La patria y el perro de Buzzati

Por Hernán Brienza

Aprendí a querer al fantasma que llamamos patria. Sin ese perro espectral, sin idea de comunidad, nada me impide convertirme en un corrupto.

Hace exactamente diez años aprendí a querer a este fantasma que llamamos patria. Jamás podré olvidarme de esa tarde helada de enero en la que el sol intentaba en vano templar el invierno entre las colinas de la Basilicata, en Italia. Ésa es la región de mis antepasados, allí se remonta la historia de mi apellido y los sufrimientos y los gozos de los que me precedieron. Es la región más pobre de la península; es tan pobre que ni mafia tiene siquiera. Estuve poco tiempo caminando en Forenza, el “paese” de apenas cinco mil habitantes, entre sus casas de piedras milenarias, con sus matronas vestidas de negro, sus campesinos que andaban lento, sus obreros que regresaban de otras ciudades, sus jóvenes que soñaban con escaparse a Nápoles, a Roma, a Milán. Yo era un extraño, un turista, y ellos no sabían nada de “diecisietes de octubres”, de “riverplates”, de “Borges ni marechales”. No sabían nada de ese piano acompasado de Salgán y ni se imaginaban de los “raros peinados nuevos” que usé en los ochenta cuando iba ver a Charly García o al Flaco Spinetta en Barrancas de Belgrano. Yo, claro, tampoco sabía nada de ellos. Habían pasado más de cien años (“cent anni”) desde que en 1897 mi bisabuelo había abandonado esas tierras.

La pregunta obvia que me surgió aquella tarde fue: ¿qué habría sido de mí si Vito Brienza no hubiera tomado el barco rumbo al Plata?

El único recuerdo que tenemos de Luigi, el padre de Vito, es que era tan pero tan bruto que una vez un burro lo mordió y el tipo, sin entrar en razones, le dio un mamporro al pobre animal que lo durmió en el acto. No era un príncipe de la baja Italia, por cierto, ni un caballero andante. Allí está el origen mitológico de los míos: en un hombre delicado, refinado, exquisito, capaz de establecer una relación de igual a igual con un pobre burro. Vito mejoró, es cierto, vino a estas costas, se hizo trabajador anarquista e inundó con prole las calles de Flores. Entre ellos mi abuelo, un poco esforzado empleado público que soñaba con las luces del teatro, leía los sainetes y le gustaban las muchachas más que respirar cada mañana. Lo siguió mi viejo: un empleadito bancario que llegó a gerente y pudo dar un salto y asegurarles a sus hijos un buen pasar y la oportunidad de terminar una carrera universitaria. Por eso cuando me fui tan envalentonado a Italia, a conocer la patria de mis mayores, mi viejo me miró como miran los viejos algunas veces y me dijo: “Ni se te ocurra quedarte, ¿no? Ellos mandaron un campesino semianalfabeto y nosotros les devolvemos un universitario”.

La otra noche estaba cenando con un amigo entrañable en un restaurante pretensioso en los extremos de Palermo y él comenzó con la cantinela sobre “este país de acá”, “este país de allá”. Esa letanía entre tilinga y autodenigradora tan común en ciertos sectores de la clase media que, irónicamente, no fueron los más perjudicados en el andamiaje económico y político argentino. Esa queja constante de turista nuevo rico en un hotel desvencijado que él cree no está a su altura. Inmediatamente me surgió la duda: “¿Éste habrá sido nieto de príncipes europeos?, ¿descendiente de marqueses de Lyon, condes de Aragón, duques de Baviera?, ¿o tendrá más que ver con aquellos “gallegos ignorantes de Lugo”, “tanitos brutos del Mezzogiorno” o “rusitos come papas de Mitteleuropa”?

Yo estudié en el Mariano Moreno y en la UBA gracias al aporte de todos los argentinos. ¿Estoy seguro de que me merecía esa donación? ¿Estoy seguro de que soy mejor que este país? ¿Qué carajo hice yo para que este país fuera mejor como para que legitime a realizar una diatriba como la que siempre emprendemos cada vez que jugamos a hacer de herederos de un trono europeo?

La patria no existe, ya lo sé. Los Estados-nación son fantasmas del siglo XIX, ya lo sé. Pero se me hace que es el último refugio de comunidad que resta para sentirse parte de algo. No creo en nacionalismos baratos, en xenofobias, en esencialismos absurdos ni en tradicionalismos marmóreos. Acaso para mí la patria sea como ese perro cachuzo del cuento de Dino Buzzati (“El perro que vio a Dios”) que se paseaba por las calles del pueblo y se presentaba ante los ladrones, los estafadores, los adúlteros, los miserables, los mezquinos para recordarles (o hacerles creer) que había un Dios. Ese perro, claro, era un fantasma, una aparición espectral, pero convirtió a esa aldea en un pueblo mejor.

La patria no existe, ya lo sé. Pero sin ese perro espectral nada me une a Juan Pindonga de La Rioja. Sin una idea de comunidad, nada me impide convertirme en un corrupto, un estafador, un miserable o un mezquino. Después de todo, yo no soy hijo de un noble guerrero medieval, soy hijo de un tanito dormidor de burros. Yo no soy mejor que el perro de Buzzati. ¿Y usted?

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