La pesadilla

El autor del homicidio de Stéfano Bergamaschi es un menor de 17 años que tiene otras tres muertes en su haber. La jueza Silvina Darmandrail podría haberlo condenado en 2008, pero se le vencieron los términos en un descuido. Galería de malos sueños para la comunidad marplatense, que no ve más que horrores.
Las pesadillas rotan 180º según quién sea el que las padece. Para una familia cualquiera, la peor pesadilla es estar festejando el cumpleaños de unos mellizos pequeños en la casa, reunir a una veintena de parientes y amigos, y que cuando salgan los últimos invitados sean casi atropellados por la tromba de dos jóvenes que entran a los tiros a la vivienda. En un momento nadie entiende nada, nadie llega a ver, nadie atina siquiera a reaccionar para entender qué es lo que está pasando, cuando apenas estaban abrigando a los más chicos o recogiendo los juguetes, en una helada madrugada de julio.

Esa fue la pesadilla de los Bergamaschi, que estaban en la casa de Claudio, padre de la víctima, cuando fueron sorprendidos por la peor de las tragedias: después del asalto, el joven Stéfano, de diecisiete años, yacía en el suelo con una herida de bala que sangraba profusamente sin que nadie lograra explicarse cómo había sucedido tal cosa.

Todos se desesperaron. La ambulancia acudió, le prestó auxilio inmediato, y lo trasladó al HIGA, mientras los móviles policiales le abrían paso: todo fue inútil y falleció a las 0.40 en el hospital.

Federico Bergamaschi es tío de la víctima, y fue quien junto a la puerta se vio sorprendido por el ingreso de los maleantes. No vio caras, pero sí armas, y las identificó con bastante precisión. Dijo además qué ropa vestían estos dos jóvenes que, aseguró, "tenían pinta de raperos": buzos oscuros con capucha, pantalones caídos y amplios, una gorra de visera roja y armas automáticas. En su declaración afirmó que no podría reconocerlos, porque todo había sido muy rápido.

Él fue el que los vio desde menor distancia en el ingreso, porque al parecer le pegaron con la puerta y el testigo se cayó, por lo que comenzaron los tiros: no pidieron nada, ni se robaron nada. Llegaron a descontrolarse al punto de que no se entendía lo que gritaban. De la misma manera se fueron.

El llamado a la policía fue inmediato, y un vecino aseguró haber visto cómo salían corriendo los dos jóvenes y por qué calle lo hacían. El empleado de seguridad de una garita cercana confirmó los dichos.

Él descansa

Para el asesino, la pesadilla es otra. Es el cambio de planes, es quedarse sin el pan y sin la torta. El criminal experimentado responsable de la muerte de Stéfano Bergamaschi es apodado El Tona, y su mal sueño comenzó cuando los planes se le modificaron bruscamente. Había ido a buscar a su ex novia a la casa para pedirle ayuda, sabía que había cometido un asesinato y necesitaba respaldo para esconderse. Proviene de una familia de delincuentes que poco y nada harán para darle anonimato: ellos están en la mira de la policía por crímenes múltiples. Sus dos hermanos han muerto en hechos delictivos.

La ex novia lo vio mal, pero es una muchacha de 24 años, con tres hijos, que había vuelto a vivir con ellos y su madre después de la relación de un año con el menor. Esta vez le hizo caso: aunque no aceptó dejarlo pasar a su casa, pero sí acudió con él a un hotel alojamiento.

La pesadilla del asesino existe, y sobreviene cuando las cosas se salen de su control. Porque él había actuado como siempre, como cada una de las veces anteriores en que se había visto cercado y había huido: en su haber hay 29 detenciones y 25 fugas. Once veces fue encontrado con arma de fuego de grueso calibre, y su joven prontuario carga con tres muertos, tres anteriores a Stéfano. Es decir que la pesadilla no era, esta vez, que había matado a una persona, sino que no controlaba la situación.

Los malos momentos sobrevinieron cuando se creía resguardado junto con la mujer, pasando la noche misma del crimen en un hotel alojamiento de la ciudad que se encuentra en el camino viejo a Miramar. Pero allí fue interceptado por la fuerza policial, cuando se montó un operativo cerrojo de gran importancia a partir de la información obtenida cuando se fue en busca del menor a la llamada Villa de Mateotti o Villa 35. Dijeron testigos que El Tona estaba allí con la novia, y que siempre iban a bordo de una moto Honda Storm roja.

La llegada al sitio fue sorpresiva y organizada. Los policías fueron acompañados por una empleada que hacía las veces de encargada del lugar, e ingresaron por la puerta de servicio de la habitación, una de las que utilizan las mucamas, para así prevenir la fuga.

El menor estaba efectivamente allí. La novia declaró luego que habían pedido una picada con una gaseosa, habían hablado, y él había asegurado que cambiaría de vida para volver con la familia de ella. Habían mantenido relaciones, y ella se había bañado. Nada más.

Ante la llegada de las fuerzas de seguridad los gritos se oyeron desde fuera: "se murió el pibe, patiné, nosotros nos metimos cuando abrieron la puerta y se me abalanzó, le pegué un tiro, se disparó, los fierros se los di al Vizcacha". Eso fue lo que dijo, sin omitir que estaba allí con una campera manchada de sangre y haciendo planes para el futuro. Borrando el pasado a su antojo, como estaba acostumbrado a hacer.

Velocidad

Las fuerzas policiales fueron tras el apodado Vizcacha hacia la misma villa, y encontraron que las armas habían sido entregadas por El Tona a un tal Luis Omar Olmedo, con la frase "deshacete de esto que hay bronca", y que Olmedo, según su declaración, se limitó a entregar el material a una tía del menor acusado del asesinato.

Tal como fueron los hechos, la situación aparece ante la opinión pública con una claridad supina. Pero no todo es tan lineal, porque también está la pesadilla de todos los demás, la pesadilla de los deudos que no sólo han enterrado a su ser querido, sino que ahora tienen que ver la manera en que un delincuente precoz y reincidente saca ventaja permanente de la ineficiencia de un sistema judicial que no puede consigo mismo.

Como se indica en otra nota de este medio, el año pasado la jueza de menores Silvina Darmandrail había tenido en sus manos la causa por homicidio que involucraba al criminal reincidente, pero la había dejado prescribir. Vencidos los términos legales, El Tona andaba otra vez gozando de su permanente impunidad.

Esta vez las cosas caen en manos de la nueva jueza de garantías del juzgado Nº2, María Fernanda di Clemente, quien recorrió los hechos que se han verificado. Especificó, por ejemplo, que en el rastrillaje de un baldío sito en Dellepiane entre Mario Bravo y Carlos Calvo se encontró un bolso de mano que contenía una pistola Bersa 380 con cachas color negro, y una pistola Norinco 11.25 negra con cachas marrones. Ambas se condicen con las vainas y plomos secuestrados en el lugar del crimen.

Con todo lo expuesto y probado, apoyó la prisión preventiva para el menor, pero no avaló a la fiscalía en lo solicitado sobre la búsqueda de un supuesto cómplice del Tona, apodado "Taitai", a quien algunos habían puesto ya nombre y apellido. La jueza consideró que los datos existentes no probaban de manera alguna que el mencionado hubiera participado de los hechos, y por lo tanto no podía permitir su detención, ni el allanamiento de su vivienda en busca de pruebas. Sí ha firmado la orden para allanar la vivienda de la familia de El Tona en busca de elementos que puedan servir al esclarecimiento de la causa: los buzos oscuros, la visera roja, las municiones de las armas, teléfonos celulares o cualquier otro elemento de interés.

Pero no debería haber sido necesario. Si alguien hubiera hecho su trabajo a tiempo, si la jueza hubiera aceptado la responsabilidad de salir en los diarios por la ingrata tarea de hacer que un menor de 16 cumpla con una pena que le corresponde por los homicidios que ya ha cometido. Si tal cosa hubiera sucedido, la familia Bergamaschi no estaría recorriendo hoy la peor de las pesadillas posibles.

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