Lo poco agrada, lo mucho enfada

Todo en el discurso del Gobernador ante la Asamblea Legislativa fue exagerado, desde el contenido del mismo hasta el marco en que se lo actuó. Una especie de espectáculo teatral montado dentro de una campana de cristal, prolijo pero aburrido.

A esta altura de la gestión, está claro que Celso Jaque se encuentra más preparado para brindar una versión contable del estado de situación de la provincia, que una visión estratégica.

La infinita enumeración de actos administrativos sin ni siquiera una debida jerarquización, fue el meollo estructural de su discurso de ayer. Acciones y promesas que al plantearse de ese modo son de imposible comunicación, más allá del grado de veracidad o no de cada uno de los supuestos logros.

Es que desde la actividad política sólo son susceptibles de comunicar los grandes lineamientos dentro de los cuales se inscribe la multitud de acciones. E incluso dentro de las mismas acciones, la jerarquización de ellas de acuerdo a la debida entidad de unas y otras, es condición sine qua non para que la gente pueda entender de qué se está hablando.

En cambio, lo que se buscó ayer -no es éste el primer gobernador que lo intenta- fue apabullar mediante el aturdimiento conceptual que produce una larguísima exposición de hechos apenas unificados por frases marketineras como "Visión Mendoza" o "Mendoza con trabajo" o "Mendoza con paz".

La prueba más irrefutable de lo que decimos es que la defensa principal del discurso por parte de los legisladores oficialistas consistió en mostrarse sorprendidos por la enumeración de tantas obras que ni ellos mismos conocían. "Por lo tanto, las obras están, lo que falló es la comunicación", dedujeron con picardía.

Sin advertir que lo que ellos no sabían, y supuestamente se enteraron por el discurso, siguen sin saberlo los mendocinos que difícilmente puedan haber retenido algo de lo expresado ayer. Es que el problema no es la mala comunicación, sino que no se tiene claro qué comunicar. Por eso se busca comunicar todo, que es algo muy similar a no comunicar nada.

El marco escenográfico que rodeó a la larga exposición del Gobernador fue casi una réplica exacta del estilo del discurso. Tal para cual. La comprobación de lo que sostenemos puede encontrarse en los aplausos proferidos durante el habla gubernamental. Efectivamente, en los poco más de 110 minutos que duró la rendición de cuentas de Jaque, la misma fue interrumpida por 68 aplausos.

En promedio, pasaban menos de dos minutos entre aplauso y aplauso. Algo muy poco, por no decir nunca visto por su exageración. Se trató de 58 aplausos de tono normal, más 6 aplausazos acompañados con exaltados ¡bravos! y !vivas!, más 4 aplausitos, ocurridos cuando hasta al propio Gobernador le daba vergüenza que lo aplaudieran por cualquier cosa y seguía hablando como si no los escuchara, intentando así acallarlos.

En la medida en que el discurso fue más bien monocorde, al no poder aplaudir los énfasis inexistentes, se aclamaba por igual la titularización de algunos celadores como las obras multimillonarias nacionales que siguen siendo promesas o cualquier supuesta concreción, lo mismo daba que fuera monumental o minúscula.

Vale decir, los aplaudidores aplaudían porque para eso están los aplaudidores, pero no contagiaban entusiasmo porque en vez de validar con sus vítores los párrafos más significativos del discurso, los consideraban a todos por igual. Una culpa que más que de los aplaudidores fue de un discurso sin las debidas priorizaciones ni lineamientos directrices.

Sin mencionar prácticamente nunca al gobierno anterior, Jaque estableció una clara diferenciación en toda su alocución entre el cuatrienio 2003-2007 y el que empezó con él hace un año y medio, donde casi todos los ejemplos que citó multiplicaban por 100, 1.000 -y a veces hasta más- las realizaciones concretas, en claro beneficio de su gestión por sobre la de su antecesor y adversario Julio Cobos.

No obstante, en algo su discurso fue un calco exacto, literal, textual de los últimos dos que pronunciara Cobos: hablamos de sus improvisaciones sobre el tema seguridad, donde ambos parecieron dos hermanitos de leche.

Es que ante la falta de respuestas efectivas frente al drama de la inseguridad, Cobos se hacía el malo y, como un Rudolph Giuliani del subdesarrollo, prometía darles con furia a los delincuentes emitiendo todas las frases más altisonantes y demagógicas que su inventiva le permitiera, para al menos demostrarle a la población que compartía sus broncas.

Lo mismo hizo ayer Celso Jaque, prometiendo poner lo que hay que poner y jurando meter presos a todos los jueces que sacan a los presos. Por un instante, al menos, Jaque y Cobos se igualaron, aunque no haya sido en lo mejor de ambos.

La última desmesura casi podría perdonarse por poética y hasta por su ingenuidad enternecedora. Desmesura que debe haberse filtrado por un exceso literario de algún escriba del discurso con delirios místicos-proféticos. Nos referimos a aquel párrafo donde el Gobernador habla del desconcierto generalizado que produjo la crisis mundial en los líderes de los países desarrollados y de los organismos multilaterales, para luego decir textualmente, en réplica menduca a tal desconcierto:

"Por eso, ya desde principios de 2008 comenzamos a tomar medidas previendo el desajuste financiero global que en aquel entonces constituía sólo el enunciado de algunos economistas". Incorporándose así Jaque a la larga lista de profetas post-profecía que, como virus contagioso, la gran crisis trajo consigo.

Finalmente, es rescatable la primera parte del discurso donde el Gobernador habló de un estilo dialoguista y de apertura a la discusión, lo que en general es así. Mérito nada menor, máxime en un gobernador que dice responder en todo a Néstor Kirchner, quien desprecia con toda su alma las saludables formalidades republicanas que en Mendoza, felizmente, siguen siendo parte de nuestra cultura política.

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