La "pinosolanización" de la Presidenta

Por Fernando Laborda

Algo está muy claro tras los primeros ecos de la derrota electoral del oficialismo: el esquema de poder K está en crisis. Para asegurarse la gobernabilidad, los Kirchner deberán resignarse a compartir el poder, además de brindar señales de cambio en algunas de sus políticas y, especialmente, en su estilo de gestión.

Habrá más modificaciones en el gabinete, aunque la idea del matrimonio presidencial es que sean graduales, porque no está acostumbrado a tomar decisiones bajo presión.

Muchos hombres de la política, por el contrario, creen que el gradualismo sería un error. "Los cambios hay que hacerlos todos juntos y rápido", sostienen. Claro que esto no es sencillo. Sobre todo, cuando los Kirchner aún intentan nadar en un mar de desconcierto poselectoral y discuten a quiénes reclamarles un salvavidas para no perderse en el abismo.

En su discurso, la Presidenta amaga con girar hacia la izquierda y coquetea con Fernando Solanas ("Pino"), pese a los duros golpes que el diputado electo le asestó a su gobierno. Detrás de la idea que pretende transmitir Cristina Kirchner de que el cineasta encarna una suerte de kirchnerismo recargado o la profundización del cambio por ella soñada, se oculta la intención de captar a los diez diputados nacionales de ese sector en los meses que quedan hasta el 10 de diciembre. El intento de abrazo del oso fue rápidamente captado por Solanas.

El problema de la Presidenta es su tendencia a ver la realidad a través del prisma de las ideologías, reduciendo todo a la derecha y la izquierda. Olvidó algo tan sencillo como que los límites entre la transparencia y la corrupción no son de derecha o de izquierda. Al igual que una célebre frase de José Ortega y Gasset: "Ser de izquierdas, como ser de derechas, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil; ambas, en efecto, son formas de hemiplejia moral".

El sentido común señala que el Gobierno no podrá dejar de negociar con el peronismo no kirchnerista. Sin el apoyo electoral de dos años atrás y sin la caja que supieron controlar, la única prenda de cambio posible es el gabinete. Si los Kirchner procuran resistir, la guerra fría en el PJ no tardará en estallar. Y la historia argentina indica que cualquier crisis en el peronismo tarde o temprano se convierte en una crisis del sistema político.

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