Una película a la que le hace falta un mejor final

Por Hernán de Goñi

A Néstor Kirchner nunca le gustó el concepto de enfriamiento de la economía. Lo considera una receta nociva, pese a ser parte del ideario académico más clásico, que remite a la conveniencia de buscar un balance cuando la coyuntura rompe el equilibrio de fuerzas del mercado. Aunque el ex presidente se jactó en su momento de ser su propio ministro de Economía, cuando se presentaba esta situación respondía como político. "Prefiero una economía caliente", era su frase de cabecera.

Este debate alimentaba la discusión de políticas a fines de 2005, cuando los estímulos a la demanda habían creado un recalentamiento del consumo y alimentado el peligro de la inflación de dos dígitos. Roberto Lavagna alentaba entonces medidas para aumentar el ahorro público y crear mejores condiciones para la inversión. Pero su plan no duró: semanas después los Kirchner prescindieron de sus servicios.

La razón que justifica este repaso es que la discusión de ese fin de año está de vuelta. Es una película que ya vimos, pero todavía no acertamos a escribirle un buen final.

La crisis de 2009 justificó la adopción de medidas destinadas a sostener el poder adquisitivo de sectores postergados. Así surgieron la asignación especial por hijo y el plus de fin de año para los jubilados. Con $ 4000 millones extras volcados al consumo y sin señales previas que alienten la inversión, el reflejo inmediato de empresas y comercios fue ajustar la demanda por precio. Justificativos no le faltaron.

Si bien la inflación puede actuar como aliada del Estado (engordando la recaudación), su costo político y social siempre será más alto. Lo que aún no tiene es un contrapeso. Frenar no tiene que ser, necesariamente, sinónimo de enfriar.

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