El pensador, ningún boludo

Por Daniel Capalbo.

Néstor Kirchner siempre demostró tener una inteligencia política muy superior a la de quienes lo precedieron en el ejercicio de la Presidencia desde la restauración democrática en 1983.

Este tipo siempre demostró tener una inteligencia política muy superior a la de quienes lo precedieron en el ejercicio de la Presidencia desde la restauración democrática en 1983. Néstor Kirchner no sólo es compulsivo, caprichoso, cabrón, pendenciero y descarado en sus negocios. No, además tiene la virtud de ser realista y de saber parar la pelota, mirar al costado, contar y recontar una y otra vez sus fuerzas para ir a medirlas –a veces con un coraje a prueba de cualquier raciocinio– contra los más poderosos o contra los más indefensos. Las batallas para Néstor son batallas y nada más. Es probable que se vea sí mismo como uno de esos guerreros que nunca detienen su marcha, como un samurái patagónico.

Pero que a tres años vista del retiro esté planificando las batallas y defensas que va a dar y ofrecer contra los mismos que hicieron harapos de las vestiduras presidenciales cuando cruzaron las puertas del Salón de los Bustos hacia la explanada de la calle Rivadavia, habla de que habrá que convivir –y bancar hasta el final de su mandato– con un hombre muy inteligente. Kirchner no es un ningún boludo.

Una de las formas de inteligencia, dicen, se mide en la capacidad de prever acontecimientos. Néstor no es adivino, apenas es un jugador que a veces, y sólo si le conviene, se disfraza de gladiador o juega a ser víctima de una conspiración (que siempre es de la derecha agazapada).

Su primera proeza fue gobernar a un país incendiado en medio del caos económico y social. Pero asumió en 2003 con una falla de origen, el 22 por ciento de los votos, que daban un poco de penita si lo que se requería era ser convalidado y gobernar con gobernabilidad. ¿A qué apostó? Se dijo a sí mismo que después de la crisis de representatividad de los partidos políticos –única herramienta reconocida en el mundo democrático para la construcción de poder– la batalla política había que darla en los medios. Los benefició, los lisonjeó, los atacó, los atrajo, los expulsó. Y ahora, con la experiencia acumulada de años de ejercicio de poder férreo y concentrado, como de unicato, tiene la convicción de que lo harán papilla: los medios, los juzgados, los analistas, los intelectuales, incluso los que lo veían como el Sartre de la política real.

Pero no deja de ser sagaz el presidente Néstor Kirchner. Saber que hay un final –de una etapa, de una presidencia, de una rutina– es algo bastante difícil de asumir cuando aún se tiene bien atado el potro del poder. Hace poco leí en un blog, que no cito porque no recuerdo y encima gloso de memoria, que lo difícil del final es darle protagonismo al recuerdo y empezar a pensar en cerrar las puertas de la casa. Y que tal vez eso sea por última vez.

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