El pecado de traición

Por Fernando Laborda

La denuncia de espionaje efectuada por Alberto Fernández contra el propio gobierno del que formó parte hasta hace poco más de un año sorprendió menos por su contenido que por provenir del ex hombre fuerte del kirchnerismo. A nadie llama la atención, a estas alturas, que en la Argentina se utilice a las fuerzas de seguridad o inteligencia para pinchar teléfonos, como en las peores épocas del autoritarismo, o espiar mensajes de correo electrónico en en forma ilegal. En todo caso, resulta chocante que lo pueda seguir haciendo un gobierno que siempre se jactó de su defensa de los derechos humanos.

Tampoco sorprende que el actual gobierno nacional se muestre desconfiado y resentido, como lo demuestra la expulsión de dos funcionarios cercanos al ex jefe de Gabinete (Marcela Losardo y Nicolás Trotta), no bien los Kirchner tomaron conocimiento de que se había reunido con el vicepresidente Julio Cobos, declarado enemigo público número uno por el oficialismo.

La primera transgresión de Alberto Fernández fue hacerle un lugar a la oposición como interlocutora.

El matrimonio presidencial no tolera que ningún dirigente de su sector dialogue con representantes de la oposición o de grupos enfrentados con el Gobierno, a menos que medie su consentimiento. Lo sabe el gobernador Daniel Scioli, a quien desde la Casa Rosada se le sugirió que se olvidara de su deseo de mediar entre el campo y el Poder Ejecutivo Nacional.

La segunda transgresión del ex jefe de Gabinete fue sentarse a charlar con alguien que, además de opositor del Gobierno, ha sido estigmatizado por los Kirchner como el prototipo del traidor.

Para la pareja gobernante, hoy la más radical de las traiciones por parte de un dirigente supuestamente kirchnerista es instituir a Julio Cobos como interlocutor. "Deben de haber pensado que se trataba de una conspiración destituyente", ironizó Alberto Fernández.

Uno de los mayores pecados que, a juicio de los Kirchner, puede cometer un hombre que milita en sus filas es la autonomía. Cuando esa autonomía se potencia hasta el punto de hacerle lugar a una figura emblemática de la deslealtad, como el vicepresidente de la Nación, la autonomía se convierte para ellos en traición. Y no es necesario que exista un complot "destituyente".

Alberto Fernández se había convertido en un kirchnerista disidente. Todo disidente lleva el rótulo de sospechoso para el gobierno K. Desde ahora, el ex jefe de Gabinete ha sido descendido a la categoría de traidor.

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No será sencillo demostrar que las conversaciones de Alberto Fernández estaban siendo escuchadas por agentes del Gobierno. "Pero si se probara esto, quedaría la sensación de que el actual gobierno es capaz de cualquier cosa", señaló un observador político.

Lo que le sucedió al ex funcionario puede ser decodificado como una señal desde el Poder Ejecutivo a la propia tropa. Pero, por encima de eso, es un gravísimo mensaje para una sociedad que sospechará seriamente de que ciertas metodologías de espionaje propias de otros tiempos todavía están presentes entre nosotros.

La manía persecutoria de los Kirchner los está llevando lentamente a una soledad cada vez mayor. En efecto, el ex jefe de Gabinete había dado hasta las elecciones del 28 de junio sobradas muestras de fidelidad al kirchnerismo.

Hasta pocos días antes de los comicios, trataba de convencer a periodistas y amigos de que el oficialismo no podía perder en la provincia de Buenos Aires y de que haría un papel más que aceptable en el orden nacional. Obviamente, perdió todas las apuestas.

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