Los patovicas de los boliches siguen trabajando sin control

Tienen que estar registrados y estudiar derechos humanos y comunicación. Pero el registro funciona sólo en Capital. Además, denuncian que los cursos se compran y que hay muchos custodios en negro.
Desde mayo de 2008, una ley nacional establece las reglas de habilitación de los trabajadores de control de admisión y permanencia, más conocidos como "patovicas". Pero casi un año después de su sanción, esa ley, la 26.370, aún no fue reglamentada y no se aplica. En la Capital existe un registro, pero se admite que hay cientos de boliches truchos, donde todo es ilegal, incluida la actividad de los patovicas, que trabajan en negro y por menos de 100 pesos la noche.

La ley 26.370 creó un registro único de trabajadores y estableció tres categorías para ellos: controlador, controlador especializado, y técnico en control de admisión y permanencia. Como obligaciones, habla de "dar un trato igualitario a las personas en las mismas condiciones, en forma respetuosa y amable; cumplir el servicio respetando la dignidad de las personas y protegiendo su integridad física y moral". Y los obliga a hacer un curso, no se especifica de cuántas horas, que incluya derechos humanos, nociones de derecho constitucional y penal, nociones básicas de adicciones, comunicación no violenta y primeros auxilios.

La provincia de Buenos Aires se adhirió en diciembre a esta ley y está avanzando en su reglamentación. La ciudad de Buenos Aires tiene ya su ley (la 1.913), su curso y su listado de boliches y de empleados disponible online, pero las cosas no funcionan tan bien.

"La implementación del curso está mal hecha. Los hacen institutos privados, que cobran. Y muchas veces se paga y se entrega el certificado a quien no hizo el curso -denuncia Leandro Nazarre, del Sindicato Unico de Trabajadores de Control de Admisión y Permanencia de la República Argentina-. La realidad es que no hay control". "Es un punto de discusión con las empresas", reconoce Darío Urunaga, director general de Seguridad Privada del Gobierno porteño. "Y estamos promoviendo que el interesado haga el curso, se registre y luego solicite trabajo. Porque cuando las empresas los necesitan, no tienen tiempo ya de hacerlo".

El otro problema es el subregistro. "La actividad clandestina es un problema -sigue Urunaga-. Estamos llegando a 100 boliches bailables clase 'C', pero hay un número importante fuera del registro. ¿Cuántos? Si pensamos que antes de Cromañón había entre 400 y 500 locales bailables, podemos dar una idea de la dimensión del problema". Además, dice, muchas veces no encuentran apoyo policial: "Vamos a hacer un operativo en un lugar difícil, lo pedimos y no llega".

Hay coincidencia en el sector de que bajó el nivel de conflictividad relacionada con el trabajo de este personal. "Muchísimo. El caso de La Casona, de Lanús, que lo prendieron fuego, marcó un hito. Ningún dueño quiere que les peguen a los clientes, porque el que paga es él", dice Aníbal Mathis, abogado de la Cámara de Entretenimiento de la Ciudad de Buenos Aires y la Asociación Empresaria de Confiterías Bailables de la Provincia.

Esto no significa que no haya problemas. Una encuesta del INADI entre diciembre de 2006 y diciembre de 2008 sobre la percepción de los lugares donde más se discrimina revela que los boliches bailables lideran la tabla, con el 57,8% de las respuestas positivas. La ciudad ostenta el peor número: 73,5%, y la provincia de Buenos Aires está segunda, con el 66,3%.

Pocos de estos casos llegan al INADI, que tiene una línea para consultas (0800-999-2345). En 2008 hubo cuatro denuncias -dos de ellas se quedaron en la gestión; en las otras va a haber dictamen-, y este año hubo una sola, en marzo. "Hay discriminación indirecta. Es difícil que alguien te diga: 'No entrás por ser morocho'. Te van a decir que con bermudas no, o que te falta la invitación especial", dicen en el INADI.

Esta es una clave del problema. Los patovicas son la cara visible de las políticas discriminatorias de los boliches. "Es un negocio que se sostiene con la discriminación", dice Oscar Castellucci, papá de Martín, el chico que murió en La Casona de Lanús (ver Alegatos...). Claudio, un patovica que habló con Clarín, defiende el preconcepto: "No podés mezclar los públicos porque creás el problema. Si metés a un grupo que a otro le dice 'cheto', así empiezan los quilombos. Si el lugar es medio pelo para arriba, tenés que meter esa gente".

El mismo "pato" que justifica la discriminación por condición social es el que dice: "Igual, no hay que pegarle a nadie. Hoy las empresas no contratan animales porque necesitan más cerebro y menos músculo. Yo, cuando se ponen densos, les digo: 'Dale gordo, me quiero ir a dormir en paz, vos también'. Lo trato onda amigo. Y si tenés que tocar a alguien, tenés que pedir cámara, para que quede registrado. Porque si te denuncian, el que no labura más sos vos. El boliche te va a soltar la mano".

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