El peronismo, entre la lealtad y la traición

Por Mariano Grondona

Los no peronistas nos hemos pasado la vida tratando de entender el peronismo. Los peronistas, por su parte, no han pretendido entender el peronismo; se han contentado con serlo.

Desde el no peronismo se han elaborado las más diversas teorías sobre el peronismo, que, como son de carácter intelectual, no han llegado a desentrañar su esencia, ¿Es entonces el peronismo un "sentimiento", impenetrable para todos aquellos que no lo comparten? Cuando lo definió como un "movimiento", ¿todo lo que hizo Perón fue lanzarlo a la acción, por más que ésta les pareciera contradictoria a quienes observaban desde afuera? Pero Perón no se limitó a motivar emocionalmente a quienes lo seguían. Les legó además dos principios: la lealtad y la verticalidad . Dos principios, más que políticos, "militares", porque, en medio de la batalla, lo que más necesita el jefe es la obediencia incondicional de sus subordinados. El problema es que los dos principios del peronismo no siempre han podido aplicarse simultáneamente porque, en momentos de crisis como el que ahora vivimos, chocan entre ellos.

Bien entendidas, la lealtad y la verticalidad fueron compatibles en vida de Perón porque ambas remataban en su persona. Alguna vez pudo ofrecerse la metáfora según la cual el peronismo se parecía en tiempos de Perón a la rueda de una bicicleta cuyos rayos convergen en un solo centro. Mientras vivió el caudillo, ese centro no era otro que él mismo, y esto fue posible aunque los "rayos" que en él coincidían se odiaran uno al otro como lo mostró, por ejemplo, la matanza de Ezeiza, en junio de 1973.

Después de Perón, el problema es que sus herederos se han sucedido conflictivamente. Cada vez que un Menem, un Duhalde o un Kirchner se alzaron con la jefatura que había dejado Perón, pudieron invocar cada uno a su turno el principio de la verticalidad. Pero este método planteaba un problema si se quiere moral: cuando un Menem, un Duhalde o un Kirchner veían que aquellos que los habían rodeado emigraban hacia un nuevo jefe, ¿no se sentían al mismo tiempo traicionados? La traición es el reverso de la lealtad. Por eso cada vez que los peronistas pasan de un jefe al siguiente los no peronistas, atraídos por otros valores, tienden a acudir por lo bajo a la palabra "traición". Ella no es vivida, sin embargo, del mismo modo por los peronistas ya que, justamente en función del principio de la verticalidad, éstos sienten que "donde manda capitán no manda marinero", lo cual también vale ante cada "nuevo" capitán. Gracias a la verticalidad, los peronistas cambian de jefe sin creer que cambian de bando. Este es el imponderable elemento psicológico que ha acompañado a la "traición" en el peronismo: el hecho de que, aún después de haberla cometido, sus ejecutores han dormido esa noche con la placidez de los justos. Ese ingrediente psicológico, moralmente escandaloso para los de afuera del peronismo pero políticamente saludable para los de adentro, le ha permitido al movimiento que fundó Perón subsistir nada menos que sesenta años en medio de los más furiosos vendavales.

¿"Otro" peronismo?

Después de esos sesenta años, sin embargo, el país y el peronismo ya no son los mismos. De 1945 a 1983, mientras el país vivió bajo la influencia militar, el carácter inicialmente militar del peronismo le facilitó subsistir en él. Desde 1983, de Alfonsín en adelante, el nuestro pasó a ser un país "civil". El peronismo subsistió y pudo mandar pese a ello durante diez y siete de los últimos veinticinco años. Menem y Kirchner gobernaron con ayuda de la verticalidad. Pero la democracia que lo rodeaba terminó por afectar al propio peronismo. Como consecuencia de ello ha nacido un "segundo movimiento", esta vez no vertical, republicano, en cuyo seno están floreciendo figuras como Reutemann, De Narváez, Solá y hasta el "semiperonista" Mauricio Macri. ¿Cómo evolucionará a partir de ahora ese peronismo antiguamente "vertical"? La pregunta es pertinente porque en el movimiento ahora coexisten, de un lado, el residuo verticalista que aún encarna Kirchner y, del otro, la corriente republicana cada vez más vigorosa del "peronismo poskirchnerista", que de alguna manera anticipó Antonio Cafiero cuando su corriente "renovadora" pudo ofrecerle al movimiento que él mismo integró desde joven la primera señal de auténtica democracia interna que le permitiría sustituirlo al propio Menem a partir de 1988.

Es que en estos veinticinco años de democracia no sólo el peronismo, sino también la sociedad ha cambiado. De ahí que Kirchner, cuando pretendió arrollar a sus adversarios en las elecciones del 28 de junio, al presentarse como el último vocero del verticalismo peronista recibió el "no" rotundo de un electorado cada vez más republicano. A la inversa de Perón y del propio Menem, el liderazgo que Kirchner ejerció por seis años ya no se basó en una emoción que aprobaba parte del pueblo, sino en una serie de pactos impulsados por la codicia gracias a un superávit que ya no existe. Kirchner pretendió ser vertical en una sociedad que ya no lo era y que, al no votarlo, terminó por abandonar a su suerte al antiguo verticalismo. Al agotarse de este modo el kirchnerismo, hasta los modos autoritarios del antiguo peronismo han empezado a agonizar. Los dirigentes peronistas no kirchneristas que vencieron el 28 de junio ya representan, por ello, a un flamante "peronismo republicano". En la frontera entre el kirchnerismo que decae y el poskirchnerismo que se anuncia, ¿dónde ubicaremos entonces a Daniel Scioli, a la luz de sus recientes gestos de independencia?

El dilema de Scioli

Puestos frente a esta pregunta, los escépticos creen que, pese a los gestos "poskirchneristas" que ahora está emitiendo, el gobernador de Buenos Aires ya no tiene retorno. Decían los griegos que la virtud propia del político es el kairós , esto es, la percepción del "tiempo oportuno" para una determinada acción. Es que, siendo el tiempo político por naturaleza "irregular", lo que ayer era factible hoy no lo es. Rara vez el tren pasa dos veces por el andén de la oportunidad. El político dotado de kairós es aquel que intuye cuándo puede intentar lo que hasta ayer no podía. Y bien, dicen los escépticos, Scioli dejó pasar su kairós . Su estilo pluralista y su simpatía habían permitido abrigar la esperanza de que cambiaría a tiempo y dejaría finalmente atrás al reincidente autor de sus humillaciones. Pero Scioli tiró demasiado de la cuerda de la paciencia de cara a las elecciones y al fin cayó arrastrado por ese mismo personaje al que, íntimamente, quizá detestaba. Su provincia depende financieramente tanto de Kirchner, por otra parte, que si ahora quisiera rebelarse contra su antiguo jefe, éste lo dejaría sin recursos instantáneamente.

Contra los escépticos, aún quedan optimistas que, después de coincidir con aquellos en que Scioli es la contracara de Kirchner por su carácter, por su invariable buena disposición, creen que todavía está a tiempo de saltar desde el andén. El tren que debería portarlo, es verdad, ya ha empezado a moverse pero, como su andar es todavía incipiente, a Scioli le quedan todavía algunos metros para saltar en él. El kairós es un talento innato que no se aprende en los libros. Se lo tiene o no se lo tiene. Si Scioli se atreve a saltar sobre el tren en movimiento, la evidencia de su acierto o su desacierto quedará en todo caso a cargo del tren. ¿Se animará el gobernador de Buenos Aires a aceptar el riesgo? ¿Tendrá miedo de hacerlo? Montaigne decía que "el que teme sufrir ya está sufriendo". ¿Qué es mejor entonces? ¿Sufrir por temer o sufrir por atreverse?

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