Les pasaron el trapo.

SAN LORENZO 0 - VELEZ 1: Vélez no le tuvo miedo a la punta y aprovechó el derrumbe de un San Lorenzo anárquico, carne de bandera e insultos. Ganó con un solo golpe y ahora debe mejorar para no caerse.
Vélez es puntero por derecho propio. San Lorenzo le sirvió de garrocha, sí. Pero si tiene un mérito este equipo, aun sin jugar bien, es que no se entregó al miedo que otros tuvieron. Pragmático, este hijo 'e Tigre metió el único gol que necesitaba y luego se dedicó, tal vez indolente, tal vez misericordioso, a defenderse con la desesperación de su rival. Asumiendo un riesgo, porque quedó expuesto a uno de los manotazos que tiró su oponente, el que corrió groggy pero nunca llegó a ser noqueado. Quizá jugó con la certeza de que este San Lorenzo no estaba para milagros: afrontar este partido fue como andar en una bicicleta sin asiento, nadar con las manos atadas, dormir parado, recular en chancletas... Todo difícil, ¿no? Sí, muy duro. Para los jugadores, aquéllos que recibieron las granadas en la cara y los que sufrieron las esquirlas; y para los hinchas, aferrados a su idea de que la camiseta la defendían gurkas y no sus amados camboyanos, y fueron a la cancha a pedir más huevo que juego.

Vélez no debe enorgullecerse de este partido. Y sí tomar nota, en un campeonato con punteros surfers que apenas soportan un rato en la cresta de la ola, que la tranquilidad de ver a todos desde arriba tiene que ayudarlo a mejorar. Porque si Vélez es campeón con este paso, pobre campeón, entonces.

Le ganó a un San Lorenzo aplastado por la realidad. Se vio en la cancha la misma anarquía que es hoy incipiente fuera del campo. Sebastián Méndez, cacique con lanza llevando la pelota al ataque en los momentos más calientes, es la analogía con un club que hasta la semana pasada era conducido por uno de los hombres más influyentes del país, y que hoy no tiene técnico para dirigir el próximo entrenamiento. El Gallego terminó avanzando a puro facón y poncho porque, desde el fondo, observaba que el resto estaba turbado, frenado por una profunda distorsión: la gente esperaba más entrega que cabeza. Los jugadores fueron víctimas de ese costado perverso. Y, cuando quisieron jugar con la pelota, agacharon la cabeza de la misma forma que lo hicieron para no ver todo el odio que reflejaban los trapos.

A Vélez le sobraba paño y se le notó en su exceso de confianza. La roja a Cubero es una muestra: arriesga en una salida, como antes lo habían hecho Razzotti (mucho) y Zapata (menos), pierde con Fornaroli y comete foul. El de perder a su capitán no son lujos que pueda darse un líder. Un líder que somete a su jugador más desequilibrante, Moralez, a jugar por momentos de 4 bis. Así y todo, el petiso fue el más lúcido y autor intelectual del penal, con una daga que encontró a Hernán López. Méndez, desesperado, hizo el resto.

Un lujo de Vélez es la defensa. Cuando jugó, Cubero tuvo la solvencia para imaginarlo, por su velocidad para cerrar, de líbero. Pero el cheque en blanco lo tiene en la zaga, con el aplomo de Domínguez y la polenta de Nicolás Otamendi, un chico robusto con físico de boxeador y bríos de locomotora que atropella al que se le cruce. Si pudo con el Fabbiani más amenazante, cualquier atacante de San Lorenzo iba a ser pan comido.

Y tiene algo más este Vélez: coherencia. Gareca destacó que su equipo "sabe a qué juega" antes que asumir que jugaba bien. Juega a ganar. Y lo viene consiguiendo. Las formas van al debate.

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