Piel de cordero

Por J. Licitra.

Una semana atrás, la ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con una imagen revulsiva.

Una semana atrás, la ciudad de Buenos Aires amaneció empapelada con una imagen revulsiva. Una infinidad de afiches, emplazados en los exhibidores oficiales de publicidad, mostraban, y aún muestran, a un feto de cinco meses en un charco de sangre, acompañado por la consigna "Aborto = Genocidio". Si bien es una pérdida de tiempo emprenderla con la salud mental de los grupos de choque católicos –en este caso, se trata de la asociación Demos + Vida; esa clase de entes que no tienen teléfono o página web; de inscripción legal ni hablemos–, la cuestión cobra sentido cuando meten sus panfletos en el espacio público: un territorio que –vale la perogrullada– diariamente es transitado por menores de edad y que –vale la segunda obviedad– en teoría es controlado por el Estado.

Hay leyes, se supone, encargadas de regular este tipo de propagandas (y todas las otras también). Y hay una dependencia gubernamental, también se supone, responsable de hacer valer estas leyes. Se trata del Ministerio de Ambiente y Espacio Público del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, una delegación que este año ganó las portadas de los diarios gracias al particular funcionamiento de su Unidad de Control de Espacio Público (UCEP): una cuadrilla formada por cuarenta empleados municipales y ex barrabravas que, puesta para retirar carteles en infracción, hizo una lectura personalísima del concepto de "limpieza urbana" y terminó patoteando indigentes en las calles. El escándalo y las denuncias fueron tales que la UCEP fue desactivada y en su lugar llegó otra repartición para ocuparse del asunto.

No hay grandes cambios. Al momento de cerrarse este artículo –lunes 28 de diciembre–, las carteleras con los fetos –cuya imagen no se reproduce por motivos obvios– llevaban siete días en la vía pública, ofreciendo en algunos casos un cuadro de situación explícito: un afiche, por ejemplo, estaba emplazado a veinte metros de la parroquia San José de Flores, un edificio que integra una institución –la Iglesia católica– que ha presionado con éxito al gobierno de Mauricio Macri para que restrinja la aplicación de la Ley de Educación Sexual Integral en las escuelas –hasta el momento, el presupuesto destinado a educación sexual fue ejecutado sólo en un 5 por ciento– y para que los hospitales –aunque existe una ley que lo establece– no tengan suficientes preservativos gratuitos para entregarles a sus pacientes.

Por este tipo de ausencias –falta de educación y de profilaxis– hoy hay 500 mil argentinas que anualmente llegan a la situación límite de tener que practicarse un aborto –algunas de ellas mueren en el camino– y que dejan en el mercado negro –como anunció Crítica de la Argentina un mes atrás– 1.000 millones de pesos por año, casi un 3.000 por ciento más que la inversión estatal en educación sexual y procreación responsable. Frente a esto, la política oficial más sólida consiste en avalar, por impericia u omisión, la profusión de golpes bajos y para todo público, y en rendir cuentas a una institución –la Iglesia católica– cuya máxima figura porteña, el cardenal Jorge Bergoglio, el pasado 25 de diciembre se refirió al aborto –y al matrimonio gay, ya que estamos– como una "oscuridad existencial" que debe dejarse iluminar por la luz "mansa" de Dios.

Cabe preguntarse a qué se refiere Bergoglio con "mansa". En Estados Unidos, por caso, la asociación católica The Grantham Collection decidió emprender su propaganda antiabortista de una inaudita manera: tomó fragmentos de fetos de entre 6 y 12 semanas y los organizó en torno a una estética que les daba una significancia vital; una mano haciendo el signo de la paz, un pie sobre una moneda de un peso. Las medidas reales de esas partes, a juzgar por las escalas, eran milimétricas; de ahí que lo vomitivo de la propaganda no fuera tanto lo que podía verse como lo que podía intuirse: antes de tomar las fotos, esa gente se había dedicado al origami.

No queda claro qué tipo de luz iluminó a esos corderos, ni qué clase de lamparita pende sobre la asociación Demos + Vida. Pero sí está claro que ni esa campaña ni estos afiches tendrían razón de ser si las mujeres supieran cuidarse de un embarazo no deseado o si, ante el hecho consumado, pudieran tomar misoprostol: un medicamento avalado por la Organización Mundial de la Salud que permite interrumpir una gestación en el curso de los tres primeros meses, y hacerlo de una forma segura, privada y libre de cualquier cámara puesta en el nombre de Dios.

La imagen horrorosa que hoy puebla las calles no existiría, en síntesis, si hubiera una política pública libre de obsecuencias religiosas. Pero termina 2009 y, una vez más, sigue sin aprobarse una ley de despenalización del aborto.

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