El poder de los brazos de Michelle Obama

Por Maureen Dowd - The New York Times

WASHINGTON.? Se supone que un periodista nunca debe empezar una nota relatando una escena en un taxi, pues es señal de poco empeño a la hora de reunir los hechos o de una tendencia a adornarlos. Sin embargo, yo voy a hacerlo. Hace unos días, David Brooks [columnista de The New York Times] y yo compartimos un taxi hacia la embajada británica, para un encuentro con Gordon Brown.

El adusto primer ministro estaba de muy buen humor, a pesar de las quejas de los británicos por los presuntos desaires del presidente Barack Obama hacia él. Primero, Obama devolvió el busto de Winston Churchill que Tony Blair le había prestado a George W. Bush; después, la Casa Blanca cambió el estatus del vínculo entre ambos países de "relación especial" por el de "sociedad especial", y la conferencia de prensa en la que Brown iba a estar parado "junto al Mesías" -como expresó secamente un periodista británico- fue reducida a un encuentro con "disponibilidad para la prensa" en el Salón Oval.

Luego, el presidente le obsequió a Brown unos DVD -incluido el de Psicosis -, un regalo bastante pobre en comparación con el del primer ministro, un lapicero hecho con madera de la nave victoriana antiesclavista H.M.S Gannet.

Los más críticos se preguntaban si tantas desatenciones eran una respuesta a los azotes que el abuelo de Obama recibió en Kenya de manos de las tropas coloniales británicas, tal como el presidente describe en su libro Los sueños de mi padre .

La prensa también se preguntó, con una dosis de paranoia, si detrás no podría estar la "lady Macbeth" del presidente, pues, como disparó James Delingpole desde un blog del Daily Telegraph , "en su visión a grandes rasgos de la historia, ella identifica a los británicos con la malvada hegemonía global de los blancos, responsable del comercio de esclavos".

A medida que se derrumban las acciones líderes, Wall Street parece cada vez menos un símbolo del capitalismo a lo macho de Estados Unidos y se parece cada vez más a un famoso personaje de novela de Jane Austen, la señora Bennet, una cabeza hueca siempre preocupada por hacerse más rica y por sus "pobres nervios".

El presidente llamó a los norteamericanos a arremangarse y comprar acciones. Y en una entrevista concedida a The New York Times el viernes pasado, fue más allá y nos aconsejó "no guardar el dinero debajo el colchón."

Wall Street está debilitada e inquieta, y rechaza los vagos y lacónicos intentos de seducción de Timothy Geithner [el secretario del Tesoro]. General Motors está al borde de la quiebra, y AIG debería estarlo. Los norteamericanos están confundidos y ansiosos. Obama admitió en su entrevista con The New York Times que Estados Unidos no está ganando la guerra en Afganistán, así como también negó (y luego subrayó en una llamada por teléfono 90 minutos después) que no es socialista.

Enfrentémoslo: hoy por hoy, el único símbolo vital del poderío norteamericano es la imagen de los esculturales brazos de Michelle Obama. Su esposo llama a la acción inmediata, pero es Michelle la que parece capaz de noquear de un golpe a Rush Limbaugh [el comentarista ultraconservador que se ha convertido en el mayor crítico de Obama], a Bernie Madoff y a todos esos cerdos corporativos que estafaron al país.

En el taxi, cuando le comenté a David Brooks lo asombrosos que eran los brazos de Michelle Obama, él me señaló que ya era hora de que se los cubriera. "Ya ha dejado en claro su postura", me dijo.

Oí la misma queja en varios lados. "Alguien debería decirle que alternara su guardarropa y que se tapara un poco más de tanto en tanto", escribió Sandra McElwaine la semana pasada en The Daily Beast .

Washington siempre ha sido un lugar donde la gente mira con suspicacia la elegancia y la abierta sexualidad. Demasiado acicalamiento indica que uno no se queda hasta la madrugada estudiando acuerdos sobre emisión de gases tóxicos.

A David Brooks no lo entusiasmó para nada el vestido sin mangas con escote en V que Michelle usó para el discurso de su marido en el Congreso, el mismo que hizo que un representante republicano le murmurara a otro al oído: "Un bombón".

David me dijo que la clase política de la ciudad podría considerar que el vestido era ostentoso. "Washington evita la sensualidad. Los burócratas de aquí prefieren los cerebros. No debería hacerse conocida por su aspecto físico". Y sacó el tema de la obsesión de los Obama con el ejercicio físico. "A veces pienso que Obama se postuló a la presidencia en gran medida para que Michelle tuviese un podio para mostrar sus bíceps."

Ya durante la campaña, entre las filas de Obama se sugería que Michelle debería dejar de usar vestidos sin mangas, porque sus músculos, sumados a su potente personalidad, la volvían intimidante.

Gracias a Dios, hizo oídos sordos a esos comentarios. Adoro el glamour del diseñador J. Crew. Combinado con sus visitas de trabajo diarias a comedores populares, escuelas de zonas necesitadas y familiares de soldados, el encanto de Michelle en medio de esta recesión es nuestra respuesta a las plumas y el lamé de Ginger Rogers.

Sus brazos y su absoluta confianza en su propia piel nos recuerdan que podemos lograrlo todo si nos lo proponemos. A diferencia de Hillary, que se irritaba por el detestado papel de primera dama, y de Laura Bush, que durante largos períodos desaparecía detrás de su función de mera anfitriona, Michelle no ha dejado de agigantarse día tras día, ampliando su trabajo para mostrarnos todo lo que puede lograrse con un corazón generoso, con confianza en uno mismo y con un cuerpo bien disciplinado. Y no me caben dudas de que también es capaz de discutir sobre emanaciones tóxicas con gracia y tranquilidad.

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