Los planes para blanquear las boinas

Los planes para blanquear las boinas
Dispersas entre diferentes partidos, las fuerzas provenientes del radicalismo analizan de qué manera reconstruir la unidad de la UCR y posicionarse en la escena electoral. La definición frente al kirchnerismo y la interna en la Capital.
Diáspora o sangría, cualquiera sea la definición elegida por los radicales, más erudita o más prosaica, lo concreto es que discuten sobre ella, le buscan la vuelta y trazan un mapa posible para superarla de cara a las próximas elecciones legislativas. Dispersos como quedaron entre el propio partido, la Coalición Cívica, el PRO, el grupo vinculado con el vicepresidente Julio Cobos y el Frente para la Victoria, ya no son lo que eran hasta diciembre del 2001. El espíritu de quienes se quedaron podría resumirse en una frase del cordobés Mario Negri: “A nadie le gusta que se discuta cuántos se van, sino cuántos vuelven”. Lo curioso es que la pérdida de referentes no tuvo su correlación en la cantidad de afiliados que se alejaron; el viejo padrón del ‘83 no adelgazó mucho.

Gerardo Morales, el presidente del Comité Nacional, afirma: “Ahora viene una etapa fundamental, donde deberemos recuperar la relación con cada uno de los argentinos, ya que las ideas fundadoras de la UCR tienen absoluta vigencia y el último año, signado por el conflicto irresuelto entre el Gobierno y el campo, lo ha demostrado”.

Esas aspiraciones políticas no invalidan la autocrítica que surge con fuerza de abajo hacia arriba. “El objetivo del partido es reconstruirse”, dice Fernando, un militante de la circunscripción 18ª, del barrio de Palermo. La cuestión es cómo lo lograrán y sobre todo en lo que fuera un bastión (la Capital Federal), donde se extiende la idea de que solos, los radicales no irán muy lejos. Por lo pronto, desde adentro ya se perfila un par de candidatos: el ex camarista Ricardo Gil Lavedra (quedó lejos de entrar en el Senado en 2007) y el actor Nito Artaza, cuya postulación es fogoneada por Rafael Pascual, el ex presidente de la Cámara de Diputados durante el gobierno de Fernando de la Rúa.

Los remedios que se discuten para revertir la dispersión que comenzó hace ocho años (el 17 de mayo de 2001 Elisa Carrió fundó el ARI después de alejarse del partido) pasan, entre algunas alternativas, por abrirles las puertas a los que se fueron, incluso a quien como Cobos sigue en la condición de expulsado. Negri, el presidente de la UCR en Córdoba, da una pista de lo que puede pasar: “No se debe gobernar sin partidos nacionales. El radicalismo es oposición y necesita construirse como alternativa. No debe ser xenófobo y sí una fuerza de puertas abiertas que nada tiene que ver con el kirchnerismo. Se abre un proceso de reencuentro con esos límites”.

El senador Morales va más allá del 2009: “Lo primordial para las próximas legislativas es arrebatarle la mayoría al kirchnerismo en el Congreso. Luego, para el 2011, pensaremos en una gran confluencia con la adhesión a un programa que deberemos cumplir a rajatabla”.

No será sencillo transformar lo que se declama en alianzas con otras fuerzas o regresos al partido. La estampida iniciada en el 2001 con el primer grupo que se llevó Carrió (los radicales son prolíficos en escisiones a lo largo de su historia) siguió con el sector que en la provincia de Buenos Aires lidera Margarita Stolbizer y que se alejó de la UCR cuando se postuló como candidata a gobernadora bonaerense por la Coalición Cívica en 2007, continuó con la expulsión de Cobos (de por vida) en septiembre del mismo año, cuando ya había aceptado compartir la fórmula presidencial con Cristina Fernández, y se consolidó, en menor medida, con la sangría por derecha hacia el PRO de Mauricio Macri o Recrear, la fuerza que creó (y a la que después renunció) Ricardo López Murphy.

“El radicalismo pagó la crisis del 2001 más que ningún otro partido político”, se repite Fernando. Con todo, hay militantes de la Coalición Cívica o del cobismo que continúan empadronados en la UCR porque nunca se afiliaron a otro partido ni los expulsaron, como sucedió con el vicepresidente. Será por eso –entre otras razones– que la UCR no perdió muchos afiliados pese a que sufrió un notorio declive electoral. El padrón nacional rondaría el millón de afiliados y en la ciudad de Buenos Aires, donde el radicalismo sacó menos del 2 por ciento de los votos con Cristian Caram como candidato a jefe de gobierno en 2003, la cantidad de afiliados se aproximaría a 200 mil.

Aquellos referentes que nunca se fueron, como Enrique Nosiglia (ver aparte), Jesús Rodríguez, Federico Storani, Leopoldo Moreau o el propio Pascual, adquieren visibilidad cuando se realizan homenajes (como el que se le tributó a Raúl Alfonsín en el Luna Park por los 25 años de democracia sin interrupciones) o inauguraciones (la sede porteña del Instituto de Formación Moisés Lebensohn). En los medios aparecen muy de vez en cuando, lo que indica todavía que el radicalismo necesita remontar la escarpada cuesta de su ostracismo político. En los últimos años se habló casi siempre de dos cosas: sus disputas internas y sus magras posibilidades electorales. Clara señal de su debilidad.

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