Patear el hormiguero

Un virulento incremento de los delitos violentos se ha registrado en las últimas semanas. Se oyen las voces nerviosas de quienes no saben por dónde tomar el toro. Un sacerdote de El Martillo dice: están allí. ¿Alguien lo oye? Y dicen que el Gobernador pateó el hormiguero.
La frase fue usada recientemente por el juez platense César Melazo al referirse a las acciones del gobernador Daniel Scioli contra el narcotráfico. “Tuvo la valentía de patear el hormiguero, y de aguantarse las consecuencias; esto significa aguantarse los vueltos”, afirmó al considerar que el recrudecimiento de los delitos violentos se debería fundamentalmente a estas medidas de enfrentamiento.

Parece dudoso afirmar tal cosa. Parece al menos difícil de probar que decir que se va a hacer algo ocasione más delito, como un postulado más propio del pensamiento mágico que del análisis racional.

Esta ciudad se vio sacudida por el crimen absurdo de una comerciante de 34 años que había entregado todo lo solicitado en momentos del asalto a su polirrubro, cuando fue baleada certeramente en la cabeza. Los asaltantes volvieron atrás para matarla ante el paso de un móvil de la policía científica: creyeron que lo había llamado la víctima. Ella sufrió lesiones irreversibles, con daño cerebral irreparable, que la condujeron a la muerte. Semejante ensañamiento con la vida humana ha provocado la indignación de todos los sectores de la población, algunos de los cuales convocaron a una manifestación pública hacia la municipalidad, donde el intendente cumplió en trasladar el reclamo a la provincia. Es decir, dejó correr el pase. Los asaltantes ya tenían el dinero y los cigarrillos que querían: no era cuestión de plata sino de saña.

Cristo resucitado

Esta investigación recoge la denuncia -desestimada por las fuerzas de seguridad más de una vez- de un párroco barrial. Se llama Jacobo Víctor Demsar y desarrolla su tarea en la capilla Cristo Resucitado del barrio El Martillo: el sí ha sido capaz de patear el hormiguero.

Capaz, porque su estado de indefensión es tal que sólo puede jugarse la vida y decir la verdad: a pocos metros de de su parroquia se han afincado personas que comercializan drogas a la vista de todo el mundo, y delinquen contra la propiedad de vecinos. Amenazan a todos con lo que podría pasarles si llaman al 911. Nadie atina a nada, porque el pánico paraliza a quienes viven allí con sus familias. A los que tienen entre sus cuatro paredes lo que han podido construir en toda una vida de trabajo.

El padre Demsar redactó esta denuncia el 15 de febrero, cuando dijo que hacía pocos días había sido despertado de madrugada por el ruido de disparos, y había visto unas motos en la calle: pudo precisar que una era una Honda Wai color beige metalizado. Los delincuentes habían invadido una obra en construcción de una familia, y derribado las paredes interiores para más comodidad.

“Mi barrio ya no es el mismo”, dice el sacerdote. Las personas que han llegado se dedican a vender drogas y nadie puede decir nada. Pero él asegura que su misión como párroco es cuidar de todos, y que lo tiene que denunciar. Los delincuentes no tienen nada que ver con el grupo de personas que han tomado las viviendas del plan Dignidad en la zona, y él se apura a especificarlo para evitar cualquier equivocación. Están en la calle Vidal 2276, casi Nápoles. Este medio cumple en acercarle la dirección al señor fiscal, por si no la ha tenido muy a mano. Porque un curita de barrio acaba de patear el hormiguero más que Scioli.

La situación del padre viene de arrastre. Durante 2008 ingresaron a su domicilio, robaron sus pertenencias y aparatos electrónicos. Luego hubo otros robos en el mercado cercano a su casa, un local de seguros y hasta se llevaron los bancos de otras parroquias cercanas.

Los vecinos de la zona están vendiendo sus casas por miedo, ya que la sensación de inseguridad aumentó con el robo de las líneas telefónicas que dejó inutilizadas las alarmas. Afirma el padre que en ocasión de dirigirse a efectuar la denuncia correspondiente, el oficial de turno no quiso tomar las declaraciones asegurando que tales hechos “no eran de su competencia”. ¿De quién si no? Si vive allí. ¿Quién más se atreve a decir la dirección exacta donde los delincuentes venden drogas a menores y mayores, comercializan las armas que se usan en asaltos, u organizan operaciones de inteligencia con el fin de llevar a cabo acciones como las que han dejado sin sueño a la opinión pública en esta semana? ¿Quién más se atreve? Como en una película del viejo oeste: el cura.

Salames

La semana ha sido trágica. Ajustes de cuentas entre miembros de un cartel de colombianos. Muertes allegadas a la farándula en boca de todos. Una ciudad que marcha por el crimen de Dalina Di Mauro, la dueña del kiosco. Una semana de sangre. En medio de todo, la fiscal Mónica Cuñarro, asesora del ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos Aníbal Fernández hizo declaraciones que despertaron una catarata de frases fuertes de parte del juez platense César Melazo.

“Se hacen los salames todos”, dijo, como indicando que los funcionarios judiciales están desoyendo intencionalmente el clamor de una sociedad que está a punto de pedir el toque de queda, por cinematográfico que parezca. Afirmó que varios jueces tendrían que pedir una nariz prestada para poder hacerse una rinoscopía. “La nariz no se puede esconder”, disparó, indicando explícitamente que los mismos encargados de combatir el narcotráfico son sus primeros clientes, y por tanto tienen cuentas que esconder y compromisos que proteger.

“Se está muriendo una generación por el paco mientras a muchos funcionarios les parece simpático fumarse un pucho de marihuana en algún recital”, fue la frase del juez. El paco es una droga que está haciendo estragos en sectores de bajos recursos de la sociedad. Mata en un corto periodo de consumo porque destruye el sistema nervioso central. Pero no se puede olvidar que un serio estudio realizado recientemente en la provincia de Córdoba por investigadores de la universidad reveló que en realidad son pocos los casos en que los crímenes se realizan con el fin de obtener recursos para comprar drogas. Las drogas son baratas en este país, y ya han sido consumidas por los delincuentes en cantidad suficiente antes de cometer el atraco: el consumo de drogas colabora en aumentar la crueldad del hecho. No es su motivación final sino un elemento agravante.

Para el juez Melazo, el aumento de crímenes violentos de los últimos días sería una respuesta a las acciones de enfrentamiento con el sistema de venta de drogas que habría iniciado el gobernador Scioli. Pero el análisis es demasiado simple.

Los delitos se agravan en el fin de la temporada estival, y es imposible establecer una razón única. Es cierto que hubo componentes diversos y que la impunidad de la que gozan sectores delictivos es la principal causa. Los arreglos a los que llegan los abogados defensores apenas horas después de que uno de ellos ingresa a la sala de guardia del Hospital Interzonal parece ser una razón contundente. La manera inexplicable en la que los más crueles asaltantes obtienen libertades vigiladas que no consiguen otros que cumplen penas por delitos menores, también parece ser objeto de curiosidad. Y si es cierto, como dice Melazo que los jueces son también consumidores, poco queda por hacer.

Parece cierto al menos que nadie sabe a ciencia cierta qué documentos firma. El tema de los menores delincuentes pasó del foco de la discusión, pero permanece sin resolver: los jueces liberan por teléfono. Y nadie dice nada.

Es verdad, eso sí, lo que dice Melazo: “todos se hacen los salames”. Unos por compromiso, otros por miedo. Nadie quiere ser el pato de la boda. Solamente un párroco del barrio El Martillo permanece con el dedo levantado diciendo a quien quiera oír que no piensa callarse, que los delincuentes viven allí.

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