El poder impotente

La amplitud, la profundidad y la dinámica de la crisis mundial son pavorosas. Pero el gobierno argentino insiste con herramientas de poco beneficio para la gran mayoría de los ciudadanos.
La recesión se abate sobre el mundo como una plaga producida por el hombre. Cada día, grandes firmas multinacionales anuncian despidos de millares de trabajadores. En una jornada cualquiera, la cuenta arroja decenas de miles, centenares de miles.

Las cifras se van sumando. La Organización Mundial del Trabajo (OIT, una agencia de Naciones Unidas) ya estimó en 51 millones la cantidad de personas que este año podrían perder su empleo.

Esos números están sujetos a revisión ascendente

El viernes, por ejemplo, se supo que en el último trimestre de 2008 el PIB de Estados Unidos (que explica aproximadamente un cuarto de la economía mundial) se contrajo 3,8 por ciento, la caída más grande desde la recesión de 1982, récord que podría ser superado este trimestre, el primero de Barack Obama al frente de la Casa Blanca.

En Europa las cosas no son mejores. Lo dicen las cifras de la economía, las cifras de producción y empleo y las notas crediticias (hasta Alemania debió soportar que las desprestigiadas "calificadoras de riesgo" le bajaran la nota). Lo refleja también la debilidad del euro respecto del dólar, termómetro de las expectativas sobre la suerte relativa de estos dos grandes bloques del mundo desarrollado.

Crisis en Asia

Tampoco en Asia, ni en la economía más madura ni en las más jóvenes, la crisis da respiro. En diciembre, la producción industrial de Japón fue 9,6 por ciento inferior a la de noviembre, mes en el que ya había declinado 4,4 por ciento respecto de octubre. En el último trimestre del año pasado, el PBI de Corea del Sur cayó a una tasa anualizada de 21 por ciento. Y el de Singapur, de 17 por ciento.

En 2008, las exportaciones de Taiwán cayeron 42 por ciento. Y su producción industrial se encogió 32 por ciento.

En China, hasta hace poco considerada la "nueva locomotora" global, el desempleo urbano aumentó por primera vez en cinco años.

El Partido Comunista chino, que este año cumplirá 60 años en el poder, teme que sea sólo el principio de una nueva tendencia. Con el inicio del año lunar, millones de chinos que habían ido de visita a sus aldeas rurales empiezan a volver a las ciudades sin saber si a su regreso conservarán sus empleos.

Hace diez días, Pekín anunció, como meta para 2009, mantener la tasa de desocupación urbana por debajo de lo que era en 1980, la más alta de los últimos 29 años.

No caer en el fatalismo

De cosas que pasan cerca solemos estar más informados. El recuento de algunas que pasan lejos es para constatar la amplitud, la profundidad, la pavorosa dinámica, lo inescapable de la crisis mundial.

No se trata de caer en la desesperanza, en la molicie, en un resignado fatalismo. Pero lo cierto es que frente a fuerzas de tal magnitud es poco lo que pueden hacer la Argentina y América Latina desde la economía inmediata, aquella capaz de responder a las medidas de los gobiernos y a las apelaciones de los gobernantes.

¿Vivir con lo nuestro?

El país y la región, es cierto, tienen la fortuna de contar con una geografía y unos recursos naturales y humanos que los ponen, tal vez como a ninguna otra parte del mundo, más cerca de la posibilidad (técnica, al menos) de "vivir con lo nuestro".

Pero esa frase, abusada y efectista, oculta más de lo que revela.

Tanto la Argentina como América Latina disfrutaron durante el último quinquenio del mayor ritmo de expansión en medio siglo, en gran parte gracias a lo favorable que fueron los vientos globales, ésos que ahora soplan furiosamente en contra.

Hacer las cosas de modo diferente, proposición compleja para un individuo, es más que ardua cuando se trata de colectivos de millones y millones de habitantes.

La globalización, con sus redes financieras, productivas y comerciales generó un mundo económicamente mucho más integrado, especializado e interdependiente que nunca en la historia.

Por eso, el actual trance podría ser incluso más difícil de superar que la Gran Depresión, la misma que prohijó diversas variantes de fascismo y desembocó en la segunda Guerra Mundial.

Iniciativas anticrisis

Ante tan terrible panorama, en el que las herramientas del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner parecen pocas efectivas y sus iniciativas "anticrisis" son meras puestas en escena, es imprescindible tener buenas políticas y, especialmente, buena Política.

Por ejemplo, tener "políticas sociales" y no los opacos planes que maneja la cuñada Alicia.

Tener "política tributaria", no la suma de viejos tributos y parches y medidas de "emergencia" que vieron la luz durante la crisis de 2001/02 y allí siguen, prorrogadas año a año, como si fueran ejemplares. Tener "servicios públicos", no limitarse por año a no cambiar nada, porque para qué, y después aumentar las tarifas eléctricas a lo bruto y de apuro.

En singular, en "Política", el panorama es aún más desolador. La Argentina afrontará un año, un bienio, o más, extremadamente difícil en un clima de confrontación permanente, de crispación fomentada, de demonización del adversario y de mentira institucionalizada.

Acuerdos institucionales

En vez de alertar en serio sobre los riesgos y desafíos que enfrenta el país , la presidenta insiste en la impostada apología de los supuestos aciertos kirchneristas y cierra la posibilidad de acuerdos institucionales mínimos para defender del mejor modo posible a los más desprotegidos y garantizar las formas republicanas y la democracia.

El sistema económico y político internacional está en trance de replanteo, y el Gobierno argentino –modestia aparte- se propone como ejemplo a seguir.

Faltan nueve meses para las elecciones legislativas de octubre y todas las energías oficiales están puestas allí. Desde el uso político del drama de la sequía hasta la reconversión de planes de vivienda incumplidos que, sin pudor, se vuelven a prometer como si nada.

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