Pertenecer… tiene sus desventajas

Pertenecer… tiene sus desventajas
¿Por qué se pretende pertenecer a determinados espacios sociales cuando el pretendiente se sabe de antemano rechazado o el perteneciente comprende que acabará mal con quienes anda y quiere andar, porque éstos andan mal?
Escribe "EL CURA DELGADO" [elcuradelgado@gmail.com]

Una mujer denuncia que la Iglesia se niega a bautizar a su hijo, arguyendo -la institución- que la madre vive en pecado por no estar casada con el padre del pretendido nuevo católico.

A su turno, una pareja gay deplora la tenaz resistencia de la misma corporación a convertirlos en esposos, esgrimiendo -la Iglesia- que para constituirse en marido y mujer deben ser, los pretendidos nuevos cónyuges católicos, precisamente eso: "marido" y "mujer".

Sin desentonar en el uso de la queja ciudadana y el reclamo democrático, un joven acusa haber sido expulsado de una escuela de policía por sus reiteradas y duras críticas respecto del desempeño profesional y moral de la fuerza a la que pretendía pertenecer.

Para no ser menos (eso jamás se lo permitiría él mismo) un empleado de un medio de comunicación del gobierno, asume que éste es totalitario cuando lo pone de patitas en la calle por haber cuestionado públicamente la política minera oficial.

Y finalmente, un miembro del gabinete gubernamental dice a viva voz que sus pares son una mierda y que la cosa así no funciona, que habría que cambiar a todo el maldito equipo.

En fin…

La primera pregunta que postularé no responde a la lógica de estas personas-víctimas aún cuando admito que representan a cientos cuyo entendimiento los presume sujetos de discriminación.

No. Mi primera duda radica en los fundamentos del deseo de estas personas de incorporarse a instituciones caracterizadas por férreas normas de integración, funcionamiento interno y desenvolvimiento externo, tanto como por políticas de sostenimiento de la parte de poder que detentan que, legítimas o no, incluso legales o no, son más que evidentes ante la sociedad porque no es intención ocultarlas, aunque quizás sí disfrazarlas.

¿Por qué se pretende pertenecer -o se pertenece- a determinados espacios sociales cuando el pretendiente se sabe de antemano rechazado o el perteneciente comprende perfectamente que acabará mal con quienes anda y quiere andar, porque éstos andan mal?

La Iglesia quiere hombres y mujeres casados con hijos, o solteros sin ellos. La Policía quiere eso, policías, agentes del orden que no desordenen adentro. Los Medios de Comunicación gubernamentales quieren voceros del Gobierno, y éste quiere funcionarios que funcionen siguiendo una regla simple: yo mando, tú obedeces. Y te callas. O te vas y hablas…

¿Es tan difícil entender esto? No. Entonces habría que indagar sobre posibles segundas intenciones. Quizás sobre el incomprendido -e incomprensible- propósito de "cambiar las cosas desde adentro". Pero también, y creo que más que nada, sobre las ganas de joder, nomás.

Sólo me permitiré reconocer algo de ineluctable en el primer caso sugerido aquí, pues la gran mayoría de los riojanos recreamos en cada generación la obligatoriedad de abonarse a los sacramentos del catolicismo, porque esa es la tradición religiosa que hemos heredado. Aunque reneguemos de algunos o casi todos los miembros de la oficialidad eclesial, buscaremos los resquicios de esa estructura pétrea para sumarnos al Pueblo de Dios como Dios manda.

Aún así, sigo sin aceptar la acusación mediática de estas situaciones, al menos, en los términos de demanda reivindicativa en que es planteado el asunto.

Yendo a los otros procesos, ¿se cree realmente en la factibilidad de modificar las reglas de juego de éstas y otras instituciones añadiéndose a ellas y pugnando en su interior con espíritu tan romántico como sedicioso?

Podrá ser, quizás haya sido, en organizaciones básicas, un centro vecinal, por ejemplo, una cooperativa, hasta un sindicato. Pero el Gobierno, la Iglesia, la Policía y los Medios de Comunicación aparecen difícilmente -imposiblemente, diría yo- accesibles mínimamente a transformaciones sustanciales.

A menos, claro, que quien aspire a transformarlos asuma el poder, ya sea ganando las elecciones, siendo nombrado Papa, o comprando un pool de medios, para sí desde esos pedestales proponer o imponer metamorfosis que, aún así, serían lentas y seguramente conflictivas.

De otro modo, habrá que acomodarse a las condiciones que imperan en este concierto institucional tan antiguo como poderoso y omnipresente. O no participar, no sumarse, no asumir las instituciones como propias, siempre ajenas, siempre lejanas, siempre escandalosas o mediocres.

El slogan de una campaña publicitaria armada para vender un vino dice: Evolución es Revolución (lo dice en inglés). Y creo que de eso se trata. De revolución o de tomar vino.

Comentá la nota