Lo peor está por venir

Por Joaquín Morales Solá

Sólo un profundo cambio de gabinete y de métodos podría despejar el camino hasta 2011." La frase, seca y fatalista, pertenece a un kirchnerista descontento, que son los únicos kirchneristas que existen ahora. La tan inútil como grave crisis del verano desenmascaró a un gobierno estéril y a una sociedad maltratada. Ninguna perspectiva es buena cuando esa mezcla es el resumen que prevalece entre tantos culebrones simultáneos.

El conflicto sólo ha empezado: la Justicia funciona a pleno desde esta semana, después de la feria de enero, y el Congreso comienza a desentumecerse por los preparativos del período de sesiones ordinarias que se abrirá el 1º de marzo. La enorme crisis de enero contó, a pesar de todo, con apenas un puñado de jueces y con otra pequeña porción de legisladores. Lo peor está por venir.

Contra todo lo que se prometió, el gobierno de Cristina Kirchner será reconocido en la historia como uno de los períodos de mayor desdén institucional. Su marido no fue mejor que ella, pero él pudo disimular su indiferencia institucional envuelto en una situación política y económica más benévola. De hecho, Néstor Kirchner es corresponsable de los manejos y desmanejos actuales. Aislado del mundo y de la sociedad, de la política y de los partidos, el matrimonio presidencial prefiere gobernar atufado en Olivos, en compañía de una pequeña corte de incondicionales. Mucha información no llega hasta ahí.

¿Es Néstor Kirchner el autor intelectual de tantos estropicios? Lo es, pero eso no exculpa a Cristina Kirchner. Ella es la principal responsable de la conducción del Estado y no carece de experiencia política ni institucional. "Después de todo, es una señora de 57 años que tiene 20 años de experiencia legislativa en la Nación", desliza un antiguo amigo de ella y de él. Quizás su error haya sido llevar al Gobierno los códigos familiares: él es el jefe de la familia y también el líder último de una fracción política, en la que milita la Presidenta. Cristina no supo, en todo caso, separar la familia y la militancia de las cuestiones del Estado.

Pero ¿es la Presidenta distinta de su marido? Definitivamente, no. Ya como senadora era célebre en la Cámara alta por sus gestos autoritarios, por su arrogancia y por su escasa vocación para entender al otro. Hay una concepción común en el matrimonio que salió a luz diáfanamente en los últimos días: los Kirchner confunden la propiedad privada (la de ellos) con la del Estado. La República es sólo una ausencia en el universo de sus ideas.

En medio de esa confusión, los límites suelen desaparecer con frecuencia. Ningún presidente de la democracia empujó y destrató tanto a un vicepresidente como Cristina Kirchner. Ningún presidente echó de manera tan destemplada al jefe del Banco Central porque éste se hubiera negado a convertir las reservas nacionales en una cuenta corriente a nombre del matrimonio gobernante. Ningún otro presidente hizo de la urgencia de un capricho una razón de Estado. ¿Por qué la Presidenta quería ya la transferencia de las reservas?

Los Kirchner dicen que Julio Cobos, vicepresidente y líder opositor, es una situación extraña en la política. Algo de eso es cierto. El centro del problema consiste, sin embargo, en que la pareja gobernante no entendió nunca que Cobos era un aliado y no un soldado; menos comprendió que todas las personas cuentan con el derecho a tener una opinión propia. ¿Hubo algún intento amable de reconciliación con el vicepresidente por parte de los Kirchner? No. ¿Existió algún gesto para atraerlo sin sermones ni empellones? Tampoco.

El peor error político del matrimonio en su mala hora es la obstinación en transformar en mártires del antikirchnerismo a quienes pastaron y progresaron en sus praderas otrora fértiles. Martín Redrado no es un santo de la resistencia; por el contrario, debió tener en su momento más rigor económico que cintura política para administrar el Banco Central. Pero fijó un límite. ¿Cómo negarle ahora que contribuyó en las semanas recientes a instalar una idea de la vital independencia de la autoridad monetaria y a preservar las reservas nacionales de la necesidad política de los que mandan? Esos casos de antiguos aliados devenidos en populares opositores actuales son sólo ejemplos iridiscentes de muchos otros.

Ni aun la probable recuperación económica de 2010 podría traerles buenas noticias políticas a los Kirchner. Toda reactivación comienza por beneficiar a los sectores medios y altos de la sociedad (donde está el más grande y tenaz foco de oposición al kirchnerismo), mientras los sectores bajos seguirán sufriendo, como todos los argentinos pero con más furia, los estragos de la inflación. Inflación, imprevisibilidad sobre las cuestiones más elementales de la vida cotidiana y desorden del espacio público son los condimentos de una sociedad que ha perdido cualquier noción de la calidad de vida. Los enredos de la lejana política le son directamente indescifrables.

Oportunidades

El kirchnerismo es la prueba práctica de que algunos países no pierden nunca la oportunidad de perder una oportunidad. No quedó nada del período de mayor bonanza económica desde la década del 40, que cubrió gran parte de los cuatro años de Néstor Kirchner. La Argentina es uno de los países latinoamericanos cuya economía cayó más durante 2009 (mucho más que Brasil y Chile) y los Kirchner sólo dan manotazos a recursos ajenos desde que comenzó la retracción mundial. Estatización de fondos de pensión, confiscatorias retenciones agropecuarias, sustracción de las reservas nacionales, divagaciones para apropiarse de la renta petrolera y de la liquidez de los bancos constituyen ahora la política para restablecer falsamente aquella época de bonanza.

A Cristina Kirchner le quedan casi dos años de mandato. Será un período difícil y demasiado arduo si no cambiaran las personas del gabinete, los modos de gobernar y el sistema de toma de decisiones. Aníbal Fernández no pudo cumplir con ninguna de las promesas que hizo cuando llegó. Se limitó a ser lo que ya era antes de ser jefe de Gabinete: un vocero atrevido e irreverente de las peores políticas oficiales. Amado Boudou comprobó que el sentido común y la férrea disciplina hacia los Kirchner son una contradicción. Se quedó con la disciplina y es ahora un ministro desgastado. Jorge Taiana sólo barnizó de grisura la inexistente política exterior. Ellos son sólo los casos más pintorescos de un gabinete que íntegramente perdió músculos y nervios.

La propia oposición no podrá resignarse por mucho más tiempo a la opción entre lo malo y lo peor en la que la colocó el kirchnerismo: o es desestabilizadora para el Gobierno, si ejerce con plenitud su función, o es impotente ante los ojos de la sociedad, si no lo hace. En ese contexto de inopias y desolaciones, el Gobierno debe apagar aún el inservible fuego de bosque que encendió cuando el verano ya ardía.

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