Las playas urbanas, un desahogo para los que se quedan en la Ciudad

Las playas urbanas, un desahogo para los que se quedan en la Ciudad
La gente disfrutó de la novedad bajo un intenso calor en Núñez y en Villa Soldati y pidió que pongan más duchas. Rescataron la iniciativa y cuidaron la limpieza. Las playas estarán abiertas de martes a domingo entre las 10 y las 20.
El sol pesa sobre las sombrillas y reposeras amarillas, pero casi nadie siente una térmica que araña los 37 grados. En la playa el calor es un aliado. "Lo que más me gusta es el mar", se ríe Johnatan, de 15 años, que acaba de darse un duchazo para refrescarse y señala una laguna enrejada. Como él, ayer cientos de vecinos porteños y del conurbano se prestaron a la ilusión de contar con dos playas de arena blanca en pleno Buenos Aires.

Una está en la zona sur, en Villa Soldati, al pie de la laguna artificial del Parque Roca. La otra, en el norte, donde el Parque de los Niños ofrece la mejor vista del río abierto de la ciudad. Ayer, cada una de estas playas atrajo a un público con circunstancias muy distintas, pero que disfrutó de la arena de la misma manera. La mayor diferencia fue que los playeros del norte ya volvieron o van a irse dentro de poco de vacaciones. En cambio, para los del sur las vacaciones son un sueño inalcanzable.

"Esto es fantástico, algo raro, pero lindo -dice Mario, que descansa en la playa de Parque Roca junto a su esposa y sus dos hijos-. Lástima que la abrieron recién hoy, porque el lunes vuelvo a trabajar. Y este año no nos fuimos a ningún lado, porque está todo caro".

En Parque Roca, los que llegan en auto tienen que soplar la boquilla del control de alcoholemia. Como en la otra playa, el alcohol está totalmente prohibido. Héctor Tomás (59) y Néstor García (42) no tuvieron que pasar el control. Llegaron en el colectivo 91 desde Isidro Casanova. "Está buena la idea de la playa -alienta Tomás, mientras toma jugo de manzana-. Lo único que faltan son más árboles para protegerse del calor. O un duchador por sombrilla".

"Tendría que haber más duchas y varias pelopinchos -sugiere Ramón, un plomero de Villa Lugano afectado por un enero sin trabajo-. Pero me gusta. Y nosotros no podemos ir ni a Mar del Plata".

La gente se siente como en una ciudad balnearia. Una morocha se saca fotos contra la reja de la laguna, con la torre del Parque de la Ciudad como inusual fondo de una postal playera. Martín, de un año, hace pozos en la arena con su palita. Su mamá Geraldine, de 18, observa: "Las familias que venimos estamos cuidando mucho la playa, porque si se arruina la van sacar. Fijate cómo todo el mundo tira las cosas en los cestos de basura". Tiene razón: la arena está impecable, al igual que las canchas de beach vóley y fútbol.

En el Parque de los Niños, donde no hay ni una reposera libre, hay más duchas. Pero están lejos de la franja de arena y la gente tiene que atravesar varios metros de pasto para usarlas. Por lo menos, corre un agradable viento desde el Río de la Plata. Desde un camión con acoplado, un DJ le pone marcha a la playa, como si estuviera en un balneario de moda de la costa atlántica. Florencia, de 15 años y vecina de Saavedra, se está poniendo en clima: en menos de un mes, se va a Pinamar. "Me enteré de la playa por el noticiero y me pareció interesante -cuenta-. Hay buena música, está todo limpio y, por ahora, nadie rompió nada". Camila, su compañera de escuela, que llegó hace poco de sus vacaciones en Mar del Plata, promete: "Vamos a volver con más amigos".

"Según el ánimo, hasta podés sentir que estás en la playa -afirma Beatriz, una contadora de Villa Devoto-. Pero no es lo mismo: es una escenografía que no sé cuánto va a durar". Su amiga Silvia agrega: "Es un buen lugar para descansar. El único problema es que si venís sin auto, los colectivos te dejan lejos y hay que caminar mucho".

Cynthia, de Hurlingham, se está dando el gusto de festejar su cumpleaños número 29 en la playa. Llegó con su marido Carlos y su sobrino Marcelo, con una heladera repleta de gaseosas, empanadas y un jugo con el que ceban tererés para combatir el calor. "Nos vamos a Salta el mes que viene y esto es un anticipo de las vacaciones. La pena es tener tanta agua delante y no poder meterse", dice mirando al río, fuertemente custodiado para que nadie se bañe.

A Carmen, de 76 años, la imagen le da nostalgia: "Me acuerdo de cuando sí había playa en Buenos Aires. Yo llegué a bañarme en la Costanera Sur. Esta playa es como recuperar aquel espacio perdido. Lástima que la contaminación nos haya dejado sin río para disfrutar".

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