La pequeña guerra fría de Kirchner

Por: Eduardo van der Kooy

El rumor intenso sobre las nuevas reglas para comercializar granos agregó otra dosis de tensión al conflicto con el campo. El Gobierno matiza su estrategia con mensajes blandos y aprietes. El peronismo se continúa desangrando. El ex presidente piensa en ser candidato.

Néstor Kirchner está siempre a un tris de dinamitar las negociaciones con el campo. Se tentó el miércoles pasado. Maquinaría ahora una modificación para la futura comercialización de granos. Nunca pareció, en verdad, demasiado convencido con reanudar esas negociaciones. Pero a veces escucha a Cristina, sabe de la incomodidad de ministros involucrados directamente en el conflicto y presta atención a nuevos síntomas de la adversidad.

¿Por qué razón se tentó con la ruptura? El ex presidente no toleró ver a los dirigentes del campo en el mismo escenario que la oposición. Se juntaron en el Congreso y amontonaron palos contra el Gobierno. "¿Ven lo que consiguieron?", reprochó a varios de los hombres que dialogaron con él y que aconsejaron buscarle una salida armónica al pleito. "Estamos como el año pasado", rezongó.

El episodio, de todas formas, podría estar marcando la posibilidad de un matiz en los hábitos tradicionales de los Kirchner. ¿Es así? Sería temerario asegurarlo. Existe en todo caso una zona incierta, de tonos grises, que estaría atravesando el matrimonio en este tiempo preelectoral.

Esa duda los hace todavía navegar entre ciertos gestos de conciliación para acercarse a una sociedad tensa y desconfiada o la dureza para intentar blindar la tropa que todavía responde en el peronismo. La alusión que ambos hicieron la semana pasada a los supuestos traidores del partido completaría la conducta ambivalente.

Quizás haya pasado para Kirchner la hora del látigo. Ese látigo asoma desflecado. La invocación a los traidores que antes podía provocar miedo genera ahora reacciones impensadas. Cuando habló de traidores y de aquellos que ganaron "colgados de las faldas de Cristina" apuntó a Felipe Solá. El diputado prefirió guardar silencio pero irrumpió Carlos Reutemann. El senador no participó en la batalla electoral del 2007, porque arribó a su banca en el 2003 con un mandato de seis años que recién expira en diciembre. Pero no parece existir mejor negocio político, en especial en Santa Fe, que confrontar hoy con Kirchner.

Aquel látigo surte efecto en los peronistas que todavía lo frecuentan, en los que tienen por él un respeto reverencial, en los que no pueden evitar aún la cercanía geográfica y política o en los que lo necesitan para seguir administrando. En el resto del enorme tronco peronista se va registrando un desgajamiento irremediable.

Los que lo necesitan son, en especial, gobernadores e intendentes. Daniel Scioli tiembla cuando escucha las cifras de aumentos salariales que se discuten para los docentes porque ese aumento, antes o después, se trasladará al grueso de la administración pública bonaerense.

Los intendentes del conurbano necesitan los dineros oficiales más que nadie. Pero algunos de esos dirigentes, incluso en el segundo cordón --la hipotética fortaleza kirchnerista-- se enfrentan a un dilema. Los pone allí aquel soporte económico indispensable y, a la vez, el desencanto que impera con los Kirchner en vastos sectores de esas comunidades.

Los mismos intendentes observan octubre con mucha prevención. Ignoran qué candidato en Buenos Aires podría asegurarles la victoria. Aunque dentro de esa incertidumbre logran siempre una constatación: no hay nadie en el PJ del distrito que todavía supere la declinante ponderación que tiene Kirchner. Por ese motivo se explica el deseo de varios de ellos: "Que sea Néstor. Si gana se acabarán las discusiones. Si pierde podremos pensar en otro liderazgo y en el 2011", confiesan con una dosis de crueldad y fatalismo.

Kirchner está por primera vez pensando con seriedad la chance de ser al final el candidato. Es el jefe intratable que, como en el conflicto con el campo, creería ser protagonista de alguna gesta épica. Una gesta quizás en tiempo equivocado.

Pese a todo no avanza en penumbras. Revisa los números de las encuestas que, casi siempre, se circunscriben a Buenos Aires. En ese campo se dirimirá la elección de octubre y el futuro. Los números que más interesan son los del conurbano porque en el interior bonaerense el destino habría sido marcado por el pleito con el campo. El ex presidente supone que allí perdería alrededor de 500 mil votos que obtuvo Cristina cuando se consagró Presidenta.

La novedad con que se habría topado el ex presidente es la potencial captación de votos que estaría en aptitud de hacer la oferta electoral todavía desarticulada de Solá, Francisco de Narváez y Mauricio Macri.

El mayor peligro para Kirchner lo encerraría esa rápida diseminación de votos más que aquel espacio donde participa el peronismo disidente. Esa diseminación significaría que los votantes estarían a la espera de alternativas distintas a la oficial. Significaría además un descontento con los Kirchner. El armado electoral de la nueva trilogía, en cambio, está aún lejos de consolidarse por los recelos crecientes que circulan entre Solá y De Narváez. También por las debilidades de manejo de Macri. El PRO bonaerense se le acaba de quebrar.

Esa precariedad no se ha convertido en dique de las cotidianas deserciones que padece el oficialismo. Ocurrió en Diputados y el Senado. Pero está sucediendo en otras partes. El jefe del bloque de diputados bonaerense del PJ, Raúl Pérez, resistió en su banca pero diez colegas se pasaron a las filas de Solá. En el Senado de la provincia Carlos Mosse, que fue secretario de Hacienda en épocas de Kirchner, se tomó licencia. La sangría no terminó.

También siete diputados provinciales abandonaron en Santa Fe al kirchnerismo para seguir las huellas de Reutemann en el plano nacional. La fragmentación se da más arriba o más abajo: en la localidad de 9 de Julio, en Buenos Aires, cuatro de los seis concejales kirchneristas se alejaron dejando al intendente a tiro de la oposición.

Cristina y Néstor Kirchner siguen sin advertir que ese desparramo responde, sobre todo, a la errática política en el pleito con el campo. Hace un año que ese pleito tiene empantanada a la Argentina y en ese lapso el matrimonio ha exhibido poca imaginación para cambiar.

Apenas mutaron alguna forma. La pelea con el campo ya no se hace en la calle, con movilizaciones ni con gritos destemplados. El matrimonio prefiere el acoso, la amenaza constante, al estilo de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS --con respeto por la historia-- que caracterizó la segunda mitad del siglo XX hasta que cayó el Muro de Berlín.

La idea de volver a una Junta de Granos para comercializar los granos tendría que ver con aquella estrategia pero respondería, sobre todo, a una urgencia: el Gobierno necesita que los productores vendan los granos acumulados (los volúmenes, según las partes en pugna, oscilan entre los 4 y los 9 millones de toneladas) para ingresar divisas y, a través de las retenciones, engrosar las arcas fiscales que vienen decayendo por efecto de la crisis doméstica e internacional.

Hace mucho tiempo --desde que el año pasado promediaba el conflicto-- que la cuestión merodea la cabeza de los Kirchner. Incluso hay dos proyectos, en ese sentido, originados en el bloque oficial de senadores. Pero mas allá de lo que la hipotética novedad pueda implicar en términos económicos para el Gobierno y el campo, lo que siempre cae mal del matrimonio es el estilo y la oportunidad.

El Gobierno abrió una débil instancia de diálogo la semana pasada que debería continuar el martes próximo. Los dirigentes del campo se fueron de ese encuentro inicial sin conocer algunas de las medidas luego anunciadas. Ahora se aprestan a otra ronda e ignoran los pensamientos oficiales sobre la posible nueva comercialización de granos en el país. Así desarrollado, ese diálogo se parece demasiado a una ficción.

El artificio estaría provocando algunas finas grietas en el Gabinete. Débora Giorgi y Florencio Randazzo no entraron a la cocina de la nueva decisión que menean los Kirchner. La ministra de la Producción y el de Interior son ahora los funcionarios políticos que tienen contacto con la Mesa de Enlace. Sergio Massa evaluaba con consultas cómo podría ser tomada la resolución por el campo y la opinión pública. El jefe de Gabinete cree en la utilidad de modificar las reglas del mercado de granos siempre y cuando hallen un sostén político y social. Sus consultas no habrían caído bien.

En la antesala del poder estuvieron sólo Ricardo Echegaray, el titular de la ONCCA, y Guillermo Moreno. El secretario de Comercio está en todas las decisiones importantes del matrimonio y se comporta como un ministro de Economía. Carlos Fernández viaja hoy a Portugal a una reunión de ministros de Iberoamérica para tratar la crisis internacional. La esperó el jueves a Cristina para conversar sobre el tema pero la Presidenta regresó tarde de Tres Arroyos y se fue a Olivos. A la tarde del mismo día había estado a solas con Echegaray.

A la vuelta de cada esquina el matrimonio presidencial vuelve a ser el de toda la vida, con sus rasgos casi incombustibles: muy solos y desconfiados. Pelear y morir con lo nuestro, podría ser el apotegma de ellos en este tiempo bien inclemente del mundo y del país.

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