Pisando la manguera

Por Jorge Lanata.

La educación se vuelve municipal, burocrática, mediocre, se empobrece cuando lo que se discute es la manguera de la señora Papalardo.

¿Habrá jugado Mariano Narodowski con sus hijos? ¿O los trataría de usted a los cinco años, con un tono displicente y lejano? Y si en efecto jugó con ellos, ¿hasta qué edad lo hizo? Si tuvo hijos varones, por ejemplo, ¿dejó de jugar al fútbol con ellos a los 12? ¿O a los 8? ¿Lo siguieron obedeciendo a los 16? El secretario de Educación municipal apareció abruptamente en el conflicto de la directora del Mariano Acosta haciendo honor a su cargo: como el encargado de una educación municipal, y no como el responsable municipal de Educación. No se trata de ningún juego de palabras: la educación se vuelve municipal, burocrática, mediocre, se empobrece hasta los límites del catastro cuando lo que se discute es la manguera de la señora Papalardo. Ayer, Narodowski graznaba desde su despacho sobre el derrumbe de Occidente, la moral y la autoridad. ¿Pueden los maestros jugar con sus alumnos? ¿Hacerlo les quita autoridad? No conozco a la directora Papalardo, pero por lo poco que sé de ella no se trata de una hippie crónica que fuma marihuana frente a los chicos y pide por alguna canción que sepamos todos. Me dicen que se trata de una directora de colegio que una vez, durante un festejo, se puso a jugar con sus alumnos. El sistema educativo –me refiero a ese exitoso sistema que vemos día a día a nuestro alrededor, ¿no?– está basado en el sufrimiento: alumnos y padres que no respetan a sus maestros porque observan a diario que el Estado es el primero que les falta el respeto y que reaccionan, como el perrito de Pavlov, frente al timbre del recreo para pasarla bien. Después “hacen los deberes”, esto es: aprenden de memoria temas que casi nunca les interesan y son obligados a cumplir con la parte mas fácil del asunto: responder como robots y repetir conocimientos muertos. Cuando el conocimiento se basa en la respuesta más que en la pregunta, se parece demasiado a la religión. Hay que creer, y listo. Así, la vida educativa pasa detrás un vidrio oscuro: nos hacen creer que el respeto es hacer silencio, ponerse de pie o cortarse el pelo y que la autoridad se construye con el miedo.

Nadie va al colegio a conocer. Es una verdadera lástima, no saben lo que se pierden, no tienen idea de lo interesante, diverso y asombroso que es el mundo. Tenemos, sobre la educación, la misma visión bíblica que sobre el trabajo: es un castigo que el hombre debe soportar ante su naturaleza caída. Si alguien se divierte, no debe estar educándose. Si alguien juega, no es adulto. La vida, a cada paso, nos demuestra lo contrario; admiramos a genios que se la pasaron jugando: Mozart, Einstein, Russell, Gates, miles. Conocer es una aventura y crear también lo es. No conozco mejores aventuras que esas. La educación municipal debe suponer lo contrario: que jugar es desprolijo, revulsivo, anarquista. No creo que los maestros deban convertirse en compañeros de sus alumnos; no lo son. Tampoco sostengo aquella frasecita demagógica de que “aprenden uno del otro”. No es así. Puede suceder, pero en muy pocos casos. La mayoría de las veces es el maestro el que enseña y es lógico que así sea. Quizá Sócrates aprendiera de sus discípulos, pero era Sócrates y eran sus discípulos. Tampoco sostengo que los padres deban ser amigos de sus hijos; ése resulta el modo más moderno de no hacerse cargo de ellos. Pero en todos los casos, tanto los padres como los maestros, deben querer a los niños, no engañarlos y jugar con ellos. La autoridad se construye de ese modo y no con una visión municipal. Narodowski podría habernos dado esa lección. Pero no supo cómo hacerlo.

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