Pocas veces como ayer

Por José Claudio Escribano

Pocas veces como ayer la Argentina oficial ha estado, si es que de verdad ha estado en alguna parte, tan lejos de la civilización política y del mundo al que en otros tiempos aspiró.

Si las imágenes transmitidas por la televisión desde Washington han estimulado a los argentinos a penetrar en las profundidades de aquel fenomeno, habrá un saldo a favor con vistas al futuro. Y se dirá, como se ha dicho siempre sin mucha creatividad, que no hay partos sin dolores.

Pocas veces como ayer la Argentina oficial ha estado de manera tan patente en el destino menos indicado. Pocas veces esa Argentina ha quedado más al desnudo como consecuencia de la labor implacable, pero no necesariamente premeditada, de los medios modernos de comunicación. Medios que lo muestran todo y producen efectos colosales. Como los de poner en mayor evidencia a multitudes en todo el territorio de la República -en hogares y en lugares públicos- que se ensimismaban mirando hacia el futuro, mirando con admiración la figura espigada del primer afronorteamericano en llegar a la Casa Blanca.

¿Cuántos ciudadanos se habrán concentrado, por el contrario, en el embalsamado pasado de Cuba, con sus miserias de cárcel, silenciamiento y partido único? Si el magnífico espectáculo de la asunción de un nuevo presidente norteamericano y su discurso permitieron a los argentinos evaluar mejor el error histórico de una visita hecha a Cuba en el instante más inoportuno, de algo habrá servido el traspié. Hará más difícil que se lo vuelva a cometer en el futuro.

Pocas veces como ayer ha sido más palmaria la comprobación del canibalismo político que ha cundido desde hace tiempo en la política argentina. ¿Quién frente a un televisor no esperaba aquí que los silbidos tronaran cuando Barack Obama, ya presidente en ejercicio de los Estados Unidos, se dirigió a su antecesor, George W. Bush, a fin de acompañarlo con su mujer en una despedida de sonrisas, buenos deseos y abrazos?

Pocas oportunidades han sido más propicias para preguntarse cuántas manos se estirarán hacia las de la actual presidenta argentina, para estrecharlas - o para abrazarla - el 10 de diciembre de 2011. ¿O es que acaso no tenga interés republicano saberlo, imaginarlo al menos, con anticipación?

Pocas oportunidades como la de ayer han marcado tan a fuego la destemplanza de las palabras con las cuales el presidente electo, Néstor Kirchner, se extendió en mayo de 2003 en sentimientos hostiles hacia lo que había representado la política del ex presidente Menem, horas después de que éste declinara enfrentarlo en una segunda vuelta electoral. O marcado la equivalente gravedad de otras palabras hirientes con otros ex presidentes constitucionales. O los mensajes de injuria, que cruzan ahora por doquier la política nacional, como parte de una metodología extendida que por momentos parece degradarlo todo ("No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz", Fragmentos de un evangelio apócrifo, Jorge Luis Borges.)

Pocas veces como ayer un discurso de asunción presidencial fue más mesurado y habilitado para descalificar, por la simple vía del cotejo, las desmesuras de la vida pública argentina. Mientras aquí un presidente electo se solazaba en 2003 con la claudicación de aquel a quien él mismo había respaldado en 1989 y vuelto a respaldar en 1995, allá el presidente Obama agradecía ayer la generosidad y cooperación en la transición de un presidente de otro partido y que se retiraba con una de las notas más bajas en popularidad en la historia de los Estados Unidos y de la política mundial contemporánea.

Pocas veces como ayer hubo tantas razones aunadas para que los argentinos comiencen alguna vez a reflexionar sobre si están realmente conformes con su papel de constituir una de las sociedades del orbe más desafectas con lo que representan los Estados Unidos. Hace mucho tiempo que las encuestas de opinión son coincidentes en ese punto.

¿Nada ha de decirnos lo de ayer? ¿Tanto mejores somos? Acontecimientos como el de las últimas horas invitan a preguntarse si no es aquélla, acaso, la misma sensibilidad arrogante y díscola que a veces explota en otra dirección. Así es como algunas docenas de manifestantes asumen por la fuerza de los hechos desde hace más de dos años la representación nacional e interrumpen el tráfico internacional de personas y bienes con el Mercosur.

Pocas veces como ayer resultó más evidente que de nada serviría la derrota del gobierno en las próximas justas electorales si fuera sólo para producir una renovación de elencos, sin reversión de políticas y de estilos. Pocas veces una visita como la de la Presidenta a Cuba ha puesto, por eso, tan bien de relieve el anacronismo de la política oficial argentina. La contrapartida de todo esto es informarnos que lo importante que cabe esperar es un cambio de dirección acorde con un mundo que se transforma aceleradamente.

Pocas veces ha sido más lamentable un hecho de nuestra política exterior que el de esa Argentina cortejando al dinosaurio de la revolución castrista. Nunca más lucido el papel del presidente Lula, por la sola circunstancia de haberse encontrado en el lugar exacto que correspondía ayer en Washington a un gran país latinoamericano.

Lula se permitió, según informaciones periodísticas, hasta la originalidad de invitar a pescar en Brasil al ex presidente norteamericano. Debía estar bastante seguro de lo que hacía y pensaba, por lo menos respecto de las derivaciones sobre su relación con Evo Morales y Hugo Chávez, que se empeñan en someter a Bush a un tribunal penal internacional. Justo ellos, alcanzados de manera implícita por el mensaje de Obama, cuando afirmó que van por el camino malo de la historia los que silencian las disidencias.

Pocas veces un espectáculo televisivo seguido por extraordinarias audiencias abrió la posibilidad de pensar sobre qué significa para una nación la preservación de sus tradiciones, la memoria de quienes la hicieron posible, el respeto por quienes dieron la vida por ella. Y, para que nada faltara, Obama advirtió que la grandeza no es un regalo, sino la conquista a la que precede un historial de sacrificios.

Pocas veces una ceremonia oficial ha suscitado tantas esperanzas. Pocas veces un líder político ha llegado al poder sobre una ola de tantas voluntades dispuestas en el mundo a desearle los mayores éxitos y suerte en la voluntad de procurar la unidad de propósitos por sobre el conflicto y la discordia.

Pocas veces la desmesura, la ausencia de calma interior y la tendencia a desunir han quedado más señaladas como sesgos por neutralizar en la complejidad de la naturaleza humana. Pocas veces la tolerancia ha sido más exaltada como un valor que cuadra a todos cultivar.

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