas de sus recientes victorias, ¿no probarán haber sido efímeras? Y si así ocurre, ¿hasta dónde tendrá que retroceder después de haber avanzado? El poder de la "caja", ¿llegaría en este caso hasta el extremo de enervar a la nueva mayoría opositora? ¿Cuántas otras claudicaciones como las que acabamos de ver en el Congreso actual podrían repetirse en el nuevo Congreso? Y aun si la oposición empieza a prevalecer en él de aquí a dos meses, ¿hasta dónde se animarán los Kirchner a echar una y otra vez en la pelea el peso del veto presidencial?

El Gobierno "baja"

Lo notable es que las "victorias particulares" que han obtenido los Kirchner en estos últimos meses se han logrado en medio de una "derrota general": su pérdida de popularidad, debida probablemente al estilo autoritario que exhiben a cada paso. El 28 de junio, el Gobierno descendió del 46 por ciento de los votos que había obtenido en 2007 a un 26 por ciento. Que esta tendencia se mantiene acaba de sugerirlo una reciente encuesta internacional, de la que participó entre nosotros Poliarquía, y de la cual surge que la presidenta argentina es el más impopular de los quince presidentes americanos encuestados. Hoy, sólo el 23 por ciento de los argentinos apoya a Cristina Kirchner mientras otros gobiernos como los de Lula, Bachelet, Uribe, Calderón, Tabaré Vázquez, Evo Morales, Barack Obama y Correa sobrepasan, en orden descendente, el 50 por ciento.

Parecería inexorable que, en una democracia como la que aún tenemos, la impopularidad de los Kirchner termine por alcanzarlos. Fue al advertir su constante deterioro popular, sobre el que no han hecho otra cosa que manifestarse los cortes y episodios callejeros alimentados en parte por el aumento de la pobreza que la Iglesia sigue denunciando, que el Gobierno creyó erradamente que este deterioro ha sido producto de los medios y no que la creciente crítica de los medios reflejaba, a la inversa, las reacciones ante la prepotencia del Gobierno y la creciente pobreza de los argentinos que el Indec procura vanamente disimular, con lo cual, también erradamente, ahora Kirchner supone que el control de los medios rescataría su imagen. Pero en Santa Cruz Kirchner ha dominado la totalidad de los medios desde hace más de diez años y, sin embargo, perdió.

Si el Gobierno sube entonces en el corto plazo, bajará hacia el mediano plazo. La suya se parece en tal sentido a una carrera en la cual el competidor que tomó la delantera ve acercarse peligrosamente a sus rivales. Lo que al fin se impondrá ante los espectadores, por ello, no es la "fotografía" de la carrera tal como ella se desarrolla en este instante sino la "película" que, prolongándose, cubra la competencia hasta la línea de llegada.

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