Los perfiles y matices del republicanismo

Por: Natalio Botana

POLITÓLOGO E HISTORIADOR

El resultado electoral ha puesto de relieve dimensiones ético-institucionales, pero también se apostó a una vida más digna.

En el curso de la reciente campaña electoral prevaleció un discurso republicano que, según un buen número de observadores, cosechó las palmas del triunfo el 28 de junio. Los candidatos proponían fijar límites a los impulsos hegemónicos del Poder Ejecutivo Nacional para promover reformas necesarias con respecto a las leyes de emergencia y de manejo administrativo del presupuesto, a la composición del Consejo de la Magistratura y a la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia.Las voces en pugna con el discurso oficial adoptaron pues un carácter derogatorio: la ciudadanía tenía que decir que no en las urnas al avasallamiento del Congreso y a los principios del federalismo en cuanto al reparto equitativo de los recursos fiscales. Así se manifestó la vertiente ética e institucional de la tradición republicana: límites al poder; transparencia y responsabilidad de los actos de gobierno; virtud, en fin, de los legisladores para poner coto a la corrupción.

Estos argumentos delimitan el terreno de un primer conjunto de debates. Ignoramos, por ahora, si la actual composición del Congreso tomará a su cargo este repertorio de reformas o si habrá que esperar hasta el 10 de diciembre para que el mismo cobre vuelo. Por cierto, en ausencia de un espíritu asociativo en el palacio presidencial, con menos confrontación y más concertación, este proceso legislativo estará plagado de obstáculos. A veces se olvida que el equipamiento del Poder Ejecutivo, aún reducido a la posición de primera minoría en el Congreso, guarda todavía en reserva un arsenal de armas para quien concibe la política como un combate perpetuo. Entre ellas sobresale el veto del Presidente a las leyes dictadas por el Congreso que, como es sabido, puede ser total o parcial.Las dimensiones ético-institucionales no abarcan sin embargo todo el panorama político. Sin ir más lejos, si registramos de cerca los aprontes para los próximos debates, podemos comprobar que la política agropecuaria ligada a las retenciones a las exportaciones (aunque no exclusivamente) ocupa uno de los primeros lugares en la agenda legislativa. Una muestra más de que también están en juego otros valores complementarios vinculados a la economía, la sociedad y la distribución del ingreso.

De este último capítulo, lamentablemente, se ha hablado poco. El oficialismo se acantonó tras la defensa cerril del "modelo" (vale decir, de su propio pasado) y las oposiciones lo hicieron en el campo republicano con fuertes condimentos ligados a la cuestión agropecuaria y, en otros casos, a una defensa del patrimonio energético y minero. Lo que faltó acaso es una visión más amplia en torno a lo que antes se llamó progreso y hoy desarrollo.

Esta manera de ver las cosas es signo de un estancamiento del cual debemos salir, entre otros motivos porque uno de los rasgos más atractivos de nuestro republicanismo es aquel que inyecta en ese aparato institucional fielmente respetado, el apetito por el ascenso en términos de educación, movilidad social, crecimiento económico, inversiones y la puesta a punto de una civilización del trabajo humano.

Por estos valores se votó también el 28 de junio. Aunque sin duda se rechazaron excesos hegemónicos, hubo también en las urnas una apuesta a favor de una vida más digna en una nación hoy fracturada por la pobreza y la marginalidad. De nada valen, en este sentido, las estadísticas falsificadas y los precios ficticios. En general, la ciudadanía no se equivoca cuando percibe los bloqueos que suele armar la mala política frente a las trayectorias individuales y familiares.El proyecto del ascenso tiene por consiguiente tanta entidad como los combates que se libran en pos de la transparencia institucional. Si los primeros podrían resolverse con un puñado de reformas inmediatas, los segundos obedecen en cambio a una lógica del largo plazo que requiere acuerdos en torno a políticas de Estado. Hoy no los tenemos. Gozamos sí de una situación más aliviada que la que tuvimos en otras crisis exógenas, pero no hemos logrado aún echar las bases de algunos pactos sin los cuales no hay desarrollo posible: pactos fiscales, garantías de inversiones, apertura al mundo con resguardo de los intereses nacionales, empleo provechoso de nuestras ventajas comparativas. Todo ello bajo la sombra protectora del Estado de Derecho.

Este debería ser el horizonte deseable del Bicentenario: un horizonte que exigiría deponer el ánimo belicoso, abandonar la dialéctica amigo-enemigo y comprender que no se entiende cabalmente el ideal republicano sin la conjunción de buenas instituciones y buenas políticas públicas. Unas y otras se realimentan recíprocamente. El riesgo es que este horizonte quede nublado por unas pasiones que no atienden las razones derivadas del ejercicio de la soberanía del pueblo.Ocultas detrás del dinero, de las propagandas obsesivas y de los impactos mediáticos, las razones de la ciudadanía tienen aptitud para filtrarse a través de esa espesa capa de intereses. Aquí reside la astucia virtuosa de la democracia: tarde o temprano hace caer las máscaras. Grave sería que no supiéramos escuchar esas razones.

Quizás de esto se trate, de escuchar, Hay gritos que solo se oyen y discursos que prefiguran fugas hacia delante, tantos como el deseo de sobrevivir en el encierro, olvidando que las verdades de la democracia republicana provienen al cabo de la deliberación.

¿Sería posible echar las bases de este nuevo entendimiento? Ello tal vez exigiría trabajar con la ayuda de estas visiones de la república y del desarrollo. Dos rasgos de un mismo perfil. Que no se transformen en esas lenguas de ofidio, también divididas en dos, que ya sabemos lo que transmiten. La praxis del diálogo -lo acaba de reconocer la Presidenta- es el mejor antídoto para conjurar estos males.

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