Un pilar para el desarrollo económico

Los especialistas analizan la evolución que tuvo la inversión pública y privada durante los últimos seis años, destacan el papel que cumplió el Gobierno para apuntarla y formulan recomendaciones para garantizar que siga creciendo.
Preservar equilibrios

Por Alberto Müller *

Que la inversión es un factor central en el proceso de desarrollo económico es una de esas (pocas) verdades en las que todos los economistas parecen estar de acuerdo. Históricamente, esta cuestión fue planteada alguna vez en términos del denominado “círculo vicioso de la pobreza”: la carencia de ingreso no permite diferir consumo (esto es, generar ahorro), lo que a su vez conspira contra el crecimiento de la productividad, y por lo tanto impide el crecimiento del ingreso, ratificando la situación de pobreza.

Mucha agua ha corrido bajo el puente, luego de esta enunciación que hoy día podríamos llamar clásica. Se ha llamado la atención, sobre la no correspondencia entre crecimiento y bienestar para las mayorías: a veces, el crecimiento no se derrama (como se señaló alguna vez de Brasil), a veces, hay beneficios difundidos sin un crecimiento a tasas elevadas (Cuba). Asimismo, se ha destacado la importancia de erogar recursos en salud y educación, lo que algunos gustan denominar inversión en “capital humano”.

La relación entre el desarrollo y las variables consideradas importantes empero no es sencilla. La evidencia internacional sugiere, para un panel de 85 países entre 1980 y 2005, que 5 puntos porcentuales de inversión sobre producto se asocian a un punto porcentual de crecimiento; pero advirtamos que no hay lugar para simplificaciones, en cuestiones económicas. Así por ejemplo, la India logra tasas altas de crecimiento (6 por ciento anual) con relaciones de inversión sobre producto no muy elevadas (24 por ciento); Guinea-Bissau, con una tasa de inversión similar, exhibe un crecimiento de poco más del 2 por ciento anual.

Entonces, una inversión sostenida y eficiente es condición necesaria, pero no suficiente, para apuntalar un proceso de desarrollo con equidad. Obviamente, un tema no menor aquí es la calidad y composición de tal inversión.

La Argentina ha evidenciado, en los últimos dos años, un sostenido crecimiento de la inversión, pública y privada. En conjunto, este gasto ha alcanzado en 2008 cerca de los 24 puntos del producto, un valor históricamente alto (el mayor en los últimos 25 años, por lo menos), y respetable (aunque no muy heroico) en la comparación internacional.

Este crecimiento de la inversión explica sólo en parte las elevadas tasas de crecimiento observadas desde 2003, por cuanto éstas reflejan más que nada una recuperación, luego de una profunda depresión del período 1998-2002; pero por cierto abre perspectivas interesantes a futuro, en términos de disponibilidad de capacidad instalada. Este es un país mejor equipado, si se lo compara con el que abandonó la Convertibilidad.

En cuanto a la calidad de la inversión, señalemos que ella no se concentra excesivamente en construcción privada, como se ha alegado más de una vez. En relación al pico anterior de 1997-98, la construcción representa una proporción ligeramente menor en 2007-08, frente a la inversión en maquinaria y equipos. Por otro lado, la obra pública presupuestaria constituye hoy día una proporción mayor que antes en el total de la construcción (19 por ciento en 2007, frente a 13,5 por ciento en 1997-8). Gracias a esto, entre otras cosas, la red vial nacional se encuentra en estado razonable (aunque esto no ocurre con parte de las redes provinciales).

Destaquemos además que esta inversión ha sido financiada enteramente con recursos locales: la Argentina pasó de una posición de tomadora de capitales en la década pasada a una de desendeudamiento; se constata que disponemos de capacidad de ahorro suficiente, algo que no es novedad para quién sepa que éste no es un país pobre (aunque sí con pobreza). A ello ha contribuido el superávit fiscal corriente, que ha liberado recursos para la inversión, tanto a nivel nacional como provincial; de esta forma, la inversión pública en 2007 duplica los valores alcanzados en 1998.

Este proceso de recuperación de la inversión debe ser apuntalado, especialmente ante las complejas perspectivas que se avecinan. A tal efecto, por una parte deben preservarse los equilibrios macroeconómicos, para evitar por sobre todo la elevación de las tasas de interés por endeudamiento público, un factor que ha frenado la inversión en la Argentina durante los 25 años de estancamiento que comienzan en 1975. Toda sugerencia que apunte a reducir el superávit fiscal (por ejemplo, por eliminación de las retenciones a la exportación) implica atacar por debajo de la línea de flotación a la inversión, tanto pública como privada. Por otro lado, es menester definir un marco estratégico de mediano plazo, que contenga lineamientos de desarrollo que brinden una referencia a los decisores; algo todavía ausente. Por último, debe generarse una cultura de evaluación de proyectos en el ámbito del sector público, algo que hoy existe sólo en forma embrionaria.

* Economista Ceped-FCE-UBA.

La amenaza de un freno

Por Andrés Tavosnaska *

A pesar de las múltiples turbulencias que ha atravesado en los últimos meses la economía argentina terminó el 2008 con una tasa de crecimiento que probablemente supere el 5 o 6 por ciento. Se cerrará de esta manera un período de crecimiento de seis años, con un aumento acumulado del producto de más del 60 por ciento, lo cual lo sitúa como una de las fases de expansión más importantes que ha atravesado nuestra economía, tan sólo superado, desde la crisis del 30, por el período de oro de la industrialización sustitutiva (1964-1974, cuando el PBI creció un 72 por ciento).

El tipo de cambio competitivo generó el cambio de precios relativos que permitió crecer aprovechando la capacidad ociosa e incorporando de forma veloz a miles de personas que la Convertibilidad había expulsado del mercado de trabajo. Pero el “rebote” inicial no se agotó ahí, y frente a la presión ejercida por una demanda que continuaba creciendo y por salarios reales en plena recuperación, gran parte de los empresarios respondieron invirtiendo para ampliar la capacidad de sus plantas y mejorar la productividad.

La inversión fue en estos años uno de los componentes más dinámicos de la demanda; representó en 2007 el 22,7 por ciento del PBI, valor que lo convierte en el esfuerzo inversor más importante de las últimas tres décadas. Cabe señalar que éste se compone de niveles de inversión en construcción y en equipo durable –en relación al PBI– que superan los máximos de la Convertibilidad, al igual que ocurre con la cuantía de los aportes públicos y privados. En particular, la demanda de maquinaria y equipo se ubicó en 2007 un 40 por ciento por encima del máximo de 1998.

Sin embargo, la continuidad de este ciclo comenzó a verse amenazada desde distintos frentes. En primer lugar, una buena cantidad de inversiones se ven frenadas por la escasez de financiamiento de largo plazo a tasas razonables. Aun cuando la acumulación de ganancias extraordinarias tras la devaluación otorgó la liquidez necesaria para las inversiones de los primeros años, en un contexto de márgenes de rentabilidad más acotados la necesidad de acceso al crédito se profundiza. En segundo lugar, elementos como el lockout agropecuario de principios de año, la aceleración inflacionaria y la consecuente apreciación cambiaria contribuyeron a generar un clima de incertidumbre que lleva a que muchos empresarios no estén dispuestos a hundir grandes cantidades de capital y terminen importando bienes que podrían producirse localmente. Finalmente, el broche de oro lo puso la crisis mundial, que cambió completamente el panorama de la economía argentina para –al menos– el año próximo. La principal preocupación para 2009 ya no parece ser la capacidad de la oferta de acompañar a una demanda en constante expansión, sino cómo lograr instrumentar las medidas necesarias para que ésta no se contraiga, afectando así a la producción y al empleo. Ante este cambio de contexto la inversión se viene desacelerando, con caídas en los anuncios de nuevos planes de inversión y retrasos o cancelaciones en ciertas inversiones ya programadas.

Esta realidad a la que se enfrenta la economía argentina representa un desafío aún mayor al esperado meses atrás. Ahora la dinámica de la inversión del sector privado dependerá en gran medida del impacto de la crisis sobre los principales socios comerciales del país y de que el mercado interno continúe creciendo. En ese sentido, resultará de vital importancia el éxito que tenga la ejecución de las diversas políticas anunciadas por el Gobierno y que el salario real y las jubilaciones continúen creciendo el año entrante. De todas formas, el menor ritmo de la inversión privada podría ser compensado, al menos parcialmente, por la aceleración de la obra pública, que resulta fundamental para proveer la infraestructura básica para el crecimiento.

Además de recrear un clima de mayor certidumbre y proveer estímulos a la demanda, es necesario redoblar la apuesta y avanzar en la creación de una banca de desarrollo. Esta resulta fundamental no sólo para otorgar créditos con las condiciones que la inversión productiva requiere, sino como un instrumento mediante el cual el Estado pueda influir sobre su orientación. Si bien hasta ahora ha sido el mercado el que asignó los recursos disponibles, emprender un camino de desarrollo industrial requiere de un Estado activo que cuente con las herramientas necesarias para fomentar los sectores que considere estratégicos en pos de lograr este objetivo.

* Miembro de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA).

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