Piquetes buenos, piquetes malos

Por Beatriz Sarlo

El mundo del trabajo obrero no interesa mucho, salvo cuando un grupo de trabajadores se convierte en barrera para la circulación de vehículos en una autopista o toma una fábrica. Interesa cuando levanta obstáculos para el ejercicio de un derecho de terceros: parados en una ruta con sus carteles, los recién despedidos no dejan pasar, provocan el caos de tránsito y llevan al espacio público la furia y el caos que un despido introduce en la vida de quien ha recibido el telegrama.

Los expertos en comunicación han enseñado con infinitas repeticiones, aceptadas con alegría por los medios, que quien no está en la televisión no existe. Los que quieren existir piensan, con acierto, que no van a salir en los medios si se paran haciendo fila en la vereda o al costado de una ruta. El reclamo se cierra en un círculo de irritación que disuelve la potencial fraternidad con el que reclama. Y todos piensan que, cuando entran en colisión, son los propios derechos los que deben ser respetados en primer lugar: el despedido, su trabajo; el que va por la ruta, su libre circulación. Desgraciadamente, en el mundo real, los derechos y los intereses colisionan de modo inevitable. Si esto no fuera así, no se necesitarían ni leyes ni jueces.

Hugo Moyano, los "Gordos" y, últimamente, Juan José Zanola, de la Bancaria, que con admirable pericia condujo un hospital modelo a la bancarrota, copan la parada cuando se informa sobre sindicalismo. Razones hay a destajo: las familias consanguíneas, morganáticas o por alianza que dominan sindicatos y cadenas de farmacias acosan a los funcionarios con exigencias que serían extravagantes si no estuviéramos acostumbrados a leer sobre ellas. Ofrecen una materia espesa a la noticia de primera página. En un segundo plano, figuran organizaciones como la CTA, que todavía reclaman un reconocimiento que Kirchner no va a darles jamás, porque molestaría a quienes cortan el bacalao sin beneficiarlo con un compromiso de paz sindical en los sucesivos conflictos docentes, por ejemplo, ni con total subordinación política. Y muy en tercer plano, salvo cuando hacen algo que convoque a los medios, está "lo demás", que aparece en las noticias por los cortes de rutas o, como Kraft, ex Terrabussi, ahora, por las tomas de fábrica y las subsiguientes intervenciones policiales.

Pero vayamos un poco hacia atrás. En estos años de exaltación de la memoria, la década del setenta es recordada, oficialmente, como la de la radicalización peronista. Suena extraño, por lo menos para quienes observamos o participamos en otras radicalizaciones: la de la "nueva izquierda" y el "clasismo". En el conflicto de Kraft, una comisión interna dirigida por hombres del Partido Comunista Revolucionario y del Movimiento Socialista de los Trabajadores incita a recordar situaciones características del sindicalismo clasista de los años setenta, sobre todo de su fortaleza en los mecánicos cordobeses.

En efecto, el Smata-Córdoba fue un sindicato que dirigentes del PCR y de otros partidos de izquierda, como Vanguardia Comunista, ganaron, en las elecciones de abril de 1972, a la llamada dirección burocrática del peronista Elpidio Torres. El proceso, apoyado en delegados por sección, cuerpo de delegados y asamblea general, terminó la noche misma del golpe de Estado con la desaparición del secretario general, René Salamanca, que ya había pasado a la clandestinidad.

La democracia dentro de la fábrica y en la dirección del sindicato fue uno de los rasgos programáticos de esos años clasistas; su ethos , que no tuvo nada que ver con la guerrilla ni con el terrorismo, fue el de una épica de masas obreras movilizadas. En las famosas asambleas del estadio cubierto del Córdoba Sport, los dirigentes ponían a votación tanto las medidas de fuerza como el eventual levantamiento de un paro. Quien esto escribe, asistió a una de esas asambleas y, en el recuerdo, se destacan dos rasgos: los largos discursos articulados y argumentativos de los dirigentes, y los signos de lealtad y admiración de los obreros, convencidos de que esos sindicalistas no estaban allí para traicionarlos.

La Argentina de los años setenta tuvo dirigentes de ese temperamento. Estaba Agustín Tosco en Luz y Fuerza, de Córdoba; Alberto Piccinini había recuperado el sindicato metalúrgico de Villa Constitución ganándoselo a la dirección nacional, cuyo poder, hasta ese momento, parecía blindado. Tosco, simpatizante del Partido Comunista, era un hombre más inclinado a la moderación, incluso en aquella época flamígera. Piccinini se mantuvo independiente de los partidos de la nueva izquierda que lo apoyaron. Salamanca y los hombres de Smata eran maoístas o trotskistas.

En todos los casos, se trataba de dirigentes de origen obrero, internos de la clase que representaban, no militantes de capas medias proletarizados a fuerza de voluntarismo político y moral.

Muchos de Smata, que habían comenzado como torneros o matriceros, formaban parte de un sector altamente especializado y orgulloso de sus destrezas técnicas. Entendían la fábrica; respetaban su trabajo material; tenían ideas de cómo mejorar sus condiciones y el proceso técnico de la producción.

Frente al tradicional color peronista del sindicalismo, representaban la novedad de una metodología que tenía en su centro la democracia de base, el cuerpo de delegados y la voluntad de ser una alternativa nacional de poder ante el sindicalismo llamado "burocrático", proclive a arreglos secretos con las empresas y, en consecuencia, a la corrupción. El clasismo era democrático, aunque no lo fueran las ideas políticas de los partidos de la nueva izquierda.

Esos partidos no se inscribían en la constelación peronista ni eran "partidos armados", aunque sus programas políticos no fueran menos inviables que el de los peronistas radicalizados. Probablemente por eso al clasismo setentista del interior no se le construyó un panteón equivalente al de la juventud peronista de los mismos años. El memorioso kirchnerismo nunca lo ha mencionado. Como si el setentismo fuera aquella juventud peronista y no otras juventudes.

Y sin embargo, si vamos a las fechas, aquellos dirigentes obreros clasistas, hijos del Cordobazo, fueron contemporáneos estrictos de la "gloriosa Jotapé", como se autodenominaba en sus cantos. Sé que éste es un debate en el campo de los que fueron revolucionarios. Hoy se parece más a una arqueología que a una historia.

Pero lo que sin duda pertenece al presente es que, cuando un dirigente sindical peronista afirma hoy que los sectores de izquierda "politizan un conflicto", están poniendo al desnudo una hipocresía descomunal. Política y sindicalismo estuvieron siempre entretejidos. Moyano o Daer (que quizás siga el camino de Elpidio Torres y pierda su sindicato, dentro del que está encuadrada Kraft) politizan con alto o bajo nivel de exposición cada uno de sus movimientos. Sólo un reflejo maccartista arcaico puede separar entre politizaciones aceptables e inaceptables.

Comentá la nota