El poder absoluto, versión Hollywood

Por Axel Kuschevatzky

Es interesante como, aún sin proponérselo, las películas funcionan como un acto reflexivo del estado de las cosas. Por ejemplo, en el fin de la era George W. Bush, cuatro filme norteamericanos muy diferentes retratan el abuso del poder: ‘La Duda’, ‘Batman - El Caballero de la Noche’, ‘Frost/Nixon’ y ‘Watchmen - Los Vigilantes’.

En ‘La Duda’, una monja disputa el control y liderazgo en una escuela católica en 1964 con un sacerdote reformista. Para desplazar al padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), la hermana Aloysius (Meryl Streep) siembra la percepción de que el cura podría ser un abusador de menores. Aún sin certeza real, Aloysius continua adelante con las acusaciones por que ve en Flynn un peligro mayor para su autoridad. ‘La Duda’ no es una elaboración sobre la fé, ni una relectura del funcionamiento de la iglesia, ni trata sobre la corrupción infantil, si no simplemente el retrato de una lucha generada por un personaje que cree (como pasó con el ex presidente norteamericano) que el fin justifica los medios y que la mentira es valida si el objetivo es noble. Uno podría discutir acerca de si el argumento realmente hace referencia a esta idea, pero cualquier suspicacia se agota cuando descubrimos que la obra original en la que se basa la película se estrenó en 2004 con el titulo ‘La Duda: una parábola’.

Mucho más apocalíptica y sí extremadamente religiosa, ‘Watchmen - Los Vigilantes’ presenta un personaje con poderes sobrehumanos que, aún pudiendo ver el futuro, decide dejar que sucesos aterradores sigan su curso para que ‘los pueblos aprendan’. Es decir, solo hay redención posible a través del sufrimiento pero únicamente quien posee el poder decide el castigo. No hay deseos de detener una potencial hecatombe, por que (nuevamente, el fin justifica los medios) esta va a dejar una enseñanza.

‘Batman - El Caballero de la Noche’ y ‘Frost/Nixon’ sugieren ángulos aún más inquietantes. Batman (Christian Bale), el héroe de la historia, utiliza alta tecnología para escuchar todas las conversaciones de teléfonos celulares en Ciudad Gótica y así detener al Guasón. Poco importa que el Guasón represente el caos y Batman (aún con su costado más psicotico) las fuerzas del orden; en esta ficción el encapotado es quien defiende con métodos ilegales nuestro sistema de vida. Esa forma de escucha no deja de ser demasiado cercana a la autorizada por el ‘acta patriota‘ promovida por el gobierno de George W. tras los atentados de 2001. La respuesta a Batman de su jefe de tecnología, Lucius Fox (Morgan Freeman) es más que explicita: ‘esto es demasiado poder para una sola persona’. La película hace el planteo abiertamente cuando compara al héroe y a su antagonista y se pregunta que diferencia existe entre el bien y el mal si los métodos son los mismos.

‘Frost/Nixon’ sigue los intentos de un aparentemente superficial presentador televisivo, David Frost (Michael Sheen) de entrevistar al ex presidente norteamericano Richard Nixon (Frank Langella) en 1977. Nixon, quien dimitió del poder tres años antes tras innumerables acusaciones de espiar a sus supuestos enemigos demócratas, veía en este reportaje una posibilidad de reinventar su carrera política. Frost, a final de cuentas un showman, quería llamar la atención y lograr lo que nunca había pasado: una confesión de culpabilidad. Nixon, amnistiado por su sucesor, Gerald Ford, jamás había hecho un mea culpa. Tras pagarle más de medio millón de dólares, Frost accedió a una serie de sesiones de grabación y cuando todos pensaban que no iba a pasar, en el último encuentro la discusión derivó en el punto álgido. El periodista estableció claramente lo ilícito de los actos y las pruebas que demostraban que el mandatario había impedido la investigación de la justicia.

David Frost: ¿Realmente está diciendo que el presidente puede hacer algo ilegal?

Richard Nixon: ¡Lo que digo es que cuando el presidente lo hace, eso quiere decir que no es ilegal!

David Frost:...¿perdón?

Hace unas semanas, entrevistando a Sir David Frost, le pregunté si en ese momento, cuando Nixon le respondió así, tuvo conciencia de la trascendencia histórica de los hechos. Sir David me dijo que recién ahí, con esas palabras, se dio cuenta de lo que estaba pasando. Lo que ocurría no era solo una figura caída asumiendo en su furia un pensamiento que lo arrastró al abismo, si no algo aún más terrible; la demostración de la verticalidad de un sistema incapaz de poner límites a sus lideres. Pero esta mirada de Hollywood sobre el poder norteamericano no es nueva. En la que quizás sea la mejor película política de la historia, ‘Tempestad sobre Washington’ (Advise and Consent, 1962), el presidente de los Estados Unidos entra en conflicto con el Congreso al querer imponer un secretario de estado con antecedentes complejos. Es escalofriante escuchar al personaje diciendo ‘¿Y alguien más lo sabe?’, por que a fin de cuentas lo importante no es lo incorrecto del pasado de ese hombre, si no que la verdad se haga pública.

Ojalá Barac Obama no alimente más metáforas sobre el exceso de poder, pero el problema a esta altura es que nuestra inocencia está tapada por miles de historias reales y no menos latas de celuloide.

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