De los piquetes de la abundancia al paro forzado por la necesidad

Por SANTIAGO CHELALA

En un año se pasó de una puja por la distribución de la renta a un conflicto por el reparto de las pérdidas. Más débil, la economía no aguantará una protesta extensa. La sequía histórica agravó el impacto de la crisis sobre el campo

La economía no aguantará otro paro agropecuario. Hace casi un año, el 11 de marzo pasado, cuando el sector rural inició una protesta que se extendió por 129 días, el contexto local y mundial era radicalmente opuesto. En un marco de crisis global un nuevo conflicto podría tener graves consecuencias para la actividad económica, el empleo y obliga a redoblar los esfuerzos de parte del Gobierno y de la mesa de enlace rural para no agravar la situación.

En el discurso en que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner criticó los piquetes de la abundancia aseguró que la Argentina no recibiría los coletazos de la crisis financiera gracias a las bondades del modelo K. Existía un margen estrecho para el optimismo cuando lo peor aún estaba por venir.

En los últimos meses, el campo fue uno de los sectores más golpeados. Al temblor en los mercados que redujo el precio de los principales granos hasta en 50% desde sus máximos se sumó una sequía histórica que afectó la producción con pérdidas por u$s 5.000 millones.

No obstante, el campo enfrenta la crisis desde un mejor punto de partida en comparación a otros sectores. A modo de ejemplo, la industria comenzó a sufrir los primeros traspiés incluso antes de la crisis mundial como consecuencia de la apreciación real del tipo de cambio y el aumento de costos. Mientras que el sector servicios y el turismo se vieron afectados por la abrupta disminución del consumo interno.

Mientras el paro de 2008 fue una puja distributiva de beneficios, la actual discusión pasa por saber quién y en qué proporción se hará cargo de las pérdidas de haber invertido y sembrado creyendo que la demanda global seguiría en aumento y la tonelada de soja se mantendría por encima de los 500 dólares, o de lo contrario bajarían las retenciones.

A esta altura del año pasado las estimaciones de crecimiento rondaban el 7%, mientras que para 2009 se prevé, con algo de suerte, viento de cola y por efecto del arrastre estadístico una variación del Producto Interno Bruto (PIB) apenas positiva.

El dólar cotizaba a 3,15 pesos hace un año, y las reservas internacionales superaban los u$s 50.000 millones. Ayer el billete estadounidense cerró a $ 3,54 y con tendencia en alza por la menor oferta de divisas: las exportaciones se verán afectadas por una menor demanda externa, mayor proteccionismo mundial y menores precios de los commodities.

También la recaudación cambió su dinámica desde al año pasado. De subas interanuales de 50%, donde el aporte del campo era importante pero no vital, se pasó a un escenario fiscal de mayor estrechez, donde cada peso cuenta para cerrar el programa financiero.

El desabastecimiento disparó en el primer semestre de 2008 la inflación, un riesgo vigente pero en un marco de precios más estable. Sin embargo, más agudo sería el impacto de los cortes de ruta en el decaído nivel de actividad del interior al empujar a la ciclotímica economía argentina a una recesión evitable.

Con estos contrastes, resultará clave que el Gobierno no sólo llame al diálogo sino que se esfuerce para que las conversaciones lleguen a buen puerto. En tanto los productores rurales cargan con la responsabilidad social de medir con justicia sus necesidades para no forzar al Ejecutivo a otorgar beneficios sectoriales por la vía extorsiva.

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