Peligros conjuntos

Por Eduardo Aliverti

Las cosas políticas ya venían complicadas. Y la cantidad de ingredientes que se sumaron con la real o ensayística pero en cualquier caso muy fuerte movida de los Kirchner (siendo que esos adjetivos significan que les puede salir entre más o menos bien y un desastre) terminan de contornear un panorama muy dificultoso de analizar, según sea el resultado y si se tiene amplitud de miras como para entender que también está responsabilizada la oposición.

Primer aspecto: es virtualmente inédito que se intente sincerar de esta forma el carácter plebiscitario de una elección intermedia y parlamentaria. Siempre son empleadas por la sociedad para opinar sobre la marcha del Gobierno. Y el entusiasmo y los votos populares indican si el conformismo con ese rumbo es mucho, bastante, algo, poquito o nada. Baste recordar, para observar extremos, lo ocurrido en las legislativas de octubre de 1985. Hubo un pleno respaldo a la gestión alfonsinista, que se derrumbaría a los dos años tras la defección de Semana Santa ante los carapintada y el fracaso del Plan Austral. Y lo que acaeció en el mismo mes de 2001, cuando De la Rúa y la Alianza no fueron capaces de leer que, además de una aplastante victoria opositora, un 42 por ciento del padrón se abstuvo de concurrir a los comicios. Dos meses después, ese cóctel de indiferencia y parálisis condujo a una fuga presidencial en helicóptero; y a un estallido social con 34 asesinados, por una represión de cuya culpabilidad acaba de zafar en la Justicia el zombie que, apenas dos años atrás, era electo con un considerable grado de aceptación masiva bajo la pretensión de sacarse de encima a Menem y sus socios, que a su vez habían sido ratificados con el 50 por ciento de los votos a la vuelta de la esquina, en 1995. Pero lo impactante es que, en esta oportunidad, ese tono ratificatorio, de cierta compatibilidad mayor/menor o de rechazo, hacia el presente y/o ruta establecidos por el oficialismo, sería llevado hasta el límite de blanquear que sus candidatos son literalmente testimoniales. Más allá del propio Kirchner, del que solamente un desvariado puede esperar que ejerza como legislador: el gobernador Scioli se baja a candidato parlamentario, tanto como varios jefes comunales del conurbano a concejales, pero advirtiendo que "técnicamente" es todo de mentira porque en verdad no se bajan de nada; y que quienes asumirán son los reemplazantes, porque se trata de jugar a todo o nada en la aprobación del "modelo". Im-pre-sio-nan-te.

Segundo: ¿El que avisa es traidor? Y para provocar en igual sentido, ¿la oposición hace algo diferente? ¿Scioli rebajándose a una lista de diputados es más ridículo que Solá, que se candidatea a lo que ya es? Carrió, dispuesta a especular hasta último momento con si integra o no la papeleta de acuerdo con cómo le vaya en las encuestas al yogur dietético que puso a encabezarlas, ¿es menos andrógina que los intendentes del PJ, resueltos a chequear mediciones para calcular si mantienen la mayoría en los cuerpos legislativos municipales y evitar ir presos? ¿Cuál es la diferencia de fondo entre esos barones del conurbano, aceptando encabezar boletas de concejales, y Gabriela Michetti postulada a diputada nacional cuando le faltan dos años para cumplir mandato? ¿Que ella sí asumiría? ¿Y eso acaso modifica que burlaría la voluntad de quienes la votaron? ¿La respuesta es no, porque se trata de plebiscitar gestión? ¿Pero entonces están de acuerdo con el kirchnerismo? ¿Es ético que se escandalice Cobos, después de haber traicionado a la fuerza que lo llevó de vice? Las comparaciones no son para justificar al oficialismo ni mucho menos. Más bien al contrario, este lance, termine como termine, revela lo pobrísimos que fueron los K como arquitectos de una construcción que pudiera expandirse por fuera de sus desconfianzas de alcoba. Gracias a esa incapacidad que forjaron ellos mismos es que ahora deben prenderles una vela a los muy pocos santos propios que figuran bien en las encuestas, o que aseguran cierto piso de sufragios por obra del manejo de aparato. Y esto es al margen de valoraciones éticas, porque no puede negarse que expresa debilidad política.

Tercero: si la movida es efectivamente ésta (y si no lo es también, o casi, en tanto ya está propagandizado por el Gobierno que es un plebiscito a matar o morir), el riesgo se incrementa en forma sustancial para el día después. Pero ese peligro no involucra sólo al oficialismo. Por un lado, está claro que cabe la pregunta de cómo se sigue gobernando, si todas las fichas fueron jugadas a una aprobación terminante, en un país donde la política se ejerce con mucho de sentido canibalesco. Si el apoyo en las urnas no se da, con el llovido sobre mojado de que los K habrían puesto a la parrilla a sus nombres mejores o más convocantes, lo que restará hasta 2011 podría parecerse a un cadalso. Y si bien es difícil imaginar que se produzca un vacío de poder porque al fin y al cabo es un gobierno peronista, además de que –por ahora– todo suena a derrota pero no a catástrofe, las características temperamentales de la pareja comandante hacen pensar en una etapa de gobernabilidad muy incierta. Sobre todo, con turbulencias o sismos económicos que se agregarían a los aún impredecibles efectos del trance internacional del capitalismo. Es entonces cuando se agrega el interrogante de cómo jugará la oposición pero, mucho más que eso, de qué propondrían sus dos variantes de derecha para escapar de la crisis. O de qué proponen, en verdad, a menos que alguien lo conozca sin que sea lamentarse por "la inseguridad" y colgarse de los reclamos de la gauchocracia. En otras palabras, y así se conceda que los K están sacados, que juegan con fuego y que pueden incendiarse, las consecuencias de ese frenesí no alcanzan únicamente a ellos y tampoco se extienden con exclusividad a la oposición, sino a toda la sociedad.

Cuarto: en concordancia con esto último, nada aparece mejor que bajar un cambio por doble vía. La franja opositora sabe a la perfección que, posicionamiento ideológico aparte, no está en condiciones de ofrecer un timón del país más apto que el actual. Y Kirchner, si se quiere precisamente por eso, debería guardarse como reserva, resignar su candidatura, jugar con lo que tiene, llegado el caso afrontar una derrota digna, aprender de sus serios errores de construcción. Y archivar martingalas ciertamente estrambóticas que más que afectaciones éticas pueden liquidarlo políticamente, y junto con tal cosa abrir la posibilidad de una restauración conservadora. Queda dicho desde la casi humildad de quien se sabe no más que un comunicador, que no tiene que poner culo en silla más que para opinar; desde la casi seguridad de que puede estar equivocado y desde la casi certeza de que lo sugerido no se cumplirá.

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