"Podemos ver cómo distintas bandas de depredadores se apropian del Estado"

El historiador Luis Alberto Romero sostiene que la reconstrucción del Estado es el punto de partida para cualquier solución de la Argentina.

Por PABLO MONTANARO

Neuquén > «No es seguro que el gobierno nacional esté derrotado. El último resultado electoral generó un entusiasmo un poco bobo, fue una elección para diputados nacionales y una elección para presidente se juzga de otra manera. Y nos guste o no hasta el momento no existe una figura en la oposición que convenza o entusiasme con alguna propuesta. Me parece que el Gobierno actual plantea una alternativa muy espantosa y no es seguro que no la logren llevar adelante», señaló el historiador Luis Alberto Romero durante una entrevista con La Mañana de Neuquén.

El autor de «Breve historia contemporánea de la Argentina» estuvo en esta ciudad días atrás donde brindó la conferencia «El Estado como problema y como solución» en el marco del ciclo «Pensar la Nación en el Bicentenario» que organiza la Universidad Nacional del Comahue (UNCo).

¿El Estado representa una pieza central del problema argentino?

Exactamente, y especialmente un elemento central para entender los conflictos y desafíos del Bicentenario. Siempre dije que la Argentina tuvo un Estado potente, capaz de trazar planes y ponerlos en ejecución, y a la vez un Estado que creció entrelazado con corporaciones de intereses que lo limitaron y explotaron.

¿Cuándo ubicaría el inicio de este proceso de decadencia?

El ciclo de decadencia lleva tres décadas, diría desde el comienzo de la dictadura militar cuando se decía «achicar el Estado es agrandar la Nación». Quien más quien menos todos han contribuido a desarmar al Estado, corromper su burocracia y su ética. Durante este ciclo de decadencia, la Argentina ha visto de qué manera el Estado se desarmaba a tal punto que actualmente ya no constituye una herramienta eficaz para el desarrollo de cualquier política. Reconstruir el Estado es el punto de partida de cualquier solución para la Argentina. Suelo decir que nuestro Estado es como un auto que no tiene freno ni volante y que el acelerador se queda enganchado. Me parece que cualquier discusión hacia dónde tiene que ir la Argentina debe partir si poseemos el instrumento para ejecutar las cosas. Mucho de lo que se discute hoy en día sobre la pobreza es como el abc de un buen Estado, es decir suministrar cosas que sean para todos y ahora parece que es algo a conquistar. Por otro lado, hay una historia que me interesa mucho que es la del Estado que creció, se hizo muy potente y con capacidad para intervenir, que está situado en la década del ‘30, incluso en la época de Perón, del gobierno de Frondizi y en la etapa de Onganía; un Estado grande pero a la vez atrapado y muy condicionado por los intereses corporativos.

El gobierno de Menem y el de los Kirchner marcan, sin duda, dos situaciones de agravamiento en cuanto a la ausencia del Estado.

Sí. En ese sentido hoy encaramos una situación del estilo de privatización versus estatismo, privatización de Menem versus estatismo de Kirchner, y me parece que están mal planteadas porque es una discusión adecuada cuando nos referimos al Estado sueco, inglés o alemán. Lo que sí puedo observar son distintas bandas de depredadores que se apropian del Estado y terminan de sacarle el jugo que puede dar por la vía de prebendas. Ahí no observo grandes diferencias entre el estilo Menem y el de los Kirchner. Y se parecen bastante al estilo que tuvo la última dictadura militar que también fue un gran conjunto de depredadores que se llenaron los bolsillos ante cada situación. El deterioro del Estado más el aprovechamiento de ese deterioro por distintos grupos cada vez más específicos, y no es la oligarquía o la clase industrial sino un grupo de personas que estipulan voy a recibir tal concesión para poner, por ejemplo, tragamonedas en el país.

¿Qué puede pasar si esta situación de depredación, como la define usted, sigue avanzando?

No sé lo que puede pasar, pero me parece fundamental ponerlo en discusión. Yo mismo, en otro momento y en otro contexto, le dí mucha importancia al tema de las instituciones de la República. Pero esto es, a mi entender, muchísimo más grave, porque pensando lo que le pasó a Raúl Alfonsín con todos sus buenos propósitos de repente descubrió que no tenía con qué hacer las cosas más sencillas. Después de Alfonsín las cosas han sido mucho peor.

Pero desarmar el Estado contiene toda una intención.

El sociólogo Emile Durkheim decía que «el Estado es el lugar donde la sociedad piensa sobre sí misma». Creo que el tema del Estado debe estar primero en la agenda del Bicentenario. Cualquier cosa que se haga requiere de un Estado eficaz y capaz de pensar políticas estatales, es decir proyectos nacionales, un Estado como el que tenían los hombres del Centenario. Se trata de actuar políticamente potenciando las partes, las diferencias, los intereses, los conflictos y componerlos en una trama institucional que no puedo imaginar de otra manera que republicana. Lo que planteaba Durkheim es como una especie de circulación de ideas que envuelve al Estado y a la sociedad de la cual salen políticas que van más allá de cada gobierno. Creo que el Estado además de estar medio impotente perdió esa facultad de pensar, y esto se nota claramente a raíz de la llegada del Bicentenario donde no se ve en ningún lugar que en la Argentina se esté pensando en esos términos grandes a los que invita este hecho.

¿Faltan las grandes preguntas por los valores republicanos?

Por supuesto, las preguntas sobre un proyecto de país, si vamos a volver a ser un país industrial autárquico como plantea la gente del Plan Fénix o vamos a ser un país que va a explotar las posibilidades que le ofrece la exportación o queremos ser un país socialmente integrado. Estas preguntas faltan.

Las actuales son preguntas sobre la coyuntura. En ese sentido, sería importante el rol de los intelectuales.

Las actuales son preguntas sobre la supervivencia de la Argentina. Los intelectuales pueden pinchar un poco las cosas pero no inventar un Estado deliberativo de la sociedad si no existe. Me parece que uno de los puntos principales de la agenda del Bicentenario debería ser a mí entender la herramienta estatal.

¿Cuáles le parece que deberían ser los desafíos de la Argentina de cara al Bicentenario?

Llegar al 2011 (risas).

Un año que estará signado por las elecciones presidenciales.

Eso habla mal del país, habla de nuestros problemas, porque si estamos con tantas expectativas de lo que va a pasar en una elección presidencial quiere decir que nuestra vida es muy azarosa. Me parece, y esto es una opinión más subjetiva, que el Gobierno actual plantea una alternativa muy espantosa, no es seguro que no la logren sacar adelante. No es seguro que estén derrotados. Hubo un entusiasmo un poco bobo con el último resultado electoral, pero correspondió a una elección de diputados, no a una elección para presidente que sabemos que se juzga de otra manera. Por su parte, la oposición, si lo queremos ver de un modo optimista, se puede decir que está avanzando lentamente en la articulación y efectivamente hay cosas que indican que se avanza. Por ejemplo, en ponerse de acuerdo sobre lo que van a hacer en el Congreso. Eso es parte de un supuesto de que va a haber un espacio en el Congreso para hacer algo. En un país tan presidencialista como la Argentina, el presidente tiene que querer respetar las reglas del juego para que el Congreso tenga margen para hacer algo. Si el presidente no las quiere respetar tiene muchos mecanismos, inclusive legales. Así que me parece que hasta que no se le oponga una figura igualmente de fuerte como Kirchner nada va a modificarse.

¿Cuál le parece que podría ser esa figura?

Hoy no existe ningún aspirante. Pero uno sabe que en dos años el perfil de una figura puede cambiar mucho y lo que parecía del montón empieza a crecer. Según lo que puede leerse en los diarios esa figura sería Julio Cobos, pero a mí me cuesta entenderlo así.

Trayectoria

Hijo de José Luis Romero, uno de los más notables historiadores argentinos fallecido en 1977, Luis Alberto Romero nació hace sesenta y cinco años en la ciudad de Buenos Aires y en 1967 se graduó como profesor de Historia en la Universidad de Buenos Aires. Es investigador principal del Conicet y profesor titular de Historia Social General, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Dirige el Centro de Estudios de Historia Política, en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín. En la actualidad dirige la colección Historia y Política. Es autor, entre otros, de los libros «Breve historia contemporánea de la Argentina», «La crisis argentina. Una mirada al siglo XX» y «Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra».

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