Pito, matraca y bombo catalán.

Un millón de culés festejó con el equipo. "Acá están las tres", fue el grito de Messi en el Camp Nou.
¡Acá están las tres! ¡Y el año que viene vamos a seguir! ¡Vamos a ganar más y vamos a seguir festejando! ¡¡Visca el Barsa y Visca Cataluña!!". El discurso, breve y contundente, mostró a un Lionel Messi distinto o al menos poco conocido en lo que suelen ser sus apariciones en público. Hay una referencia cercana, la semana pasada, en la celebración post-Liga: allí se vio a un Leo timidón... Ayer, otra vez micrófono en mano, con gorrito y bufanda blaugrana, se lo notó eufórico, exultante, orgulloso... Se lo notó hablar con la seguridad, ahora propia, de lo que ya es: el mejor jugador del mundo.

El momento de las palabras de Messi fue el punto culminante de una jornada inolvidable para el pueblo culé. "Las tres" a las que alude el Pulga son la Copa de la Liga, la Copa del Rey y la Champions League. Están siendo ofrendadas, prueba de un hito único para el fútbol español, a un Camp Nou con 95.000 personas que deliran. Los trofeos fueron entrando de a uno un ratito después de que Eidur Gudjohnsen presenciara la mayor ovación de su vida. Es que el islandés, mientras el resto de la plantilla catalana festejaba en el medio, se cargó a Messi al hombro y lo llevó a dar la vuelta olímpica por todo el perímetro del campo. Está claro que los culés de sangre aman a Pep Guardiola, a su capitán Puyol, a Xavi, a Iniesta, a Piqué por su tremendo ser catalán... Pero Leo los puede. Por eso, la ovación más grande de todas se las llevó el chiquito que se hizo gigante para meter el 2-0 al Manchester de cabeza, que salió goleador de la Champions y que lleva nada menos que 38 gritos en esta temporada histórica del Culé.

Lo que vivió el Barcelona fue un largo día de 48 horas. Porque tras el triunfo en el Olímpico y la celebración en el vestuario, los festejos se extendieron al hotel. Allí, enfundado en una camiseta oficial del Barcelona, Leo disfrutó de la celebración a la par que se prestaba cordialmente a los pedidos de fotos y autógrafos de los afortunados que estuvieron en el restaurante o en la disco del hotel, entre ellos, por caso, la modelo Naomi Campbell con su novio, un magnate ruso.

Y ayer se dio la caravana interminable. El vuelo de Roma a Barcelona fue bastante tranquilo, con la mayoría de los familiares de los jugadores que se dieron el gusto de tocar la Orejona. Pero desde las 18 de España, la temperatura fue aumentando. Esa fue la hora en que el campeón aterrizó en suelo catalán. Y desde la pista, se montaron a un bus descapotado con el que pasearon el trofeo hacia el Camp Nou. Fueron cuatro horas para desandar el camino que adornaba nada menos que un millón de personas. Pito, matraca y bombo catalán para una jornada histórica.

Comentá la nota