Perogrullo 2010

Es sólo cuestión de tiempo: la verdad es un sujeto implacable que no soporta que lo encierren en ningún placard.
El arribo inesperado de Gustavo Arnaldo Pulti a la Intendencia les dio a muchos vecinos la idea de que "algo nuevo" podría suceder. Como ya hemos vivido otras veces, los dos primeros años son de encantamiento con las noveles gestiones, por lo que cualquier crítica, por más sensata y razonable que sea, suele tomarse como expresión "contrera", una suerte de capricho sin otro objetivo que incomodar o molestar al poder político de turno. Dos años después, esa conducta general da un vuelco, el personaje se desgasta por su propio peso, y hasta el periodista más argumentativo pasa a ser considerado un timorato.

Esta semana se ha hecho incluso más evidente que la Intendencia GAP es la exacerbación misma del desastre en cuanto a la administración de los recursos públicos. Los vecinos de la nueva terminal han perdido su calidad de vida por los perturbadores altoparlantes, el pitido de los agentes municipales de tránsito que ordenan (¿ordenan?) el tránsito por San Juan, las peleas de los taxistas, la gente que llega o se va en medio de cortinas de agua en cada tormenta de verano. Los vecinos de Punta Mogotes, por su parte, denuncian que no se recoge la basura desde hace una semana, mientras que el secretario de Hacienda pretende justificar el alza de impuestos del 21% diciendo que los municipales de General Pueyrredon son los más caros de la Provincia (a lo que aquellos respondieron que los funcionarios comunales también lo son).

La suerte de esta comunidad en 2010 es un interrogante. Lejos de toda acción pública, la temporada es un éxito de concurrencia en materia turística, aunque nadie puede precisar con base cierta y comprobable cuánta gente llega a Mar del Plata, porque el área de estadística del EMTUR ha sido desmantelada por Pablo Fernández Abdala, así que los números son ficcionales, a ojo de buen cubero. Todos decimos "hay mucha gente". Pero ¿cuánta?; ¿cuánto gasta por día? No se sabe.

A Gustavo Arnaldo Pulti más que a nadie le interesa la plata. Siempre fue así, desde cuando se apoderaba de cospeles de teléfonos públicos en la peatonal mediante el ardid de introducir un obstáculo en el aparato para impedir que el cospel cayera en el cofre del aparato y negociarlo luego en beneficio propio.

O como cuando participó en los negocios espurios del estacionamiento medido, o en los esfuerzos por meterse en el negocio del fútbol de verano. Hoy sus obsesiones pasan por el traslado de los negocios nocturnos de Alem a la escollera norte -una operación inmobiliaria de valor millonario-, y por la utilización del cuerpo de Inspección General para apretar a los dueños de los locales, en yunta con su patrón Florencio Aldrey Iglesias.

La clausura de Bykein por supuesto exceso de público es un papelón. Se trata de uno de los locales de diversión nocturna construido a mayor conciencia en la ciudad: tiene tratamiento ignífugo completo respecto de su equipamiento eléctrico, también acústico y de materiales en barras y baños. Que se le apliquen los parámetros Cromañón a este emprendimiento no soporta ni el más mínimo debate.

Que hay negociados es un hecho, lo revela la nota de La Capital con que se buscó incomodar a los jueces que rehabilitaron conforme a derecho los locales clausurados por la Municipalidad. Es obvio que si la Justicia garantiza los derechos de los ciudadanos que actúan de acuerdo a las normas vigentes, aún en el rubro empresario, a esta entente mafiosa esa conducta proba no le cae nada bien.

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