El poder K, acorralado por la patria televisiva

Por Pablo Sirvén

Los máximos referentes del medio levantan la voz

Asociarse o confrontar con el poder de turno es, para cualquier figura, como jugar con fuego. El peligro de quemarse siempre está al alcance de la mano.

Había transcurrido menos de un año desde la llegada de Carlos Menem al poder, y Bernardo Neustadt, tal vez el periodista más influyente de aquellos años, no tuvo mejor idea que involucrarse demasiado con la flamante gestión del riojano, convocando a un acto en Plaza de Mayo que dio en llamar la Plaza del Sí. Fue el viernes 6 de abril de 1990.

"No permitan que minorías que aúllan tengan la calle ganada...", justificó el conductor de Tiempo nuevo, en relación con la urgencia de movilizar a la mayor cantidad posible de adictos al nuevo orden hacia el paseo público donde se dirimen, a fuerza de cantidad de gente amuchada, las grandes causas nacionales.

La reforma del Estado, por entonces en ciernes, había generado resistencias en los ferroviarios y en la CGT liderada por Saúl Ubaldini. Rápido de reflejos, a Neustadt, que desde hacía años bregaba en sus poderosas tribunas radial y televisiva para que la Argentina se deshiciera del "Estado ineficiente", se le ocurrió la idea de armarle a Menem una suerte de 17 de octubre de sesgo furibundamente privatizador.

No le fue nada mal. "Una Plaza de Mayo llena, pero diferente", tituló al otro día La Nacion. Según las estimaciones del Gobierno, hubo una multitud de 200.000 personas (aunque los cronistas de este diario fueron mucho más cautelosos: 80.000). En rara combinación (que no sería tan rara en los años siguientes), se adhirieron el Partido Justicialista, la Ucedé y organizaciones empresariales. Se los veía muy contentos, cerca del Presidente, a Gerardo Sofovich (otro de los mentores de la movilización), Luis Barrionuevo, Antonio Cafiero y Daniel Scioli, entre otros varios nombres que aún hoy, casi veinte años después, siguen gozando de predicamento, aunque con líneas discursivas un tanto diferentes.

No conforme con ese inusual logro (Neustadt, además de influencia, demostró en esa ocasión que tenía gran poder de movilización), el periodista brindó en cámaras cuando el presidente Menem logró su reelección en 1995 y hasta, insólitamente, lo dejó al cuidado de su programa cuando debió entrar al quirófano para una intervención quirúrgica. Neustadt había cruzado una línea peligrosa al intimar tanto con el habitante principal de la Casa Rosada en ese entonces, y su estrella se fue apagando paulatinamente hasta quedar corrido hacia los márgenes de una profesión que había sabido tenerlo como jugador fundamental. Cuánto tuvieron que ver en su ocaso estos coqueteos con el poder es difícil de medir.

Las figuras que se involucran demasiado con el poder primero son intensamente iluminadas por éste, pero tarde o temprano, inevitablemente, terminan quemándose cuando ese poder cede y, en una típica jugada argentina, viene el revanchismo de un nuevo orden de signo contrario, dispuesto a demoler todo lo anterior. Así le pasó, por ejemplo, a la gran estrella del cine argentino Zully Moreno, que entró en imparable declive cuando su gran amiga y protectora, Eva Perón, murió y, ni que decir, después de 1955.

Igual indiferencia padecieron Pinky y Cacho Fontana tras conducir el especial Las 24 horas de las Malvinas, por ATC, en 1982, cuando la Argentina estaba en plena guerra con Gran Bretaña tras recuperar a la fuerza el archipiélago.

También disputar espacios, como en una suerte de pulseada con la alta política del momento, es un gasto de energía que, por lo general, puede conducir a innecesarios barquinazos y deterioro de la propia imagen. En el clímax de su sobreexposición pública, el no ingeniero Juan Carlos Blumberg logró la adhesión de más de 150.000 personas que llenaron la Plaza del Congreso, en abril de 2004, con la consigna de protestar contra la inseguridad, por ese entonces sacudida por una seguidilla de secuestros extorsivos. Con el tiempo, sus esfuerzos se diluirían por el camino, más allá de dejar alguna huella en el Código Penal.

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Se equivocan los obsecuentes personeros del Gobierno en las maneras de intentar repeler el fuerte embate mediático, entre espontáneo y coordinado, de Susana Giménez, Mirtha Legrand y Marcelo Tinelli. Podrán no haber ganado una elección siquiera en un club de fomento, como dijo con diminuta ironía el titular de la bancada oficialista en el Senado, Miguel Angel Pichetto, pero no hace falta demostrar, porque está a la vista, que los tres son personajes sumamente convocantes, sostenidos en el tiempo por la mirada de públicos masivos y heterogéneos.

A su vez, estas figuras deben ser cuidadosas cuando se meten por esos resbaladizos caminos de cornisa. Tienen que saber hasta dónde pueden tensar la cuerda para no reiterarse ni entrar (como se está viendo en estos días) en discusiones inútiles y repetidas con los deslenguados denostadores oficialistas. De lo contrario, podrían llegar rápidamente a desperfilarse, salirse del eje que los ha mantenido vigentes durante tanto tiempo, y se malquistarían con parte del público al perder equidistancia y opacar cierta alegría que se les demanda como principales entretenedores televisivos.

Las dos divas no son un invento de la última dictadura militar ni estuvieron tan cerca de ningún personero de ese régimen. Ambas, especialmente Mirtha (desde 1941), contaban con aquilatadas trayectorias a prueba de cambios institucionales desde mucho tiempo antes. No dependieron de padrinazgos políticos para volverse célebres. Tinelli tenía 16 años cuando el Proceso de Reorganización Nacional irrumpió tan trágicamente en la historia contemporánea argentina. Pero ya un año antes, bien adolescente, había comenzado a hacer trabajos menores para el relator de fútbol José María Muñoz, en Radio Rivadavia.

Ninguno de los tres, en efecto, ha ganado ninguna elección porque nunca han presentado candidatura alguna, pero su indiscutible vigencia viene avalada por pergaminos difíciles de superar y constantemente puestos a prueba con altísima exposición: Legrand es la conductora con mayor permanencia en la pantalla local (desde hace 41 años); Giménez es la mujer que ha logrado más audiencia en la historia de la TV argentina desde 1987 con su programa de shows y entretenimientos, en tanto que Tinelli es el único caso, desde que se fundó la TV argentina, que durante veinte años ininterrumpidos ha logrado el milagro de ser uno de los habitantes habituales de la cima del rating televisivo.

Independientemente de lo que se pueda criticar de cada uno de ellos ?La Nacion los ha seguido con lupa en todos estos años y ha marcado sin concesiones tanto sus luces como sus sombras?, de lo que no cabe duda es de que si permanecen desde hace tanto tiempo en lo más alto del cielo estelar es porque han sabido desarrollar una tremenda empatía con los vastos públicos que los siguen incondicionalmente.

Esas legiones de espectadores aprecian, por ejemplo, que la diva de los almuerzos pregunte y repregunte sin concesiones; adoran la simpatía, el glamour y los graciosos despistes de la diva de los teléfonos, y disfrutan de los shows paródicos y con escandaletes (últimamente con más condimentos solidarios) que presenta tres noches por semana el hijo dilecto de Bolívar. Representan para el público, afectiva y simbólicamente, mucho más que algunos políticos que, por más bravucones que intenten parecer, son en verdad chillones cuzquitos circunstanciales que cambian de amo con suma facilidad. Pasado mañana nos habremos olvidado de sus existencias.

En cambio, hay complicidades y alianzas tácitas y afectivas entre la gente y el tipo de figuras mencionadas casi de por vida y hasta atravesando generaciones. Llevan décadas metiéndose en las casas sin pedir permiso y ya, a esta altura, son como una suerte de pariente o de vecino virtual del que no se quiere prescindir.

El vínculo se ha tornado fuerte, por no decir indestructible (y no sólo por una mera cuestión de rating: Mirtha Legrand, sin tanta audiencia, consigue igual una repercusión innegable y constante). Las actitudes y lo que dicen estos astros pesa, para bien o para mal en la conciencia de la gente, y tienen sobrados títulos para hacerlo.

Cuando Tinelli, Susana y Mirtha hablan, lo hacen desde un lugar muy elemental, para nada intelectualizado, casi intuitivamente. Utilizan las palabras justas como para que del otro lado de la pantalla miles y miles de personas piensen o digan en voz alta: "¡Tiene razón!", "¡Por fin alguien se anima a decir lo que pienso!". Se dirá, y es cierto, que se trata de una protesta que queda ahí, tan limitada como un buen fuego artificial: estruendo y vistosidad al explotar (todos nos quedamos asombrados mirando sus efectos lumínicos y coloridos), que se diluye pronto, sin dejar rastros.

Es verdad que, por momentos, pueden sonar rígidos, esquemáticos y hasta reaccionarios (en todo caso, subrayan prejuicios que también anidan en parte de la audiencia; por eso son tan bien recibidos). Sin embargo, en un país donde los funcionarios sólo hablan de "sensaciones", esconden las estadísticas, de todo lo que ocurre les echan la culpa a las "balas mediáticas" y se victimizan anunciando permanentes intentos "destituyentes", la andanada estelar y visceral del trío de figuras televisivas sirve de catarsis, libera algo de presión, alivia un poco la bronca contenida. Pero al cabo de un rato, la insatisfacción regresa porque la palabra por sí sola nunca transforma ni sana, si no media la acción.

No obstante por lo calificados que la gente se empeña en verlos como líderes de opinión, Legrand, Giménez y Tinelli deberían aplicarse a dar mayor consistencia a lo que dicen si es que piensan seguir por esta senda. Ya nos han notificado de su alarma y fastidio: ahora deben darle valor agregado a lo que expresan, si es que quieren hacer aportes responsables y valiosos, para no sumar más agitación y áspero desasosiego.

Deberían, en lo posible, esforzarse por hacer más consistentes, nutritivos y documentados a estos mensajes, no especular con la repercusión que pudiesen obtener, mesurar el tono de este tipo de incursiones y no entrar en la dinámica de confrontación de bajas calorías que propone el Gobierno.

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