Sin plan ni sentido del tiempo

Por Beatriz Sarlo

De modo intempestivo, como es costumbre, los Kirchner desean la aprobación de su proyecto sobre medios audiovisuales. Ya se ha dicho que la nueva ley fue armada para carcomer lo más posible a un holding de medios y, de paso, permitir que capitalistas amigos de la familia gobernante se sienten a la mesa de los grandes jugadores.

No hay ley buena cuando los apellidos de los perjudicados y los beneficiarios no son ni siquiera rumores, sino certidumbres. De aprobarse el proyecto, ya se conocen los nombres propios de ganadores y perdedores.

Néstor Kirchner hace política de chiquitaje, sin proyecto para pensar más allá del corto plazo. No tiene en la cabeza alianzas sociales (que podrían ser discutidas y a las que se podrían oponer otras), sino complicidades amistosas y rencores vengativos.

También ocupa su cabeza con consignas. Y, finalmente, con el diseño de movidas políticas para subordinar y neutralizar a los dirigentes, como ya se hizo con las Abuelas y con las Madres de Plaza de Mayo.

Se cooptó a Estela de Carlotto, que, con singular sangre fría, aceptó la comparación entre el "secuestro de los goles" y el secuestro de personas, enunciado tan inverosímil que parece inventado en la oficina de su hijo Remo, militante de primera fila entre quienes sólo esperan una señal para salir a la calle con la bandera "Kirchner 2011"; se cooptó a Hebe de Bonafini, que, así como fue agresiva con todos los políticos del mundo, hace silencio con los Kirchner, mientras Felisa Miceli administra los fondos estatales que le han otorgado para la construcción de viviendas.

Los Kirchner son maestros en presentar sus propios objetivos como fines últimos que todos deberían considerar buenos. De allí pasan a considerar bueno cualquier medio que permita alcanzar esos objetivos superiores. En consecuencia, tratan como si fueran instrumentos de poca importancia incluso aquellas ideas que podrían ser, en sí mismas, un fin adecuado y reconocido por todos. Al hacerlo, esas ideas, que muchos aceptarían, se vuelven sospechosas, porque han dejado de ser fines para convertirse en medios. Un ejemplo lo ofrecen algunas de las disposiciones de la ley de medios audiovisuales.

Lo más interesante, innovador y progresista de ese proyecto es el tercio de frecuencias a disposición de las organizaciones sin fines de lucro. Pero no puede ser encarado con la justicia que merece porque viene enmarañado con artículos escritos para asegurar la concentración del poder de decisión en la esfera del Poder Ejecutivo (anunciando las miserias de un nuevo Consejo de la Magistratura en el campo audiovisual).

O sea que lo que realmente interesa (las franquicias de frecuencia para organizaciones muy diversas, como pueden serlo los grupos culturales y étnicos, religiosos y sociales) se convierte en instrumento de algo que levanta sospechas, críticas y objeciones.

El ex presidente Kirchner actúa así porque carece de una concepción global de los conflictos de intereses que existen en cualquier sociedad. El ex presidente no tiene una idea articulada para convertir su consigna distribucionista en un programa económico y social, y sin una caracterización precisa de cómo es el país no es posible hablar seriamente de un proyecto.

Hace unos días, el candidato a presidente por el Frente Amplio uruguayo decía, en el programa de televisión por cable A dos voces , que se gobierna para el corto plazo porque los políticos no confían sino en aquellas medidas cuyos frutos ellos mismos pueden comerse mientras sigan en el poder.

Si se toman por buenas las declaraciones de Pepe Mujica, Kirchner es el ejemplo más perfecto.

Se necesita alguna grandeza moral para imaginar medidas de gobierno que no beneficien directamente a quien las toma. Pero donde la grandeza está ausente la política tiene otros mecanismos para garantizar una continuidad más allá del diluvio que los gobernantes fantasean en el final de sus mandatos.

Los partidos políticos, si funcionan como deben funcionar, son precisamente esa garantía de continuidad. Sin embargo, en la Argentina de hoy estamos viviendo el complejo de Luis XV: "Después de mí, el diluvio".

No hay tiempo, salvo que se tenga todo el tiempo (reelección indefinida, alternancia entre esposos o hermanos siameses). El tiempo es la pesadilla del político menor: demasiado breve para la cosecha de lo sembrado, lo obliga, entonces, a sembrar mal, a las apuradas, con semillas de yuyos extravagantes.

La inseguridad de Kirchner sobre su futuro dentro del justicialismo y fuera de él agrava la situación. El sabe que si no rearma sus fuerzas internas los justicialistas buscarán otra dirección y que él pasará a un segundo plano o, si se resiste, será despedazado.

Pero ni aun cuando estaba en la cumbre de su popularidad se dio tiempo para pensar. Habló de "proyecto" sin tenerlo, porque desconoce la idea misma de temporalidad extendida. Creyó que el mediano plazo concluía en el cierre de cuentas del trimestre siguiente.

Este resultadismo impidió que ningún gran técnico se afianzara dentro del Gobierno. Mientras funcionó la economía, Kirchner se atuvo a una máxima cínica: hoy ganamos, mañana jugamos bien. Por eso, porque no hubo mañana, no se abrió una discusión real sobre distribución del ingreso, que, según dicen los economistas que se interesan en la cuestión, tiene un capítulo central en la reforma impositiva.

La capacidad de daño, que es un atributo propio de Kirchner, se acopla a su escasa inclinación para consultar, discutir y asimilar una visión de país. El no confía en intelectuales y técnicos que estén en condiciones de debatir acerca de esa visión.

No hay imagen más improbable que Kirchner escuchando, como Alfonsín escuchó a Carlos Nino, a Juan Carlos Portantiero y a los académicos del grupo Esmeralda. Carece de la sensibilidad de Lula da Silva, que no se propone pasar por un intelectual, pero es un estadista, y supo escuchar desde que comenzó hace tres décadas su largo camino hacia la presidencia de Brasil.

Comparado con Hugo Chávez, es notorio que Néstor Kirchner carece de su capacidad rotunda para las fórmulas que sintetizan historia y política. Tampoco fue bendecido por la fluidez oratoria del mandatario venezolano.

Chávez impresiona como orador populista antiimperialista tradicional, más allá del juicio sobre lo que diga. Es demasiado simple descalificar la oratoria de Chávez; más bien habría que pensar cuál es la tradición de esa oratoria en América latina, cuáles son allí las claves de su éxito.

Kirchner tiene un estilo rabioso. Nadie puede ser juzgado únicamente por su estilo, pero vale cuando el estilo traspasa como contenido los hechos de gobierno. La última Blitzkrieg de la Administración Federal de Ingresos Públicos en el edificio donde están Clarín y otras publicaciones del multimedios, además de las visitas a los domicilios particulares de muchos de los directores del grupo, fue desautorizada por el titular de la AFIP como "error de procedimiento".

No es indispensable que Kirchner diera personalmente una orden. El fanatismo y la obsecuencia oportunista también hacen su faena desordenada.

La carencia de una idea de tiempo es una falla quizá de las más graves. El Bicentenario subraya la importancia de los hombres que supieron que el tiempo de la política oscila entre el "ya mismo" y el futuro.

Los políticos del "ya mismo" son siempre jugadores menores. Los políticos que sólo se remiten a un futuro pueden ser intrascendentes. Aferrar la oportunidad es un reflejo indispensable, y convertir la oportunidad en la puerta del mediano plazo es evitar la irrelevancia o la derrota.

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