"La pobreza del INDEC no define políticas"

El encargado de la cuestionada Encuesta Permanente de Hogares (EPH), de donde surgen las cifras de desempleo y pobreza, niega que haya una patota en el ente. Y desmiente las mediciones independientes que muestran el doble de pobres e indigentes.
"La línea de pobreza con la medición que nosotros hacemos no sirve demasiado para definir políticas públicas", asegura el encargado de las estadísticas de pobreza e indigencia del INDEC, Claudio Comari. El psicólogo cordobés que dirige la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) reconoce que los gobernadores e intendentes, a la hora de definir políticas públicas, "no apelan al INDEC porque no les puede dar nada". Y destaca la necesidad de pensar en un índice más complejo que contemple otras variables. Comari también defiende a la conducción del organismo y sostiene que hay sospechas de manipulación en todos los entes estadísticos del mundo. "La existencia de la patota es un mito y una mentira grande como una casa", agrega el funcionario, el primero en calcular la pobreza cuando comenzaron las sospechas sobre las cifras oficiales.

–¿Cómo se explica la caída de la pobreza del primer semestre cuando se desaceleró notablemente la actividad económica?

–Acá se crearon cuatro millones de trabajos y se jubilaron tres millones de personas y eso representa una fuente permanente de ingresos para los hogares. Lo que nosotros medimos es cuántos son los ingresos de la gente y cuál es el valor de la canasta teórica.

–¿No habría que rever la utilización de la canasta?

–La metodología actual no es inocente. Se instaló en los 90 y sólo mide la capacidad adquisitiva de las personas contra una canasta teórica. En el momento en que se iba a desmontar toda la estructura estatal, se iba a destrozar la educación, destrozar la salud, toda esa parte se ocultaba porque sólo se medía cuánta plata tenía la gente en el bolsillo. Como fue tan crudo, el ajuste de los 90 se expresó en un crecimiento de la pobreza. Pero la incidencia habría sido mucho mayor si eso se hubiera mensurado.

–¿Ustedes están pensando en alguna reforma?

–En los debates académicos ya se está pensando en mediciones del bienestar mucho más complejas. Hay que medir los bienes y servicios que reciben las personas directamente de las organizaciones estatales y de ONG.

–Muchos ministros de Economía del interior reconocieron aumentos de la pobreza en sus provincias a pesar de que para ustedes cayó. ¿Cómo se explica?

–Esto no es novedoso. La línea de pobreza con la medición que nosotros hacemos no sirve demasiado para definir políticas públicas. Siempre, por lo menos, fue un uso auxiliar. Nosotros no le podemos dar estimaciones a ningún intendente porque los dominios de la estimación no lo permiten. Los indicadores dicen mucho a nivel general pero nada en particular. Entonces, finalmente, no termina siendo útil porque un intendente a la hora de definir una partida en un plan apela a su propia fuente de información y no apela al INDEC porque no le puede dar nada.

–Tal vez dejaron de ser útiles cuando comenzaron las sospechas sobre su veracidad.

–El tema es si dejaron de ser útiles o si alguna vez fueron útiles. La metodología es una pesada herencia que a mí me toca usar. Yo no calcularía la pobreza con la metodología que se adoptó en el 93. Tengo una carga pública como funcionario y la cumplo. Y hasta que no se adopte oficialmente otra metodología, yo tengo que cumplir con mi carga pública como funcionario independientemente de mi gusto y hasta de mi convicción. A mí me gustaría a cada localidad hacerle sus índices de desocupación y pobreza, pero no se puede.

–¿Eso explica que otras mediciones muestren más pobres?

–No. Eso lleva a que se banalice la discusión de la pobreza. La cantidad de gente que vive de hacer mediciones alternativas genera que todos los días tengamos valuaciones distintas y se generen valores aberrantes. El INDEC comenzó a medir la pobreza en el 93 y ese año el 2,6% eran pobres. Menos que ahora, y el 93 no era una maravilla.

–¿Y por qué el problema metodológico surge justo ahora?

–Acá hay amistades entre los mundos periodísticos y académicos. Había titulares y diarios que aparecían con la inflación oficial dos o tres días antes de que se publicara. Ahora el INDEC es un terreno de disputa política. No sólo discutimos metodologías. Algunas veces se discute otra cosa.

–¿Y eso pasa en todos lados?

–Estas situaciones atraviesan al mundo. No hay especialista con el que haya conversado que no viviese tensión con los gobiernos. Pero eso se basa en la idea de que las cifras van sueltas y si sirven o no sirven es problema de otro.

–¿En todos lados hay sospechas de manipulación?

–En todos lados está sospechado. Respecto del IPC, está la sensación generalizada en todos lados, porque se cree que la inflación es más alta de lo que es. Acá no es la primera vez que ocurre. Lo que pasa por primera vez es que el INDEC sea centro del debate de los intereses económicos y políticos del país. ¡Acá se hacen actos de la oposición!

–¿No hubo motivos suficientes como para sospechar de la manipulación de los datos? ¿Las cifras que difundían, la patota, los desplazamientos?

–Durante años, el IPC tuvo una dimensión exagerada, de manera que los bonos ajustados por CER fueran más caros. Y la patota es un mito y una mentira grande como una casa. Acá no hay patotas. Las patotas no existen en organismos públicos. Acá no hay gente a la que le hayan pegado.

–¿Y por qué se fue tanta gente en los últimos años?

–Acá se pusieron los molinetes y aparecieron un montón de renuncias. Ana Edwin (la directora) no tolera las incompatibilidades. Si sos empleado del INDEC, tenés que trabajar en el INDEC y si trabajás en dos lugares tenés que elegir. Algunos se fueron porque no soportaron la presión del gremio ATE. Pero acá no se despidió a nadie. Ha habido desplazamientos como en cualquier organismo público. Siempre se cambia el cuerpo de funcionarios.

Comentá la nota