Pobrezas del conurbano

Por Juan J. Llach

Tierrra de paradojas y contrastes, el conurbano bonaerense, y en especial sus amplias y densas zonas pobres, que esperan respuestas que llegan tarde o nunca. Muy malo, porque encontrar soluciones estables para el Gran Buenos Aires profundo es clave para soñar una Argentina mejor.

Sabido es el papel crucial de las migraciones internas y externas en el crecimiento del GBA, movidas, según las épocas, por su imán irresistible o por las magras oportunidades de los migrantes en sus terruños. Como la ciudad a la que abraza, el GBA nació como residencia de trabajadores, solaz de porteños acomodados -las célebres quintas- y cuna de la agroindustria argentina moderna, como los frigoríficos y las curtiembres, desde Avellaneda hasta el Gran La Plata, en tiempos de la integración agroganadera de la Argentina al mundo.

Al mismo tiempo, la crisis de las manufacturas artesanales del interior y una muy desigual distribución de la tierra empujaban a más y más gente al GBA. La crisis del 30 abre el segundo ciclo poblacional, con cientos de miles de migrantes desde tierras ahora menos productivas y dando paso a un rápido crecimiento industrial, amparado por el nuevo modelo de economía cerrada y sustitución de importaciones.

Estas tendencias se acentúan desde la Segunda Guerra, además, porque el proteccionismo agroalimentario de los países desarrollados acentúa el perfil expulsor del agro. También en el interior se afianza en esa época un desarrollo agroindustrial y manufacturero orientado al mercado interno.

La demografía empezó a cambiar. Casi imperceptiblemente, la población de la ciudad de Buenos Aires se estabilizó, desde 1947, en torno a los tres millones de habitantes. Los partidos del conurbano siguieron creciendo, pero a tasas cada vez menores y, quizá para sorpresa de muchos, su máxima participación en la población total del país llegó hacia 1970 (24,4%). Para 2010, la proyección es de 23,6%.

Conjugando ambas tendencias, el conjunto del GBA "tradicional" perdió participación en la población total, desde el máximo de 34,9% en 1970 a un 31,2% previsto para 2010. Es cierto que, paralelamente, ha surgido una cuarta región del GBA, tan heterogénea como el resto, en Escobar, Marcos Paz, Pilar, Presidente Perón, Rodríguez y San Vicente, cuya población seguirá creciendo mucho en las próximas décadas. Esto ocurre en casi todas las grandes áreas metropolitanas del orbe, a las que la gente emigra porque encuentra allí beneficios propios de la aglomeración y ausentes en su lugar de origen. El encarecimiento de la tierra en las zonas más centrales lleva a los migrantes recientes a irse a zonas más alejadas y baratas, pero con grandes costos de transporte.

No obstante, las tendencias de mayor equilibrio económico y social entre el GBA y el interior pueden acentuarse en el futuro. Si, como puede esperarse, el desarrollo de Asia y de los países emergentes remonta con vigor después de la terrible crisis en curso, y si quienes diseñan las políticas internas no cometen errores tan gruesos como en lo que va del siglo, al interior de la Argentina se le seguirán abriendo caminos, mejores que nunca. Para el GBA es una buena noticia, porque disminuirá o incluso se anulará su descontrolado crecimiento demográfico. Pero no bastará para resolver sus problemas.

El largo e irresuelto conflicto entre el agro y la industria se expresa también geográficamente. Por un lado, el interior y, por el otro, el GBA y ciudades como Córdoba o San Nicolás-Villa Constitución.

Soluciones estables para los problemas del conurbano parecen imposibles fuera de una estrategia de desarrollo y empleo que incluya una industria competitiva. Si bien la apertura de la década del 90, con una moneda apreciada, permitió una modernización significativa de algunas industrias, fue para otras tan exigente que resultó en desindustrialización desmedida. Hoy predominan la construcción, el comercio y los servicios, en buena medida, para su propia demanda, sobre todo, de las zonas más ricas. El resto es objeto de asistencias sociales muchas veces clientelistas y denigrantes, y sufre la proliferación del juego sin límite ni control o, peor aún, del narcotráfico.

Esto hace que proliferen amplios y densos bolsones de pobreza, o de miseria. El modelo económico que se sigue desde principios de siglo no ha dado en la tecla. Primero, por una excesiva extracción de rentas del interior que, si no se modifica, puede dar lugar a nuevas oleadas migratorias hacia las villas y barriadas pobres del GBA, Rosario u otras grandes ciudades. Por otro lado, las rentas apropiadas por el gobierno central y repartidas generalmente según criterios electorales sólo en menor medida compensan la exacción de que es objeto el GBA, especialmente desde la ley de coparticipación de 1988 y a pesar de su parcial corrección por el famoso fondo del conurbano. Es crucial que el agro y la industria, el GBA y el interior armonicen posiciones para crecer juntos y superar los círculos viciosos de la pobreza y el clientelismo.

Hay carencia de rumbo, y valiosas propuestas de planeamiento estratégico, como los de la Fundación Metropolitana o la Subsecretaría de Urbanismo y Vivienda de la provincia de Buenos Aires (2007) están aún muy lejos de ser políticas de Estado. Tampoco tienen operatividad suficiente los organismos de coordinación de la Nación, la provincia y la ciudad de Buenos Aires. El caso de los transportes es más que evidente. Debería darse prioridad a proyectos como el del Transmilenio de Bogotá, que ahorra millones de horas/año a los habitantes de sus periferias más lejanas. En todo este marco, y por la insuficiencia de recursos, no rinden todos los frutos que podrían valiosas gestiones municipales, como las de Morón y San Martín. El desafío es nada más y nada menos que dar plena expresión territorial a la democracia. Pero el signo más elocuente del desamparo de los más pobres del conurbano y de la escasa voluntad orgánica de brindarles soluciones de fondo es el de su segregación o aun discriminación educativa. Las escuelas a las que asisten los que más lo necesitan son de mucho menor calidad.

La infraestructura física de las escuelas de gestión estatal de José C. Paz es, en promedio, 30% inferior a las de Vicente López, distante poco más de 20 kilómetros. Es sólo una de las infinitas, hirientes desigualdades del conurbano. Pero es la que más duele, porque mientras no se corrija cierra caminos y esperanzas a los más necesitados, y también limita las posibilidades de crear cientos de miles de empleos de calidad necesarios en industrias o servicios.

Muchas veces me preguntan si hay políticos que hacen esto a propósito, para contar con clientelas eternamente necesitadas de sus favores, que compran votos. Me resisto a creerlo, pero sí es cierto que desde hace mucho tiempo no surgen los liderazgos con poder y convicción para dar la absoluta prioridad que debería tener la educación, clave central del combate a la pobreza, de la equidad y del desarrollo integral.

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