Si te peleás a la vez con Mirtha, Susana y Tinelli, algo te falla

Por Julio Blanck.

Si se pudiera desmontar la hojarasca de palabras, la montaña de diatribas y efusiones, la agresión siempre lista y apenas contenida, la adjetivación empalagosa; si pudiera lograrse eso, lo que se vería debajo de esa gruesa capa defensiva es a un grupo de personas que deben sentirse desoladoradamente aisladas, arrinconadas entre los incondicionales, esos que siempre dicen que sí, que está todo bien y que el universo entero es una constelación de mal nacidos que solamente saben conspirar.

Si algunos miembros notorios de ese grupo, que son el Gobierno y sus estructuras afines, se pelean con Marcelo Tinelli, Mirtha Legrand y Susana Giménez al mismo tiempo, por sus dichos sobre inseguridad y calles cortadas, es abrumadora evidencia de que algo les viene funcionando mal, algo no les sale como quieren y los planetas insisten en alinearse en sentido inverso a sus deseos.

No porque Tinelli, Mirtha y Susana representen ahora otra cosa que lo que siempre representaron, en historias personales y en ideologías, ni porque su condición de opositores los santifique de golpe, ni porque sus opiniones merezcan ser escamoteadas al mismo juicio crítico que reciben las opiniones de cualquier personaje notorio, ni porque se deba rendir cualquier tipo de pleitesía a su popularidad. Pero pelearse con los tres al mismo tiempo demuestra impotencia porque no se consigue ser escuchado por un público tan amplio como el que esas figuras tienen, supieron tener y supieron conservar; un público que a los del Gobierno ahora los escucha poco, más bien los rechaza, casi que a veces los odia. Con la espesa carga negativa que eso tiene para cualquiera que pretenda vivir más o menos en paz, y no sólo para los que odian y los que son odiados.

Si la Presidenta y sus cortesanos machacan cada día contra la prensa no comprada ni domesticada, y además de machacar hacen lo que hacen, legalmente y de modo contundente en el Congreso o patoteando en las plantas impresoras de los diarios y distribuidoras de revistas, maltratando periodistas en conferencias de prensa, pinchando correos electrónicos y teléfonos; y lo siguen haciendo después de todo lo que hicieron, es porque deben tener la percepción clara de que todo eso no alcanza. Que con todos los errores y desvíos, con todos los intereses y miserias que pueda tener, esa prensa sigue siendo más creíble que los que gobiernan, al menos que éstos que ahora gobiernan

Si el ministro más importante del Gobierno va al Congreso para decir "si lo que están pensando es que nos vamos a ir o nos van a echar, que se saquen esa idea de la cabeza", lo que se transparenta es soledad, encierro. Puede entenderse como la necesidad constante de construir un enemigo, aunque a esta gente no son enemigos lo que les falta. Pero esas palabras del ministro, esas conspiraciones agitadas como fantasma sin sustancia porque los supuestos conspiradores son un manojo de contradicciones y timideces, de desorientación y cierta chapucería, lo que revelan es un estado de ánimo más que una pura lectura política, que no es para envidiarle a nadie. Y, además, ese estado de ánimo suele ser mal consejero. El impulso para sacudirse una sensación asfixiante no siempre sigue las reglas de la racionalidad. Cualquiera puede comprobarlo repasando su propia vida. Y nadie, ni siquiera los que llegan al poder, suele ser demasiado distinto en público que en privado.

Si un Gobierno gana por ventaja inédita la elección presidencial con el 45,3% de los votos, y dos años después, con una oposición desmelenada y cuyas partes resultan imposibles de conciliar entre sí, retrocede hasta el 31,2% y pierde en todos los grandes distritos del país; y cuatro meses más tarde la imagen positiva de su Presidenta, según la única encuesta nacional conocida, retrocede hasta el 20,1%, y en imagen negativa bordea el 60% y es solamente superada por su esposo y jefe político del oficialismo, lo que tenemos es la expresión cuantificada del aislamiento progresivo. Que es más fácil de entender si, a la larga hilera de discordias que se supieron sembrar, se le agrega el estancamiento en la distribución del ingreso en los últimos tres años, el rebote fuerte de la pobreza y la necesidad de salir como bomberos a apagar el foco de incendio con más variantes de la ayuda social.¿Se puede gobernar así? Claro que se puede. Hacen falta visión, templanza y habilidad, condiciones que pueden recuperar los actuales gobernantes. De paso, sería bueno que eviten la tentación de colgarse del mantel para llevarse todo puesto, el día que les toque dejar su silla.

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