Pescadores de río revuelto

Es doloroso que se utilicen tragedias para lucrar políticamente. Ayer,apenas se conoció el drama de Tartagal, el diputado porteño Miguel Bonasso y Greenpeace no vacilaron en utilizar la catástrofe para llevar agua a sus propios molinos. La multinacional ecologista aprovechó para sacar un comunicado, acompañado de fotos satelitales, que se enmarca en su campaña de recaudación de fondos. Bonasso realizó su propio aporte con un artículo en el diario Crítica.
Ambos actúan en equipo. Greenpeace fue el autor del texto del proyecto original de la Ley de Bosques, que presentó Bonasso y que el Congreso modificó por completo por las inconsistencias que contenía. La hipótesis del legislador porteño es que la extracción de leña en las laderas de los cerros favorece los aludes.

Aporta como presunta prueba fotos tomadas por Greenpeace, la organización que fue capaz de colocar a un ternero el collar destinado a un yaguareté, para engañar al satélite y a sus aportantes. La audacia de Bonasso es la de quien habla de lo que no sabe. Sostiene que las quemazones de leña "envían a la atmósfera gases contaminantes cinco veces superiores a los industriales".

¿Puede compararse cualquier humareda, en cualquier bosque nativo, con las de las ciudades del mundo industrializado, incluida el área metropolitana donde vive?

La ignorancia de Bonasso va de la mano de una cultura política, a la que pertenece probablemente sin saberlo, empeñada en ignorar la realidad. En su artículo vuelve a hablar de la "sojización" del país para referirse al desarrollo agropecuario. Y lo curioso es que vincula la catástrofe de Tartagal con aquella presunta sojización, aunque antes hablaba de desmontes en las laderas de los cerros, en donde a nadie se le ocurriría sembrar. También denuncia un "modelo económico de concentración" e invoca a "los olvidados de siempre". "Hay un sector de nuestra población que está absolutamente desprotegido: las comunidades campesinas, los wichís", dice, sin percatarse que el alud tartagalense afectó al área urbana.

Es necesario dejar dos cosas en claro: Greenpeace no es una entidad científica. Es una organización con fines de lucro. Y, por otro, Miguel Bonasso es un oportunista. Peor aún: su deriva política y su necesidad de encontrar un lugar al sol lo han llevado a convertirse en un provocador. Un francotirador de tiempo completo, con agudo olfato político, que desde los setenta prueba suerte en sucesivas tiendas.

Hoy, después de un fugaz paso por el kirchnerismo, otea el horizonte en busca de mejores climas. Mientras tanto, ha convertido en fuente de ingresos una suerte de "especialización" en temas ambientales, por llamarla de alguna manera, en donde su solidez científica se muestra inversamente proporcional a su ambición política.

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