El "peaje" en las villas, un negocio incontrolable

Lo manejan chicos que así se inician en el delito
Silvina estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires. Una vez recibida trabajó algunos años en distintos hospitales. Hasta que le ofrecieron ir a un Centro de Salud que está dentro de la villa más grande que hay en la Capital Federal: la 1-11-14, del Bajo Flores. Allí desde el principio las cosas no le fueron fáciles y descubrió cuestiones que no conocía y la sorprendieron. Por ejemplo: para llegar y salir de su consultorio, tenía que pagar un "peaje".

Todo se había vuelto una rutina y ella lo había tomado como algo habitual en ese mundo diferente que se ve en las villas. Hasta que un día, mientras caminaba hacia la parada del colectivo para volver a su casa, un joven se le acercó y le pidió dinero. Como la médica le dijo que no tenía, el muchacho le dio una paliza.

Una semana después el joven que la había golpeado fue al consultorio de Silvina para hacerse atender por una lastimadura. Ella lo reconoció enseguida pero, como si nada hubiese pasado, masticó bronca y lo curó.

La historia ilustra como el "negocio" del "peaje" en las villas ya se convirtió en algo incontrolable y peligroso. Y dicen que es el primer paso para que los chicos se inicien en el delito. Además, afirman que por el consumo del "paco" se perdieron los códigos que regían hasta hace unos años. Por eso ahora nadie queda exento de pagar.

"Antes sólo pagaban los proveedores que atendían los comercios de la villa. A los médicos, maestros y bomberos nadie los tocaba, porque los ladrones sabían que estaban para ayudarlos a ellos. Pero por el 'paco', los chicos ya no reconocen a nadie y todo es válido con tal de conseguir algo de dinero", le explicó a Clarín un colaborador de un centro comunitario que está dentro de la 1-11-14.

Luego del violento episodio que el año pasado vivió Silvina (el nombre no es el verdadero porque ella pidió que se reserve su identidad), sus compañeros lograron que un policía de la Federal los espere en la parada del colectivo cuando llegan y los acompañe cuando se retiran. Así lograron entrar y salir sin pagar "peaje", ni ser asaltados.

Los vecinos del Bajo Flores cuentan que los que piden dinero son chicos de entre 9 y 15 años que andan por allí a toda hora. Según dijeron, todas las mañanas un grupo de jóvenes va a la parada que la línea 23 tiene en Agustín de Vedia y Riestra y allí a cada persona que espera el colectivo, le exigen que le den entre uno y dos pesos.

"La semana pasada a un colaborador que hace siempre el mismo recorrido dentro del barrio le pidieron dos pesos y como les dijo que no tenía, lo dejaron ir pero con la condición de que al otro día les trajera cuatro. La otra mañana, en Barros Pazos y Agustín de Vedia, le vaciaron la camioneta a un proveedor que no quiso pagar", cuenta el director de una ONG.

Los médicos del Centro de Salud donde trabaja Silvina cuentan que, por el "paco", hubo casos de chicos que llegaron hasta no reconocer a su madre y la apuntaron con un arma para robarle.

La situación en la villa 21 de Barracas, donde la semana pasada fue asesinado un repartidor de garrafas (ver Un crimen.... ) que había pagado 10 pesos de "peaje", es similar a la del Bajo Flores.

Vecinos de esa villa consultados por Clarín, contaron que el "peaje" que se cobra abarca todos los rubros: un poco de dinero (dos o cinco pesos), un pollo, paquetes de galletitas, cigarrillos y objetos menores como un encendedor o una lapicera.

"Todo les sirve. Los chicos no cobran, piden cualquier cosa. Eso lo negocian por dinero y con eso compran la droga. Nosotros les damos de comer al mediodía y charlamos con ellos. Pero nos suele pasar que a la nochecita, cuando nos vamos, están tan drogados que no nos reconocen; entonces les tenemos que entregar aunque sea un sachet de leche para que nos dejen salir", explica entre indignada y asombrada una mujer que trabaja en la junta vecinal de la villa 21.

En el barrio Ejercito de los Andes de Ciudadela (más conocido como Fuerte Apache) el "peaje" también dice presente. Allí viven unas 35.000 personas y hay lugares donde ni siquiera se salvan los propios vecinos.

Las torres más altas y conflictivas del barrio (hace seis años que el complejo es custodiado por Gendarmería Nacional) son la 10, 11, 12 y 14. Son las que tienen entre doce y catorce pisos. En estos edificios los ascensores funcionan pero en horas pico, para poder usarlos, la gente de los departamentos tiene que pagar. Y si no hay efectivo los espera la "amansadora" de las escaleras.

"Desde que asesinaron al gendarme de la garita (fue a fines de octubre del año pasado) en el barrio las cosas cambiaron y estamos mejor. Pero sigue habiendo delincuentes que le cobran 'peaje' a los vecinos. Nadie hace la denuncia porque les tienen miedo y las veces que Gendarmería entró, los extorsionadores, que viven en el mismo edificio, se esconden", asegura Rosa que vive en una de las torres más "pesadas".

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