Del Patria

Del Patria
Del Potro es Maradona. Es la alegría que esperábamos. Le ganó a Federer una final espectacular y lloró como un chico sobre el cemento de New York. Emocionante.
Tiene un mal apodo Juan Martín del Potro, un apelativo políticamente incorrecto para el lugar de su gran hazaña, esta New York donde todos los sueños son posibles. Difícilmente alguien pueda hablar de La Torre, aunque sea de Tandil. Pero ahí está Delpo, derrumbado sobre el cemento azul del court, con los brazos en cruz, como si fuera una gigantografía de Cristo de 198 centímetros. Las lágrimas que comienzan a brotarle, instantáneas, hacen que se tape los ojos, que se cubra con sus manos enormes esa emoción increíble bañada por el griterío infernal del estadio Arthur Ashe. De fondo, a pesar de todo, pueden distinguirse los acordes de Matador que suena, festiva y contundente.

Roger Federer, el enorme Roger Federer, ya llegó a la red del otro lado y tiene que esperar segundos eternos. Eternos porque le toca ser segundo y él está acostumbrado a ser primero. El reloj está clavado en las cuatro horas y seis minutos que duró la final y ya es de noche en el Estado Imperio, pero para Juan Martín, y para la barra argentina que no para de gritar, el sol no termina de ponerse en el horizonte. Franco Davin está vivo, no petrificado como en los últimos games, y salta, y se ríe, y se abraza con Martiniano Orazi, el PF, que está a su lado, porque la última bola de Roger se fue larga, tan larga que ni un Ojo de Halcón manejado por un suizo puede hacerle rozar la línea de fondo.

Habrá que ver cuándo cae Del Potro para enterarse de lo que hizo. Ya besó la Copa, ya posó para las fotos, ya firmó autógrafos en gorras y remeras, ya habló cortito en inglés y un poco más en español, ya confesó que su sueño era ganar este torneo y ser como Federer (el muchacho al que tiene al lado con sonrisa de circunstancia y la bandeja del subcampeón). Ya pasó todo eso pero habrá que ver si sabe que este triunfo, por la categoría del rival -en el podio de los tenistas más grandes de todos los tiempos-, es quizá la máxima hazaña argentina en tenis, junto a los triunfos de Vilas y de Sabatini.

Del Potro es, hoy, la Selección, la patria deportiva, un nene de 20 años, barba rala y ojos enrojecidos que mira franco desde la pantalla y eriza la piel . Es la alegría que tanto escasea en el verde césped, y no faltará quien se lo exija a Diego de 9 (alguna en el área va a bajar, quedate tranquilo). En Tandil, su ciudad, la fiesta invade las calles. No está el Obelisco pero hay banderas, caravana de autos, bocinazos.

Hace poco más de un año, este mismo Juan Martín (el mismo pero otro) entraba para despedirse a la sala de conferencias más pequeña de Roland Garros, un rincón robado bajo un descanso de escalera, al que pudo ingresar agachándose más que para levantar una de esas pelotas con slice con las que intentan atormentarlo. "Estoy cansado de ser una promesa, siempre me falta algo", decía, con la voz quebrada y al borde del llanto. Seguramente no imaginaba que poco después comenzaría este ascenso de vértigo hasta el 5° puesto del ranking mundial. Y tampoco presentía que ayer estaría dando este discurso sencillo, diciendo que esto es lo que soñó "desde chiquito", si es que existe alguna prueba de que fue chiquito alguna vez. En la final, como en la semi (no olvidar que se cargó a Rafa Nadal con un triple 6-2), fue un gigante. Para sobreponerse a sus nervios, al tenis exquisito del N°1, a las oportunidades desperdiciadas... "Gracias a Dios ya terminó", dijo al final, como si se sacara un peso de encima. No, Juan Martín. Gracias a Dios, esto recién empieza.

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