Más pecadores que justos

A partir de la encuesta que puso la imagen de los varitas por el piso se planteó un debate: ¿son ellos solos o es así la sociedad? ¿Hay otras áreas del estado contaminadas?
Fueron los protagonistas de la semana. Los malos de la película. Indefendibles. Tristes seres que dejan jirones de dignidad por centavos; tan tristes, que uno pregunta qué puede tener de bueno el oficio de inspector de tránsito, si en ellos se centró -al menos en estos días- el odio de la sociedad.

Sus jefes apenas los defendieron. "Nos preocupa mucho la imagen del policía de tránsito coimero; afecta todos los planes de control y concientización que diseñamos en el municipio", dijo el subsecretario de Tránsito y Transporte, Juan Giovanniello, tras la difusión de una encuesta que pone a los varitas tucumanos en el último lugar en percepción de honestidad entre seis provincias.

Carmelitas bajo estrés

Más a la defensiva -porque tiene que estar a la cabeza de los operativos- el el subdirector de Tránsito, Jorge Mazuy, reconoció que los agentes "no son carmelitas descalzas", pero centró la atención en que "la corrupción está instalada en la sociedad" y mostró la forma en que los conductores presionan para no cumplir la ley. Mazuy, como también una inspectora que sólo se identificó como Gabriela, señalaron el estrés y las situaciones de violencia cotidiana que se producen en esta actividad. "Tengo que tomar tranquilizantes para salir a trabajar", dijo Mazuy. Vuelve otra vez la pregunta: ¿qué puede tener de bueno ser inspector de tránsito?

Al intendente Domingo Amaya le fue pésimo cuando trató de defenderlos. Más pragmático y probablemente inquieto ante las reacciones de esa especie de corporación a duras penas manejable que es el gremio municipal, dijo que el 95% de los inspectores son honestos, que en este caso pagan justos por pecadores y que "siempre en un cajón de manzanas hay una manzana podrida". Y puso el acento, mucho más que Mazuy, en el comportamiento de los conductores. "Si alguien pasa el semáforo en rojo es un potencial asesino. Con ellos vamos a ser implacables", dijo.

Los lectores reaccionaron indignados porque, evidentemente, la percepción social sobre la conducta transgresora es diferente según que el que procede mal sea la autoridad (el inspector) o el ciudadano (el conductor). Se percibe que el tipo que tiene supuesta autoridad (el inspector) actúa, con algún tipo de anuencia de toda la estructura municipal, con afán recaudatorio, no preventivo, y que busca la manera de presionar al conductor para que entregue dinero. Y, por otra parte, no se percibe que sea tan grave la conducta del automovilista que viola la norma.

Las encuestas parecen corroborar estos dos datos: si se habla de la credibilidad de los varitas, el 86,47% de la gente cree que tienen actitud deshonesta (y un 80% cree que es fácil evitar una multa pagando una coima): y si se habla de la actitud de los conductores, un 56% reconoce que coimeó alguna vez (incluso, el 31% dice que lo volvería a hacer).

Con estos datos, se llega a un cóctel complejo, en el que estos malos de la película parecen insertarse en un esquema social más intrincado en el que ya no se trata sobre los varitas que piden pa' la coca, sino de una culpa que envuelve a todos, que ni siquiera es la "tucumaneada" de la que habla un conductor (LA GACETA, lunes 25), sino de la percepción sobre la infracción. El profesor en Derecho penal Diego Lammoglia dice que el conductor no se siente infractor. Y probablemente el coimero de poca monta tampoco se siente infractor, a menos que lo sorprendan con las manos en la masa.

Por eso Giovanniello dice que tienen "muchos casos de inspectores inhabilitados, desplazados o reubicados en otras funciones porque pesan muchas denuncias sobre ellos"; y el edil Esteban Dumit añade que reciben "muchas denuncias" en el Concejo Deliberante. Pero no se habla de lo que no se denuncia: de la "diaria", de los que usan el sueldo para pagar créditos y tratan de conseguir 30 o 50 pesos diarios para llevar para la comida en la casa. De los que son como los vendedores ambulantes: salen cada día a jugarse para conseguir dinero para subsistencia. Como sea. Aunque tengan una imagen pésima, que se puede ahogar en el fondo de la conciencia como un pecado venial. Acaso no se sientan justos, pero tampoco pecadores.

Marcela Santos, directora ejecutiva de la Fundación Soporte (creada en Buenos Aires para dar asistencia a las víctimas y testigos de casos de corrupción), dijo (La Nación, 10/6/2007) que hay tres factores que favorecen la corrupción: 1) cultural (sabemos que está mal quedarse con lo que no nos corresponde, pero en los hechos todos dudamos en algún momento; por ejemplo, quienes copian en un examen); 2) estructural (en el que fallan el diseño y el funcionamiento de los organismos de control, donde no hay falta de ley, sino una telaraña legal); 3) psicológico (se relaciona con la tolerancia social a la corrupción, es decir cuando se aceptan cosas como "roba, pero hace" ).

Lammoglia opina que la coima del agente municipal "no es un delito grave pero tiene un impacto social muy grande, que genera pérdida de confianza en los organismos de control". Por eso se lamentaba el subsecretario Giovanniello, mientras que, al mismo tiempo que se reciben muchas denuncias, se advierte que la Municipalidad hace muy poco para sancionar a los coimeros denunciados. Vagamente, el fiscal municipal Héctor Colombres dijo que hubo un castigado el año pasado y que las filmaciones entregadas a la Municipalidad no sirvieron para sancionar a nadie.

Hay poco interés por cambiar las cosas (de hecho la Fiscalía Anticorrupción, creada a partir de 1999 a nivel provincial, se desactivó sola cuatro años después, por pedido del mismo fiscal, el hoy jubilado Ramón Gallo) y si hay cambios, estos se producen por situaciones extraordinarias. Por ejemplo, a partir del asesinato de Paulina Lebbos (que fue vista por última vez cuando subía a un taxi o un remise) se dejó de hablar de la "Municipalidad paralela" que durante años, según se creía, funcionaba de las coimas pedidas a los remises y taxis. Tras el caso Lebbos se implementó un sistema único de autos de alquiler (el Sutrappa) con reglas básicas para los choferes. Simplificaron la norma (la telaraña legal, como dice Marcela Santos), que era tan caótica que parecía hecha para la coima.

¿Hay otras áreas en las que la legislación es tan enrevesada que puede favorecer la corrupción? ¿En qué se mejoró el sistema de habilitaciones y controles después de la tragedia de la lavandería, hace ocho meses, que generó una controversia entre la directora de Defensa Civil -que dijo que el local no estaba habilitado- y sus superiores, que dijeron que sí estaba habilitado? La directora debió renunciar. Y en la provincia, ¿en qué cambiaron los controles a los ómnibus limoneros después de la tragedia de la cuesta del Totoral, en la que murieron 48 peregrinos?

En la administración todo parece funcionar igual a lo largo del tiempo. Hasta que cambia la percepción de las cosas. Argentina retrocedió, en el índice de Transparencia Internacional, del puesto 93 (en 2006) al 106 (hace dos años). Tucumán, aunque ya no se hable de la "municipalidad paralela", de golpe está en el fondo de la comparación entre seis provincias, en lo que hace a Tránsito.

Los funcionarios, escaldados por la encuesta, anuncian cambios: los varitas saldrán en equipos y serán filmados en las esquinas con cámaras de vigilancia (¿quedarán grabados?). Dicen que ya se ensayaron cosas como poner mujeres inspectoras, que no caen tan fácil en la tentación como los hombres y que se pone énfasis en la capacitación. Pero, al mismo, tiempo, se ignoraron propuestas como la del test psicológico para ver si están capacitados para esta tarea (de la misma psicóloga de Tránsito, Ana Karina Sánchez); y la historia muestra que no sólo no sancionaron a nadie sino que las cosas parecen haber empeorado.

Manzanas en duda

Faltaría averiguar si esto que parece agravarse en Tránsito municipal puede estar ocurriendo en otras áreas del Estado, para saber si en el cajón del que habla el intendente Amaya hay más de una la manzana podrida. Nunca está de más recordar a Roberto Arlt cuando dice (diario El Mundo", diciembre 1929) que "la coima es la polilla que roe el mecanismo de nuestra administración": La coima, invisible, penetrante, ardua e infalible, penetra por todas partes y compra al grande, al cogotudo y al severo como al pequeño, al modesto y al humilde que se conforma y transige con tal que le den para un café con leche.

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