El poder K, la disidencia y la metáfora de la corrupción

Por Fernando Laborda.

No es casual que el mismo día en que se conoció una de las más brutales caídas interanuales del superávit fiscal (223 millones de pesos en septiembre pasado contra 3532 millones un año atrás) el Gobierno haya anunciado el megacanje de la deuda en default.

Pese a las pésimas señales que la Argentina dio al mundo en los últimos años, hoy los funcionarios kirchneristas repiten a coro que la Argentina debe reingresar en los mercados de capitales internacionales.

Es que la necesidad tiene cara de hereje. El kirchnerismo podrá no tener un proyecto de país, pero tiene muy claro su proyecto de poder. Y en él juega un papel descollante el manejo discrecional de los recursos por parte de la administración central: la billetera K que mata galanes.

La percepción de que, como el mundo, la Argentina está comenzando a dejar atrás la crisis ha activado a grupos sociales y económicos que vuelven a alentar la tradicional pugna distributiva. De este proceso se han desprendido resonantes episodios de violencia, desde el conflicto en Kraft hasta la toma de una planta de gas de Panamerican Energy en Salta, y desde el ataque al Concejo Deliberante marplatense hasta las agresiones de integrantes del movimiento Tupac Amaru en Jujuy.

La violencia, como señala el filósofo Santiago Kovadloff, suele ser el sustituto de la capacidad de persuasión. El grado de responsabilidad de nuestros gobernantes, que a menudo recurren al agravio, a la deslegitimación del adversario convirtiéndolo en enemigo y a la llamativa antinomia entre pobres y ricos sin mirarse a sí mismos, es un tema sobre el cual el propio Gobierno y la sociedad deberían reflexionar.

Por lo pronto, cuando los Kirchner no diagnostican los episodios de violencia que se suceden como síntomas delictivos terminan siendo cómplices de la violencia. Más de una vez, el Estado K financió mediante planes sociales y otras prebendas a asociaciones delictivas disfrazadas de organizaciones humanitarias. El problema es que la caja destinada a garantizar el control de la calle y la estabilidad social y política se ha convertido en una Kaja de Pandora, cuyas fuerzas ocultas han empezado a desatarse.

La soberbia de muchos políticos a veces los lleva a creer que pueden contener y utilizar a nefastos personajes sin escrúpulos que parecen tomados de un film de Quentin Tarantino. Tal vez algunos funcionarios de Mauricio Macri estén aprendiendo la lección después del triste episodio de Ciro James.

Dirigentes que deberían aspirar a liderar fuerzas políticas que hagan de la moderación su bandera, como Carlos Reutemann y Francisco de Narváez, cayeron recientemente en los mismos exabruptos que se les critica a hombres del kirchnerismo. Todo parece funcional a un gobierno que busca consolidar su poder ensuciando a todo aquel que exprese disidencias y convenciendo a la ciudadanía de que, si todo el mundo es corrupto, carece de sentido detenerse a investigar la corrupción.

Comentá la nota