Una pena efectiva pero parcial

Por Ricardo Roa

No debería ser llamativo pero lo es: la Justicia llegó rápido para un conductor de 33 años al que por segunda vez detectaron manejando alcoholizado. Tenía 1,62 gramo de alcohol en sangre. El límite es 0,5: había bebido el triple de lo permitido. Un juez le aplicó diez horas de arresto y una multa de $ 300

Podría haberle impuesto hasta 10 días de prisión por la falta reiterada y el riesgo que implica manejar alcoholizado. Prefirió, en cambio, una sentencia muy leve. Pero es la primera de este tipo y expeditiva al fin: el mensaje es que quienes manejan borrachos pueden ir presos.

Alcoholizarse forma parte para muchos jóvenes y no tan jóvenes del ritual del fin de semana. Pero el alcohol atenúa los sentidos aunque en principio parezca que los expande. Es una de las peores trampas que nos tiende la bebida. Al comenzar la mañana de ayer, un auto a gran velocidad y que habría cruzado en rojo embistió a otro con una pareja que se iba de minivacaciones. Uno de ellos murió. Tremendo. La Policía cree que la conductora que violó el semáforo manejaba borracha.

El alcohol es un gran disparador de accidentes. En Buenos Aires, cuatro de cada diez son producidos por conductores ebrios. Y es la primera causa de muerte en menores de 35 años. Los tests de alcoholemia pretenden funcionar como una vacuna. Y aunque a algunos pueda molestarles, son razonables y están para ser cumplidos.

Lo paradójico es que una interna entre la Justicia y el Gobierno de la Ciudad impida el descuento de puntos a los conductores pasados de alcohol. Jueces y fiscales alegan que agregar la quita a su sanción duplica la pena. Y por eso no la informan al Ejecutivo. Como si lo más apropiado no fuera que funcionaran juntas.

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