Unos creen que mejorará el tránsito. Pero en las playas dicen que podrían perder clientes.
Los taxistas y los que usan motos y bicicletas para trabajar coinciden en que la medida les ahorrará tiempo, pero no creen que se reduzca el problema de los accidentes.
“A veces hay que dejar a los pasajeros más lejos, porque no puedo parar por el tránsito. También va a haber más lugar para estacionar si tengo que buscar a alguien y bajar a tocar timbre”, dice Hugo, que es taxista y se muestra esperanzado en hacer mejor su trabajo. “Lo mejor es que el control sirva para el horario de carga y descarga; a veces no podés ni pasar”, opina Marcos, otro taxista.
Roberto, empleado de una mensajería, afirma que aunque las motos van a tener más espacio en la calle y eso puede reducir fricciones, “siempre hay alguien que te lleva puesto, porque no hay una cultura de respetar las normas para transitar”. Y señala un taxi que, en ese momento, dobla por Suipacha, que es peatonal, y dos bicicletas fuera de ciclovía.
Por su parte Juan, delivery en una pizzería sobre Tucumán, dice que va a poder cubrir más pedidos en menos tiempo, “y eso deja más propina y es menos cansador”.
Los encargados de los estacionamientos de la zona están de acuerdo en que ganarán más los que se encuentren sobre las vías permitidas. Un empleado de una playa sobre Suipacha, que prefiere preservar su nombre, se lamenta: “Acá el trabajo ya bajó un 30% cuando se hizo peatonal el año pasado . Y va a ser peor, porque trabajamos sólo por día. Hay clientes que ya nos avisaron que desde el lunes no van a venir”. Marcelo, de otra playa sobre Maipú, teme perder su trabajo: “Somos cuatro y a uno van a tener que echar”. En cambio, en un estacionamiento sobre Corrientes están contentos: “Sabemos que van a llegar los autos que estacionaban en las calles restringidas”, dice el encargado.
Manuel, un empresario que deja a diario su auto allí, piensa en alquilar una cochera en la zona y pagar el permiso ($127), que le parece razonable. Si no, buscará un estacionamiento fuera del Microcentro. “El permiso es caro para mí, porque sólo el 5% de mis viajes son en la zona”, dice Jorge, remisero de una agencia en Barracas. No sabe si debería pagarlo él o su empleador, pero no entiende por qué los taxis no lo van a necesitar.
La calidad de vida, para algunos, podría mejorar. Marta, una jubilada que usa bastón, dice que va a ser más seguro con las restricciones, aunque hay que controlar “que los colectiveros no aceleren”; “Va a haber menos ruido y por ahí hasta se respire mejor, porque el tránsito acá es terrible”, cierra Roberto, que es portero que, aturdido, se tapa los oídos.
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