Pensar Cromañón

Por Pablo Alabarces.

Hoy a las 18 se presenta, en el Bauen, Pensar Cromañón. Debates a la orilla de la muerte joven. Se cumplirán cuatro años de un hecho que insisto en llamar masacre. La coincidencia de ambas merece nuestra atención.

Hoy a las 18 se presenta, en el Bauen, Pensar Cromañón. Debates a la orilla de la muerte joven, un libro que compila las intervenciones de varios intelectuales argentinos en un ciclo de charlas que organizó, hace poco más de un año, uno de los grupos de familiares y víctimas que militan en reclamo de justicia. Van a cumplirse cuatro años de un hecho que insisto en llamar masacre, y la coincidencia de ambas cosas –el libro y el aniversario– merece nuestra atención.

Cromañón está demasiado ligado a lo personal como para que prescinda de ello. Tengo grabadas las imágenes de esa noche, y también de lo que estaba haciendo: por suerte, cenando con mis hijos, que tenían y tienen exactamente la edad de las víctimas, y que habían asistido a conciertos de Callejeros un par de veces. No puedo olvidar la cara de mis chicos buscando los nombres conocidos en las listas, las llamadas de esa madrugada para confirmar que los amigos estaban vivos; no puedo olvidar el peor Año Nuevo, mientras escuchaba los petardos que los pertinaces idiotas que nunca faltan insistían en seguir tirando. No puedo olvidar las coberturas periodísticas irresponsables y morbosas, que rápidamente pasaban de Chabán a los reclamos por ponerles límites a los chicos –para que dejaran de correr peligro en “esos antros de drogas y promiscuidad”, No puedo olvidar las admoniciones sobre la irresponsabilidad de los que habían llevado a sus bebés, sin reparar en que este país da poca educación sexual, menos anticonceptivos y ningún aborto. No puedo olvidar a la señora, madrina de un sobreviviente, que afirmaba que esas cosas pasan cuando se juntan tantos negros –para recordar, inmediatamente, que “mi ahijado no es negrito, claro”–. No puedo olvidar los relatos de un amigo, médico en el Penna, contando cómo se le morían los chicos y las chicas, de las edades de sus propios hijos.

Pero, además de mis recuerdos, lo que permanece intacto es mi interpretación sobre la masacre. No digo nada nuevo; podría pensarse que a fuerza de repeticiones esto se ha vuelto lugar vacío, muletilla, y sin embargo debe ser obsesivamente repetido hasta que se haga consciente: a nuestros chicos y chicas los hemos expulsado del trabajo, de la educación, de la salud, de la ciudadanía, del futuro. Los hemos condenado a que se refugien en las migajas del consumo, los hemos condenado a que solamente traten de celebrarse a sí mismos, a exponer sus cuerpos (lo único que les queda) en la droga, el alcohol y el pogo, a encontrarse en el aguante, lo único que les permite afirmar que están vivos y que son cuerpos jóvenes. Fuera de eso, no existen ni existirán. Entonces, lo que repetiré hasta el hartazgo es que el eje de Cromañón es la enorme culpabilidad de toda una sociedad –adulta– que insiste en matar alegremente a sus hijos, mientras los desconoce por completo, mientras los califica de irracionales, de vagos, de chorros, de indisciplinados, de libertinos. Una sociedad adulta que no puede entender por qué un pibe prende una bengala, pero que estas fiestas va a volver a cargarse de petardos para demostrar que tiene más aguante que su vecino –alcanza con recordar una publicidad televisiva contemporánea a Cromañón, donde dos vecinos con sus hijos disparaban alegremente cañitas voladoras para disputar sus virilidades, todo financiado por un banco de primera línea–.

Los chicos y las chicas siguen prendiendo bengalas, van a recitales y al fútbol, beben abusivamente, fuman todo tipo de herbajos, hacen pogo, aguantan, en suma, para demostrarse a sí mismos que están vivos a pesar de todo lo que le ha pasado a nuestra sociedad y de toda la represión que han sufrido y siguen sufriendo –porque los muertos por balas policiales también son siempre jóvenes–. Los chicos y las chicas también llevan a sus hijos a las canchas y los recitales para transmitir generacionalmente esta memoria de la fiesta que los constituye como sujetos, que les permite ser rolingas o villeros como identidad esencial, como única posibilidad de la sociabilidad; llevan a sus hijos, de paso, porque los tienen, porque son padres adolescentes que tienen sexo desaforadamente y sin cuidarse, porque no tienen más remedio y no pueden abortar. Es, sin duda, un cuadro espantoso: pero ellos, los chicos, no tienen más remedio.

Lo que tiene remedio es nuestra desidia y nuestra indiferencia, nuestra vergüenza. Sin embargo, ni la condena penal de los responsables ni la condena política de Ibarra son suficientes; porque los responsables, morales y políticos, son muchos más. La manera como hemos barrido el debate sobre Cromañón debajo de la alfombra es una buena y nueva muestra de lo peor de nuestro mundo adulto, de nuestra indiferencia social, de lo fácil que aceptamos la agenda periodística para organizar nuestro destino. Cromañón ya no es noticia: podemos, entonces, hablar de Riquelme. Demos gracias al Señor. l

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